<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-18354371</id><updated>2011-12-03T07:49:24.535+01:00</updated><title type='text'>Factoría ODK</title><subtitle type='html'>Relatos cortos</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://factoriaodk.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://factoriaodk.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Factoría ODK</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12754453696937861324</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>11</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18354371.post-114647089456401376</id><published>2006-05-01T10:00:00.000+02:00</published><updated>2006-05-01T10:12:03.216+02:00</updated><title type='text'>ERÓTICO</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;BRUSELAS&lt;br /&gt;por Fco. Javier Benítez&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella sigue a mi lado, provocándome con su desnudez, a pesar de que el incendio parece haber terminado. Me acaricia el torso y me susurra lascivamente al oído la única palabra que sabe en castellano: valiente. Mientras roza sus pezones contra los míos pienso por un instante que tal vez ha disfrutado, pero rápidamente deshecho la idea. Simplemente sabe hacer bien su trabajo; es una magnífica actriz en una obra de teatro tan antigua como el hombre. Por mi parte, me parece un signo de profesionalidad envidiable. Lo cierto es que nunca he sido un gran amante. Soy sumamente correcto y atento, pero mi pasión se acaba pronto. Y aunque en estos instantes desearía darle la réplica, portarme como se espera, en la práctica me encuentro bloqueado. De nuevo me hallo inmerso en esa confusión que suele apoderarse de mí tras el orgasmo con una desconocida. Siempre me engaño con la idea de que una piel nívea, suave y joven como la suya es más que suficiente. A menudo me digo que no hace falta que sus ojos me muestren amor o deseo, pues lo que realmente me importa es que sean de un azul rabioso para poder perderme en ellos. A veces, incluso prefiero que no sepa mi idioma, para que sólo nos quede la posibilidad de comunicarnos el cuerpo. Todo excusas para justificar algunos de mis peores defectos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me incorporo lentamente de la cama y camino hasta el cuarto de baño. El reflejo en el espejo del lavabo me sitúa de nuevo en el espacio y en el tiempo: durante unos minutos me había olvidado de este ligero sobrepeso, de las canas que cubren mi barba, de las muchas arrugas que recorren un rostro que sigue tan perplejo como la primera vez que se enfrentó a los misterios de la carne. Hago un recuento de las veces que se ha repetido esta situación. Ahora tengo ya la certeza de que nunca encontraré lo que he creído buscar en este tipo de encuentros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando regreso al dormitorio ella está vistiéndose. Me fijo por última vez en la caída de su melena rubia, en la delicada curva de sus pechos. Intento memorizar la imagen. Al tiempo que se acicala me regala varias palabras en francés, acompañadas de una sonrisa. Supongo que intenta recordarme que ya sé dónde está, que cuando quiera podemos repetirlo. Pura formalidad. Ella sabe que nunca volveré a la barra de ese bar, ni a esta habitación de hotel. Me despido diciéndole en mi idioma que me alegro de haber pasado este buen rato junto a ella, aunque le recuerdo que Bruselas está bien sólo para una noche. Tras este cruce de monólogos se dirige hacia la puerta y sale de mi vida para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sentado entre las sábanas deshechas, cojo mi reloj de pulsera y lo miro. Aun quedan más de seis horas para que salga mi avión con destino a Barcelona. Estoy despabilado, así que saco de la bolsa de viaje el cuaderno beige con la intención de anotar los dos primeros versos de un nuevo poema. No utilizo palabras elevadas. Tampoco me refiero a nobles sentimientos, pues hace tiempo que dejé de engañar a mis lectores. Con sequedad y elegancia intento inmortalizar la belleza de la mujer que acaba de dejar la habitación, para que sea eternamente joven en mi recuerdo. De paso alivio esta herida que no cura y que, de hecho, empeora con el tiempo. Dulcifico una sensación de soledad y desesperanza que únicamente es poética sobre el papel, en la distancia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;PELILLOS A LA MAR&lt;br /&gt;por Ángel Inoriza&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tengo un pelo muy fino y en cuanto crece lo suficiente y me cubre las orejas, se enreda, se riza y se subleva indómito contra el peine.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro, mi peluquero, de Pedro´s Peluqueros, solo tiene de moderno el nombre. En realidad, es uno de esos peluqueros a la antigua usanza, de los de toda la vida. Cuenta chismes y chascarrillos a la par que claquetea las tijeras en su abrir y cerrar imparable sin perder el ritmo. Cuando acudo a su peluquería no voy solo dispuesto a cortarme los apéndices sobrantes sino a dar gusto al cuerpo y al espíritu. Cosquillas y entretenimiento por el ajustado precio de seis con cincuenta euros. Su maquina me acaricia la nuca a la vez que arrasa con la pelambre y su continuo cotorreo me distrae de los problemas de la vida, que allí, rodeado sólo de hombres y de pelusa se me antojan baladí. Diríase que en vez de a la barbería acudo a mi terapeuta. No cambiaría de barbero ni de gratis.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero aquella tarde de bochorno estaba realmente contrariado. El pelo me había crecido tanto que se apelmazaba a las pocas horas de la ducha diaria y por otra parte, tenía que pasar las próximas dos semanas fuera de mi ciudad. Uno de esos cursos de gestión patrocinados por mi querida empresa era el culpable. Allí, lejos de mi peluquero. Un hombre al que se podía confiar un secreto. Alguien de confianza para poner a caldo a las mujeres y sus manías cíclicas. Todo un desahogo para el alma que justo ahora echaba de menos. Un ambiente idóneo para el fútbol y las conversaciones masculinas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente, incapaz de aguantarme a mi mismo con la cabellera, me tiré a la calle en busca de la primera peluquería a la vista. Ninguna encontré en esta ciudad desconocida y especializada en los dichosos cursos de gestión. Eran casi las ocho de la tarde cuando al doblar la esquina en un último intento vino Dios a verme. Allí la tenía, justo enfrente: Mari Loli y Gemma, peluqueras, también pelamos al corte. El letrero fluorescente dio sus últimos coletazos intermitentes y se apagó. Entré con mi cara de no haber roto un plato, la mejor de mis sonrisas y el tono más educado, que pude entonar y que había aprendido de mi padre para las situaciones difíciles. Acababan de cerrar. Tres peluqueras muy arregladas salían de la tienda con algarabía despidiéndose hasta el lunes. La que parecía ser la dueña me miró de arriba abajo con sus ojos cansados y el pelo revuelto de todo un duro día de trabajo. Siéntate, por favor, estaré contigo en un minuto, dijo soplando resignada por el trabajo extra que decidió aceptar. Despidió a sus empleadas, cerró con llave la puerta, dos vueltas y subió el volumen de la música. Gemma, así se llamaba, lucía sus treinta y muchos años con orgullo. No era de esas mujeres que se avergüenzan de la edad sino de las que confían en la experiencia. Tenía unos carnosos labios de color rojo a juego con una cinta con la que recogía su pelo. Su voz grave era como para empalagar al más dulcero. Me fijé enseguida en sus pechos. De tamaño mediano pero erguidos orgullosos detrás del percal. Todo resultó tan natural que me olvidé del fastidio que me producía serle infiel a mi peluquero de toda la vida. Un cosquilleo extraño me acariciaba el estómago. Gemma puso mi cabeza sobre el lavabo y reguló la temperatura con el grifo. Ni fría ni demasiado caliente. Ahora el champú, sus dedos circulando y el masaje cabelludo se fundieron en un festín de sensaciones que desde mi cabeza partían como haces de luz hasta cada uno de los poros de mi piel. Todos y cada uno de los poros. Luego me secó el pelo dándome pequeños tirones que, al contraste con el masaje, provocaron dolorosas y pequeñas nuevas sensaciones de placer. Por fin, me invitó a sentarme delante del espejo para empezar con el corte. Hablamos. Del invierno pasado, de los viajes, de la rapidez con la que pasan los días, del tiempo. Demasiado calor para la época del año. Nada que ver con las conversaciones que solía tener con mi peluquero de toda la vida. Sin embargo, el aire que respiraba era denso y húmedo. El olor a carne sudada, a lociones y a mujer madura cortaba el ambiente. La música, su figura reflejada en el espejo y la gravedad de su voz pusieron de su parte. Una puerta entreabierta. Dijo que entraría a buscar la loción exacta que venía bien a mi tipo de piel. Cómo se movía entre los secadores y cómo ejecutaba su &lt;em&gt;performans&lt;/em&gt; después de comprobar en el espejo la simetría de mis patillas. Finas y rectas, muy muy rectas, decía. Yo me dejé hacer. No me creía lo que me estaba pasando. De cuando en cuando cerraba los ojos y la imaginaba desnuda y me concentraba en las sensación de las púas del peine acariciando mi cabellera. O la situaba en La Habana, paseando por la playa llevando sólo un biquini tanga con sus lunes al sol. Pasaron unos minutos y ella pronunció esa palabra que en la jerga de la peluquería indica el final: SERVIDO. Me cayó como una losa, hubiera deseado que aquellos instantes fueran eternos. Pregunté el precio del servicio a la vez que alargaba un billete de cincuenta y la miré a los ojos como pidiendo explicaciones. Aquello no podía pagarse ni con todo el oro de América. Aguantó la mirada. Yo intuía pero dudaba. Por fin lo hizo. Cogió mi billete de cincuenta, hizo un cilindro con él y me lo metió en el bolsillo de la americana diciendo: esta vez invita la casa, hasta la próxima. Y la próxima parecía que estaba allí mismo, delante de mis narices. Ahora estaba claro, había que ser muy necio para no pillar una insinuación así. Pero estábamos solos, la música, su cara cansada y mi necedad. Sobre todo mi necedad. Sólo un necio se despediría ahora con un simple adiós. Di las gracias andando hacia la puerta de salida con la lentitud del que camina al patíbulo. No, no, no quería irme. Qué hacer, qué decir, ahora me tocaba mover ficha a mí. Maldita inseguridad, condenada vergüenza. Gemma giró la llave para abrir la puerta con parsimonia, una vuelta, cris cras, otra vuelta cris cras y justo cuando aplicaba la presión sobre el pomo para abrirla, así con fuerza su mano para impedirlo. Ella cogió el mensaje y volvió a girar la llave en su sentido contrario. Otras dos vueltas. Cris cras, dos veces. Entre sus ojos y los míos, que ahora si se miraban, saltaban chispas de aceite hirviendo. Nadie se movía. Quietos los dos. Sin más, excitado como un bobo, la besé enervado por su tenue olor a sudor. Puse mis manos sobre sus pechos lo que provocó en sus pezones una estampida. Luego se agachó un poco y sin mediar palabra se quitó las bragas de toda la tarde. Blancas con encajes de rombos azules y rojos. Y las depositó suavemente sobre mi hombro. Una brisa de mar. Las hubiera dejado allí toda la vida. La abracé por detrás y besé su cuello, jadeé algo gutural en su oído y sentí cómo se estremecía de placer. Pasé mi mano por debajo de la falda y al llegar a su bosque encantado comenzó a llover. El olor a tierra mojada atravesó las rendijas de la puerta. Un concierto voluptuoso de aromas. La presión de los &lt;em&gt;jeans&lt;/em&gt; ajustados sobre mi sexo acabaría en prematuro desastre si no ponía pronto remedio. Pensé en la muerte. No sirvió de nada. Estaba menos muerto que siete anguilas recién sacadas del agua. Y bebí, bebí, bebí hasta quedar harto de agua y de sal. Gemma se incorporó con una sonrisa satisfecha justo cuando terminé de beber. Por sus ojos pícaros supe que ella aún necesitaba más agua. Me cogió la mano y se la llevó a los labios besándomela en el centro mismo de la palma. Sacó su lengua un poco hasta tocarme con la punta, luego succionó con suavidad. Repitió esto tres veces como siguiendo los ditámenes de un ritual. Ahora me llevó a la pila bautismal, donde minutos antes me enjabonó la cabeza y enredó mis pensamientos con sus dedos. Tomó mi miembro con la misma delicadeza con la que su profesionalidad enjugó mis cabellos y lo roció con agua tibia limpiándolo con una loción que guardaba bajo llave. Luego lo ungió con afeites como si de un santo se tratara y lo cubrió de besos muy sentidos. Para entonces yo caminaba de nuevo, peldaño a peldaño, rumbo al cielo. Me secó y me llevó a la trastienda. Allí nos despojamos de la ropa que aún llevábamos puesta y desnudos como al nacer comimos todo lo que era comestible. Cómo gritaba, tenía que tapar su boca con la mano para ahogar sus alaridos. El mundo seguía su curso inexorable ajeno a lo que allí estaba pasando. Lo que siempre ha pasado y pasará cuando la intimidad arropa a un hombre y una mujer tocados por el deseo. Lamí sus dedos uno a uno y succione sus yemas como si fueran fresas. Solo pensar en sus sacudidas de placer me levanta el ánimo. Acordes celestiales salieron de su garganta. Ah, ah, ah. Henchida de placer me pidió la unión final. Yo ya estaba, por tercera vez, preparado para lo que un hombre debe estar siempre dispuesto. Nos unimos y gozamos con rítmico fluir. Uno dentro del otro, un solo cuerpo, una solo idea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde entonces, llevamos el negocio juntos. No he conseguido salir de ella. Vivo debajo de su piel sin remedio, como hipnotizado. Pero cuando mi pelo crece al punto de rizarse y cubre mis orejas me acuerdo de mi peluquero de toda la vida. ¿Qué será de él? De sus chistes, de su risa, de la vida con sus amarguras y con sus dichas. Y me gustaría correr allí para decirle: Pedro, cortito como siempre. ¿Cómo va el Betis este año? Gemma no dice nada. Se quita las bragas. Las de rombos que tanto me gustan. Las deja sobre mi hombro y otra vez la brisa del mar. Luego padezco esos horribles ataques de sed que sólo ella sabe aplacar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y me lamento en voz alta: Pedro, has perdido un cliente. ¿Podrás perdonarme?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FIN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;TORMENTA DE VERANO&lt;br /&gt;por María López Bazaga&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El aire soplaba en lenta calma, pesado y turbio, arremolinando a la entrada del refugio un pequeño montón de hojas macilentas que parecían clamar por un agua que no llegaba. La atmósfera destilaba una humedad sofocante que se cernía sobre aquel atardecer de primeros de septiembre.&lt;br /&gt;Tras diez horas de marcha por la montaña, el grupo estaba exhausto. Dejaron caer al suelo mochilas y demás enseres y bajaron de nuevo al cauce del río a refrescarse un poco. Se dispusieron en círculo, sentados sobre los grandes cantos rodados. De nuevo las risas y las bromas, las caras ilusionadas y expectantes ante la idea de compartir juntos una nueva experiencia.&lt;br /&gt;Miriam pasó detrás de él rozándole ligeramente la espalda con las piernas, y buscó mentalmente cualquier excusa para poder acercarse aún más; quería degustar aquel olor excitante que se desprendía leve de su camiseta sudada, ese olor tantas veces intuido y apenas captado, recluido en el envoltorio de algún estúpido perfume apto para el camuflaje urbano. Anunció presurosa que iba a darse un baño, y un escalofrío la recorrió al tiempo que él retenía con suavidad su tobillo en un sutil gesto casi imperceptible para los otros. Ten cuidado. Palabras impregnadas de aquella mirada que en otras ocasiones le había dedicado.&lt;br /&gt;Cuando regresó ya habían encendido el fuego y estaban asando algo de carne, al calor de los vinos. Sus ojos se avivaron provocadores y no dudó en servirse un poco. Sucesión e intercambio de miradas.&lt;br /&gt;El cielo tronó justo al inicio de “When the music is over”, invadiéndole una extraña y alegre melancolía que la arrastró hacia fuera, donde la lluvia caía intensa y tibia deslizándose sobre su rostro. Los ojos cerrados.&lt;br /&gt;Una mano la asió imprevisible empujándola contra la pared de la cabaña, al cobijo de uno de los aleros. Sus bocas corrieron a encontrarse desesperadas, aquellas bocas que se deseaban desde hacía tanto. El la sujetaba firmemente por las muñecas, los brazos contra la pared, mientras sus labios y dientes iban desnudando ansiosos claros de piel que su lengua lamía. En un breve forcejeo, ella logró desasirse y sus manos palparon con avidez la cremallera, bajándole de un brusco tirón los pantalones para dejar después que los suyos se escurrieran lentos por las piernas hasta caer al suelo. El la levantó y se unieron casi al instante. Ahora si podía aspirar su cuerpo, su olor mezclado con el de la tierra mojada y el de la lumbre…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;CON TODOS LOS SENTIDOS&lt;br /&gt;por José Luis Muñoz&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se dibujó un &lt;em&gt;perfume&lt;/em&gt; tan tenue que parecía salir de la niebla y estar hecho de nada. Como las gotas se condensan sobre las superficies bruñidas, así aquel aroma se aposentó en mis sentidos, que, exhortados, hubieron de abrirse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces la &lt;em&gt;vi&lt;/em&gt;. Caminando hacia mí con una sonrisa. Con los ojos de gata sabia que la hicieron famosa. Con la mirada hecha promesa y los labios separados lo justo para mostrar sus dientes blancos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después la &lt;em&gt;oí&lt;/em&gt; pronunciar mi nombre secreto. El de las grandes ocasiones, el de los aquelarres y las noches sin luna. Sonó su voz como un susurro del viento en los pinos, como el crepitar de una hoguera en San Juan, como el gotear de la sangre en el sacrificio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Que &lt;em&gt;tacto&lt;/em&gt; más dulce el rozar de sus medias al quitárselas. Mejor aún la metamorfosis de su piel bajo mis dedos, los vellos que se erizaron, como hierbas en el viento solano de agosto, la piel que se cuarteó, las cúspides de sus pechos que crecieron como babeles paganos. Entonces puso sus manos sobre mi desamparo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su sexo me &lt;em&gt;supo&lt;/em&gt; a existencia. Sabor antiguo como la genética, dolor del alma ante nuestra inexorable pequeñez. Fue un regusto tan dulce como triste el sentir su humedad sobre mi cuerpo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sexto sentido. El de la especie. El que nos hace perder nuestra individualidad para no ser más que otro macho y otra hembra, que, tres mil millones de años después, siguen luchando contra el tiempo con la única herramienta que nos han dejado para sentir cierto grado de inmortalidad: el &lt;em&gt;orgasmo&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;A CUATRO MANOS&lt;br /&gt;por Sara Sánchez y Agustín Lozano&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;En medio del silencio estoy sola con mis recuerdos, recuerdos de alguien a quien nunca llegué a conocer a pesar de que su piel, su olor, su pelo, su sudor después de compartir las soledades del alma fueron míos; familiares y lejanos...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Abro la ventana y dejo entrar un golpe de tristeza condensado en el ajetreo de los vecinos divirtiéndose (creo que uno de ellos me llama, han improvisado algo de fútbol para combatir el cansancio, pero no estoy de humor para fingir desenfado). Me equivoqué al acostarme con ella, todo previsto para ser olvidado con facilidad, una sola noche, pero ahora el recuerdo se impone y me apresa con sus tenazas.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;¿Qué me pudo llevar hasta sus brazos? Bastaron dos miradas furtivas encontrándose en una de esas aburridas reuniones donde todo el mundo habla de algo que en realidad no conocen... Era un tipo corriente, de esos que no invitan a nada, pero había algo entre sus piernas que me hizo sentir primitiva, indefensa, como gata en celo...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Se abalanzó sobre mí a la tercera copa, parecía tan desesperada como yo, o era simple soledad. Me besaba en susurros, como si quisiera desnudarme con los labios. Luego lo hizo a empellones, ya en el hotel, abandonó la suavidad inicial al compás de mis embestidas, que no esperaron a la ausencia de ropa.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No recuerdo el hotel, cualidad perfecta de lugares que nos permiten sentirnos ajenos... Sólo quería que me penetrara ese falo que había estado pugnando por salir, lo sentía dentro de mí como si fuera la primera vez, olvidándome de mi condición primigenia de hembra en celo, o simplemente reducida a la búsqueda de la inmortalidad...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Cuando llegamos al orgasmo (demasiado salvaje para que fuera al unísono) su mirada primordial se enfocó sobre mí con una fuerza de siglos. Supe al instante que jamás conseguiría apartar de mí esos ojos, pero con idéntica fatalidad sentí que nunca podría retenerlos.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Jamás volví a verle. Todavía vago por esas reuniones aburridas con la esperanza de que los hados me concedan de nuevo su regalo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;MILAGRO MATUTINO&lt;br /&gt;por César Vicente&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si digo que fue un martes podría equivocarme porque también pudo haber sido un jueves. Esto no importa, valga que fue un día de diario, en octubre, y que subí al autobús en mi parada habitual, a las ocho, como todos los días, y realicé las mismas y pequeñas maniobras mecánicas de siempre para procurarme mi apretado y mezquino sitio en el interior, empuñando la barra del techo con desgana, arrastrando los pies en cada parada para hacer hueco a la gente que subía con ese rumor de rebaño... No sé que vi primero, si su pelo, ardiendo suave al temprano sol de octubre a unos centímetros de mi cara o el pujante contorno de su seno izquierdo, un peldaño más abajo. La seda blanca de su blusa apenas rozaba la intimidad de un pezón duro como una valla silvestre.&lt;br /&gt;Desperté entonces, y la observé con secreta lascivia, su hombro contra mi pecho, entre vaivenes, arrullado por el monocorde motor diesel del autobús. El sol se colaba entre los edificios de manera intermitente y la lustraba de un barniz ilusorio. Tenía cierto perfil intelectual, concentrado en la lectura de un libro de bolsillo que sostenía con una mano. Llevaba un traje de chaqueta negro bastante correcto, gafas de diseño, sin montura. Sin duda era una mujer atractiva.&lt;br /&gt;Aún intento entender lo que ocurrió luego.&lt;br /&gt;Interrumpió la lectura, levantó la barbilla y me miró. Me miró completamente, traspasándome, viéndome por dentro, como si rasgara un velo o apartara una telaraña. Tenía los ojos del que observa un estanque de aguas claras. En ese momento comprendí, entre otras cosas, que sabía de mi debilidad por las magdalenas con mermelada, así como que me dejaría apuñalar desdeñosamente por un beso suyo allí mismo, en aquel preciso instante.&lt;br /&gt;Sin darme tiempo siquiera a improvisar algo de desconcierto acercó su boca brillante a mi labio inferior y lo besó, para morderlo luego tierna, voluptuosamente, como pulpa de fruta… Sí… como pulpa de fruta.&lt;br /&gt;¿Cómo se puede besar así?, pienso, ¿Cómo se puede besar así un martes o un jueves de octubre a las ocho y cuarto de la mañana dentro de un autobús urbano?&lt;br /&gt;No se liberó ni cuando el coche paró en seco unos minutos después. Antes de abandonarme me concedió un último aliento que hasta el chofer pareció considerar, ingrávidos a causa del frenazo, balanceantes entre cuerpos adormecidos. Retiró su mano de mi entrepierna y se escabulló fuera con una sonrisa resplandeciente en sus labios.&lt;br /&gt;Con los ojos cerrados noté enseguida ese fervor, ese milagro tibio e intenso. Junto a mí, sentado, un adolescente con walkman me miraba y abría la boca. Pero no dijo nada. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18354371-114647089456401376?l=factoriaodk.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://factoriaodk.blogspot.com/feeds/114647089456401376/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18354371&amp;postID=114647089456401376' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/114647089456401376'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/114647089456401376'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://factoriaodk.blogspot.com/2006/05/ertico.html' title='ERÓTICO'/><author><name>Factoría ODK</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12754453696937861324</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18354371.post-114458478101069747</id><published>2006-04-09T13:58:00.000+02:00</published><updated>2006-04-09T20:51:09.056+02:00</updated><title type='text'>Relatos de Primavera ODRADEK</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;CHÉJOV EN SOLOVKI&lt;br /&gt;por Leopoldo Elvira&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;em&gt;Me senté, cerré los ojos, así, como ahora, y me puse a pensar:&lt;br /&gt;los que vengan a este mundo después de nosotros, dentro de cien o doscientos años,&lt;br /&gt;y para quienes estamos desbrozando el camino,&lt;br /&gt;¿sentirán algo de gratitud?&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;“El Tío Vania”, acto primero. A. Chéjov.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;La prisionera de Solovki &lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;[1]&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;El preso que dice ser Chéjov amanecerá muerto en la cripta de la iglesia de Sekirka, víctima en una celda de castigo del hambre o del frío, del tifus o de la brutalidad de sus guardias. Todos terminaremos igual, condenados sin juicio, destruidos por un trabajo de esclavos. Hablan de una amnistía, de la bondad de Stalin (...)&lt;br /&gt;Sé que esta carta no te llegará, pero debo escribirla (…)&lt;br /&gt;Hace frío en las islas. La nieve cubre las cúpulas del monasterio, transformado en vergonzoso campo de prisioneros, y se amontona en sus gruesas murallas de piedra. Las orillas de la laguna se congelan, cuajándose en una espuma de hielo batido y algas (…)&lt;br /&gt;Acude a mi memoria un invierno, dos años atrás. ¿No fue entonces cuando recorrimos San Petersburgo deslizándonos sobre el hielo brillante de sus canales en un trineo tirado por caballos negros? ¿Es esta imagen mero capricho de mi fantasía? Cierro los ojos y no veo más que interminables montañas de turba. El invierno de 1924, tan lejano, imposible de sostener en el recuerdo sin un estremecimiento de dolor. ¿Cómo estás tú, cómo te tratan? (...)&lt;br /&gt;En el verano de ese mismo año, en este campo matadero, un grupo de presos representó &lt;em&gt;El tío Vania&lt;/em&gt;. Me parece increíble, una obra de Chéjov, en este sitio inmundo... El hombre que agoniza en las mazmorras de Sekirka interpretó a uno de los personajes. Desde entonces, dicen, fue perdiendo la cordura, de forma insidiosa, una lenta gangrena de la razón, como sorbida por las nubes de mosquitos que infectan las lagunas. Aseguraba haber encontrado un manuscrito del escritor en la hendidura de un tronco seco y lo recitaba por la noche, en los barracones.&lt;br /&gt;Cuando llegué a Solovki, (desfilando aturdida por el muelle de madera, -aun oigo sus crujidos-, temblando tras una noche de incertidumbre y miedo, mareada por la travesía del Mar Blanco), recién deportada a este perdido archipiélago, el hombre de Sekirka deambulaba absorto, iluminado, profetizando una invasión de bárbaros venidos de más allá del mar, que arrasarían las islas, reduciéndolas a humo y cenizas.&lt;br /&gt;Lleva encerrado en la cripta varios días, por “agitador”. Lo empujaban colina arriba y él gritaba: &lt;em&gt;soy Antón Chéjov, he venido a Sahalín&lt;/em&gt; -¿recuerdas el antiguo campo de prisioneros zarista?- &lt;em&gt;para dar testimonio de las condiciones en las que viven y trabajan los reclusos; represento al hombre libre, a la ciencia&lt;/em&gt;... En su delirio, identidad, lugares y fechas se confunden. Abandonaba el trabajo y paseaba como sonámbulo, abrazando a quien se cruzara en su camino, descalzo y vestido con harapos… Quizás ya esté muerto, enterrado en una zanja... ¿Qué diferencia hay, mi lejano amor, entre el Sahalín que visitó Chéjov hace más de treinta años y este Solovki de los soviets? ¿Qué diferencia entre los carceleros del zar y los esbirros del camarada Frenkel? Frenkel y su apestoso olor a cuero engrasado (…)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El director de &lt;em&gt;El Tío Vania&lt;/em&gt;.&lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;[2]&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Si, recuerdo Solovki. El frío. Y a ese tipo, Arnold Karr, el que se creía Chéjov. Un rostro duro. El pelo rapado, enjuto, ojos claros, una extraña mirada de visionario. He recogido por escrito mis memorias de Solovki, ¿desea verlas? (…)&lt;br /&gt;En 1924 representamos &lt;em&gt;El tío Vania&lt;/em&gt;. Es cierto, una obra de teatro en un campo de trabajos forzados. Yo tenía 21 años, era actor aficionado en una compañía de Moscú. Al principio, los primeros años, el campo fue más permisivo. Me acusaron de ser eserista de derechas. Deportación. Teníamos una pequeña imprenta, que compartíamos con anarquistas y socialdemócratas. ¿Un vaso de té…? Y un jardín junto al kremlin del monasterio (…)&lt;br /&gt;Ese hombre, Arnold, hizo de Astrov, el médico. Los nombres se parecen: Antón, Astrov, Arnold. Lo interpretó con una vehemencia extraordinaria. Quizás fue trastornado por su personaje. Si me permite, le recordaré algunas líneas del texto de Astrov, las tengo subrayadas, permítame: &lt;em&gt;“… esta vida rutinaria, esta vida deleznable nos ha absorbido, ha emponzoñado nuestra sangre”.&lt;/em&gt; ¿Qué le parece…? Un personaje torturado, un idealista nihilista, si me permite decirlo, &lt;em&gt;“…la propia vida es de por si aburrida, estúpida, sucia, le embrutece a uno”.&lt;/em&gt; Arnold no lo soportó. Yo hice el papel de Serebriakov. Si lo desea puedo leerle unas frases...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Naftalí Frenkel. Director del SLON de Solovki. (Diario, sin fecha)&lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;[3]&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Desde la privilegiada atalaya del campanario de Sekirka, emplazado sobre una colina al norte de la isla de Solovki, observo la extensión del archipiélago, entre la penumbra congelada del Mar Blanco. Bajo mis pies, en los sótanos, la celda correctiva, donde ahora purga sus culpas un perturbado que anda gritando soflamas de insurrección, un imbécil. A lo lejos se dibuja borroso el perfil del monasterio y sus recios muros, donde instalamos el mayor campo de destino especial del norte: Solovki.&lt;br /&gt;El primer campo correccional de la Dirección Política Estatal Unificada, en cuya organización he colaborado con mi humilde y tenaz esfuerzo. Erigido por la inquebrantable voluntad del Politburó soviético.&lt;br /&gt;Los bosques que van cediendo al empuje de las hachas, los fragantes aserraderos, la imponente central eléctrica, los depósitos de turba: herramientas todas en manos de los trabajadores, produciendo sin descanso riqueza para la nación rusa. Una espléndida maquinaria, rentable, eficiente y justa.&lt;br /&gt;A lo lejos, casi invisibles, el resto de las islas: Bolshaya, donde criamos zorras plateadas del ártico; Ander, lugar de reclusión de los menos capaces, de las mujeres con hijos y los monjes traidores...&lt;br /&gt;Diez mil hombres y mujeres en un riguroso proceso de corrección política a través del trabajo. Tanto trabajas, tanto comes: inmejorable estímulo para aumentar el rendimiento, vencer la pereza y ablandar la rebeldía.&lt;br /&gt;Y para los insurrectos, los antisoviéticos, los idiotas, para ellos, las celdas de Sekirka...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Arnold Karr, el agitador.&lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;[4]&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;El abajo firmante, instructor Lev Kirikov, da fe de que el contenido de este documento recoge de forma literal las palabras del prisionero Arnold Karr, elemento antirrevolucionario sometido a reeducación en el campo de trabajo correccional de Solovki, durante los interrogatorios llevados a cabo en la celda de Sekirka.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;El archipiélago será arrasado, triturado hasta las cenizas por los hombres blancos del norte, la cárcel será entonces el mundo entero, el hambre sus muros y seremos hermanos de sangre… Dios es misericordioso y no he perdido aun la cabeza, pero tengo los sentidos embotados… He venido hasta Sahalín para tomar cumplida nota de vuestro sufrimiento y hacerlo saber a todos… Solo Dios conoce cual es nuestra auténtica vocación... Los bosques rusos gimen bajo el hacha, los árboles perecen a millones. Se borrará de la faz de la tierra este monasterio infernal, arderán en una pira gigantesca los barracones, los carceleros, los monjes, los presos, la fiebre y el hielo… y de esta iglesia que sangra en lo alto de una colina congelada no quedará rastro… soy médico, un científico, he llegado a la isla de Sahalín en este año de 1890 con un firme propósito, denunciar la salvaje crueldad del zarismo con los delincuentes comunes y los presos políticos… ¡cuánta gente buena hay en Rusia!… esta vida deleznable nos ha absorbido, ha emponzoñado nuestra sangre… los ríos pierden caudal, se destruyen los paisajes… prostitutas de doce años, castigos corporales… los hombres blancos y sus espadas de hielo… la estepa siberiana ardiendo en silencio, bajo la nieve… no hay amnistía para los fantasmas…”&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Un documento. Prisioneros transferidos.&lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;[5]&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Campo de destino especial del norte.&lt;br /&gt;Solovki. 12 de Octubre 1928&lt;br /&gt;Relación provisional de trabajadores que serán transferidos a las obras en curso del Canal del Mar Blanco:&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Dmitri Bikov&lt;br /&gt;Oleg Akunin&lt;br /&gt;Anderi Volos&lt;br /&gt;Pavel Peperstein&lt;br /&gt;Guergoy Chjartishvili&lt;br /&gt;Arnold Karr&lt;br /&gt;Serguei Popov&lt;br /&gt;Mijail Aizenberger&lt;br /&gt;…&lt;br /&gt;(La lista incluye otros 136 nombres más, que omitimos por razones de espacio)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Otros prisioneros&lt;/strong&gt;&lt;strong&gt;[6]&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Olag Volima, escritor, recluido en 1924, superviviente:&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Nunca pude soportar a Frenkel. Su sola cercanía me provocaba nauseas. El olor a cuero curtido de su chaqueta, sus botas brillantes de grasa, la gorra, el bigote pulcro y encerado, sus ademanes de maquinista, los ojos muertos como ostras cocidas, su memoria matemática con la que parecía registrar cada viruta de madera, cada pedazo de carbón, a cada hombre y cada mujer del campo. Peor aun que los chinches que por las noches te mordían la piel, que los sermones de aquel infeliz, que la fiebre, que la crueldad arbitraría de los guardias, que el cansancio y el frío y la nieve, que la incertidumbre sobre la propia vida, peor que todo era la presencia de Naftalí Frenkel, el maldito contrabandista que llegó a ser capataz de Solovki...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Petrov Volovich, deportado a los campos de trabajo del Canal del Mar Blanco en 1927, superviviente:&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Lo conocí en las zanjas heladas del gran canal. Se aferraba a sus creencias como los dedos se pegan a un trozo de acero congelado. Sabes que despegarlos será doloroso, que te arrancaras la piel de las manos. Y no los mueves. Escondido siempre en su costroso caparazón.&lt;br /&gt;Dormíamos apilados en las obras del canal, dentro de los surcos, en las cunetas, como animales cobijados al calor de los cuerpos, confundidos en una masa doliente, apestando como bestias, agonizando de frío. Sobre los ásperos sonidos de la respiración, los quejidos y el crujido de los huesos, escucho en sueños la voz susurrante de ese hombre que decía venir de Sahalín y ser escritor, que prometía un Apocalipsis que nos haría hermanos en la muerte, un prisionero del que nunca supe su nombre y del que no quedará nada, ni memoria ni olvido...&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;p align="justify"&gt;---&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;[1]&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt; Correspondencia interceptada a Valentina Orlova, trabajadora 2337 del SLON de Solovki (fragmentos). Noviembre de 1926. Archivos de la KGB.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;[2]&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt; Extractos de una entrevista realizada por la BBC para el reportaje “El GULAG soviético” al superviviente de Solovki Alexandr Petlosy. Mayo de 1984.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;[3]&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt; Memorias de Naftalí Frenkel (extractos). Publicado por Ostieva Press bajo el título “Frenkel. Historia de la voluntad: de preso a director de un campo de trabajo”, en 1991 (probablemente memorias apócrifas).&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;[4]&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt; Extractos del registro de los interrogatorios que tuvieron lugar durante el mes de noviembre de 1926 en las celdas de castigo del SLON de Solovki.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;[5]&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt; De los archivos de la KGB.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;[6]&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt; Extractos de entrevistas realizadas por la BBC para el reportaje “El GULAG soviético”. Mayo de 1984&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;QUITAPELLEJOS&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;por Ángel Inoriza&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Redacción costumbrista encontrada bajo los escombros de una escuela republicana tras los efectos de un bombardeo nacional en el invierno de 1938. Autor anónimo fallecido bajo fuego enemigo. Transcrito del cuaderno original que se conserva en Madrid en el Museo de la Guerra.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las cinco en punto aparecen por el marjal. Los aviones llevan su carga de&lt;br /&gt;guerra para los buques fondeados en el puerto. Sueltan sus bombas y se van. Desde el fuerte de Galeras, los antiaéreos responden con fuego de metralla. Ta, ta, ta, taaaa.&lt;br /&gt;Me llamo Iñaki y vivo en la calle San Fernando, junto al Molinete, donde reciben las mujeres de mala vida, justo encima de Ultramarinos Salvador Mateo. Los niños del barrio nos apodan los &lt;em&gt;franchutis&lt;/em&gt;, porque dicen que hablamos con acento extranjero.&lt;br /&gt;El Viejo (*) nació en el Norte y trabajó en la mina desde los siete años. Recogía los pedazos de mineral que caían de las vagonetas cuando los mineros las arrastraban desde las entrañas de la tierra. Ahora es maestro de forja. El ingeniero jefe lo trajo consigo en el traslado. Las emigraciones son duras y pasan factura, dice El Viejo.&lt;br /&gt;Recuerdo las tardes en el Norte. La Vieja preparaba la merienda. Pan con chocolate y leche fresca. Todos los días la traían recién ordeñada desde el caserío de Urruti. Cómo me gustaba repelar la nata sobrante de la primera hervida con un poco de azúcar. Tampoco olvido a María de la O, la palmeta de madera con la que Don Indalecio nos atizaba si no le dábamos bien la lección. La letra con sangre entra, decía. Y zas. Cinco, diez, quince palmetazos. María de la O estaba rajada por su mitad de tanto uso. Y cuando Don Indalecio aplicaba el reglamento, la raja hacía presa en la carne con un pellizco aumentando el dolor. Yo aguantaba el castigo sin llorar. Jamás corría a refugiarme en las faldas de La Vieja.&lt;br /&gt;A mí no me gustan los refugios. Huelen húmedo y pican. Dicen que allí hacen su agosto los piojos. Yo no quiero que me rapen la cabeza como a mi hermano el pequeño. Empezó con la rasquija y La Vieja le peló al cero. Ahora parece una bombilla. En casa le llamamos Pelón. El mayor y yo vamos siempre juntos. La Vieja dice que corramos al refugio en cuanto suenen las sirenas. Pero yo prefiero ir al marjal a contar aviones. Acuden en formación. Cuando terminan la batida regresan por el paseo de los Mancos. Entonces cuento las bajas. Ya sé sumar y restar.&lt;br /&gt;Hay quien quiere cerrar la escuela. Por lo de la guerra, dicen. Aunque yo, si no fuera por el hambre que se pasa, no lo veo para tanto. Yo me divierto mucho en al guerra. Soy rojo y comunista y me cago en los fachas de mierda. Mi Vieja dice que los niños no hablan de política pero no se puede doblegar la voluntad de los pueblos, como dice Nicario Zabala, el vecino del quinto.&lt;br /&gt;Por las tardes echo una mano en la taberna del Pedrugón y me gano una peseta diaria. Entrego el sueldo en casa, ya soy un hombre. Por eso La Vieja me da una perra chica para &lt;em&gt;rogalicia&lt;/em&gt; aunque yo prefiero fumar &lt;em&gt;Liberal&lt;/em&gt;. Me trago el humo a pecho. Al principio tosía un poco pero ya me he acostumbrado. Mi hermano Fernando ayuda en casa Mateo, barre la tienda y despacha cuando don Salvador tiene que salir a algún recado. Se han hecho muy amigos y dice que, de mayor, quiere ser tendero. En la fábrica de mi padre hay mucho trajín. El ingeniero jefe se ha marchado por ideales. Desde entonces El Viejo no está bien mirado. Las envidias de la gente. Cuando sea mayor seré marino que es lo que da dinero. Viajaré por todo el mundo y tendré muchas novias. El Viejo dice que para eso hay que estudiar mucho. Pronto entraré de aprendiz en el Consejo. El Viejo me ha enseñado un letrero que hay en la puerta: &lt;em&gt;Trabajo, maravillosa palabra que sintetiza el progreso del hombre, en tiempos antiguos significaba esclavitud, en los modernos, libertad&lt;/em&gt;. Me la tengo que saber de memoria, para que vaya aprendiendo, dice.&lt;br /&gt;Con los niños del Molinete hacemos peleas a piedras. Sus madres se van con los marineros, por eso son hijos de puta. Se enfadan mucho cuando se lo gritamos y entonces empiezan las pedradas. El otro día le di a uno en un ojo y salió llorando. Seguro que era marica, el pobre. Un día capturamos a uno de su pandilla y los mayores le hicieron un gazpacho. Le metieron dentro de los calzones, paja, barro, mierda de perro y ortigas. Lo mandamos con su madre. ¡Cómo se rascaba! A mí aún no me han cogido pero si ocurriera no pienso llorar. Los rojos somos hombres de pelo en pecho. A veces, juntamos los orines en una lata. La ponemos inclinada sobre la puerta, llamamos al timbre y salimos corriendo. Desde nuestro escondite, nos reímos por dentro cuando abren y los meados se cuelan dentro de la casa. En la guerra no se pasa tan mal. Aunque La Vieja dice, puta miseria, y luego suspira. La desahoga, dice.&lt;br /&gt;En casa no hay mucho que comer. Yo voy a robar naranjas siempre que puedo. Cuando hay bombardeo es más fácil. Cuento aviones mientras me como los gajos. Donde el tío Pencho birlo habas tiernas. El tío Pencho tiene una escopeta de sal. Y cómo se las gasta. Todavía me acuerdo del tiro que llevo en la espalda, lo que escocía. Se me saltaron las lágrimas pero no lloré. Las cáscaras de la naranja las guardo para cuando no hay otra cosa. Se te hinchan un poco los belfos pero te quitan el hambre para un rato. Los Viejos están muy preocupados y discuten mucho. Yo le digo a La Vieja que no se apure, que si la guerra dura mucho me hago marino y le mandaré queso de Holanda y carne argentina. Ella sonríe y me acaricia la frente. A mí me parece muy guapa cuando quita la cara de enfado, y cuando se ríe.&lt;br /&gt;La otra tarde, La Vieja regañó con hermano y conmigo. Casi me saca la cabeza del cuerpo a empellones. No me salía la voz del cuerpo con el resuello. Luego se arrepintió y nos besó llorando. Nos abrazó a los dos y nos dijo lo mucho que nos quería. A mí se me hace que no fue para tanto. Resulta que se le acabó el carbón y nos mandó comprarlo a la carbonería de la Tía Tomasa. Las colas llegaban hasta el cuartel de artillería. Oímos a una señora decir que en Quitapellejos había carbón de sobra sin tantas colas.&lt;br /&gt;Nada más entrar en Quitapellejos, de repente, las sirenas anunciaron aviones enemigos. No conocíamos el pueblo, ni dónde estaba el refugio. La gente corría en todas direcciones. Cada uno ocupado en resolver sus asuntos. La madre a por el bebé que dejó dormido en la cuna; el otro en cerrar el puesto de fruta; aquel en avisar al abuelo que era sordo. No sabíamos dónde acudir. Vimos un militar retirado que, con muletas y arrastrando una pierna, se apresuraba por una calleja. Le preguntamos si nos podía indicar el refugio. Seguidme, contestó. Dos calles más abajo, que se hicieron eternas, atravesamos un campo de fresas. Si no estuviéramos en éstas ya me hubiera gustado probarlas. El estómago me dio un pellizco. Al ruido de los aviones se añadió el de las sirenas. En el horizonte, entre las dos colinas que abrazaban al pueblo, atisbé el escuadrón, dos columnas de cazabombardeos. Cuando atravesamos el campo de fresas, al pie de una pequeña colina, vimos la boca del refugio. Echamos a correr dando las gracias pero dejando atrás al viejo militar, que se las componía para no enterrar en la tierra las muletas de palo. Los aviones se acercaban más y más. La boca del refugio era un embudo de gente que corría hacia él. El militar seguía rezagado. La primera formación de aviones lanzó una ráfaga de metralla que zumbó tras nuestros oídos. Ya casi estábamos llegando. Suerte que la metralla ni nos rozó. Miré hacia atrás buscando al militar que salía entonces del cultivo de fresas. En ese momento el segundo escuadrón volaba por encima de nuestras cabezas. Soltaron dos bombas. No me hizo falta mirar hacia el cielo. El silbido del proyectil al rozar con el aire era para mí tan familiar como el chasquido de los dedos. Miré a mi hermano mientras seguía corriendo. A punto estábamos de alcanzar la entrada del refugio donde nos encontraríamos a salvo. Justo a un salto de la puerta se sintió la explosión a nuestras espaldas. La onda expansiva nos empujó hacia adentro, cayendo en el regazo de una señora de carnes fofas que amortiguó el golpe. Pasó casi una hora hasta que terminó el fuego enemigo y dejaron de oírse las sirenas. Fuimos los primeros en salir. Justo en la puerta, la cabeza del militar yacía separada del cuerpo. No olvidaré la expresión de su cara. Los ojos saltones, como sorprendidos y la lengua fuera de la boca, algo torcida y manchada de tierra. Parecía que preguntaba: ¿porqué no me habéis esperado? Varios cadáveres estaban esparcidos a distancia. Mutilados algunos, reventados los otros.&lt;br /&gt;Corrí asustado hasta mi casa sin pensar. Cuando doblé la esquina del Molinete, un carro estaba parado en la calle con medio caballo sujeto a su arnés. El otro medio, asomado a la balconada del primer piso. Subí las escaleras de dos en dos y de cuatro en cuatro. Cuando entré en casa resoplaba sin poder hablar. Mi madre gritaba: ¿dónde está tu hermano, dónde está tu hermano? No me salía la voz del cuerpo. La Vieja, cada vez más nerviosa, me zarandeó por la camisa, nunca había visto a la Vieja así. ¿Dónde está tu hermano, dónde está tu hermano?, repetía angustiada. Yo seguía sin poder articular palabra, recuperándome de la carrera y la emoción. Por fin, llegó mi hermano que corría detrás de mí sin lograr darme alcance. Entonces, la Vieja nos estrujó contra su pecho y dijo que no ganaba para disgustos, luego lloró, nos besó muchas veces y se reía nerviosa como una loca. Cuando estábamos más tranquilos empezaron los picores. La Vieja preparó un balde con agua para hervir la ropa. Los piojos nadaban en el agua. Nos lavó todo el cuerpo y de cuando en cuando nos besaba y abrazaba a pesar de estar enjabonados.&lt;br /&gt;Lo de contar aviones ya no me interesa. Ya solo paso por el marjal cuando espío a los novios en el paseo de los Mancos. Si la guerra dura mucho tendré que hacerme marino que es lo que da dinero, viajaré por todo el mundo y compraré carne argentina y queso de Holanda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FIN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;(*) El Viejo/a: manera al uso de dirigirse a los padres en señal de cariño y respeto.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;ALQUIMIA DE UNA POSIBILIDAD&lt;br /&gt;por María López&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;“ Miro a través de los sucios cristales. Regueros de agua dulce, salitre y polvo caen y lagrimean, se estancan entre los vidrios de arena mojada. El agua impacta sobre los adoquines de la calzada y salpica las botas que calza un muchacho de tu edad; viste un grueso mandil verde oscuro y azul marino, y baja tranquilo la Cuesta de las Covachas en dirección al Mercado de Abastos.&lt;br /&gt;Con súbita inspiración me levanto tambaleante de la mesa y empujo la carcomida portezuela de la taberna. La lluvia se cuela entre las raídas hendiduras de mi cazadora de pana, empapándome de pérdida o ausencia. Ojalá tuviera una certeza que me despojara de esta sinrazón que oprime y aguijonea mi ánimo. Una convulsión de desconsuelo o esperanza que aparte este velo que empaña mi mente de denso vaho. Tregua para el alma, sosiego para el espíritu.&lt;br /&gt;Allá arriba, un agujero entre gris y blanquecino va desgarrando lento los negros nubarrones, hasta que toda la calle queda iluminada como un óleo del Greco.&lt;br /&gt;Estrechas callejuelas rodean las naves bodegueras, que ocupan varias manzanas. Pavimentos impregnados de un olor agrio a manzanilla que me desagrada. Quiero irme a casa. Al llegar al Castillo de Santiago continúo por el Carril de San Diego, hasta poco antes de llegar a la Iglesia de Santa María la Mayor.&lt;br /&gt;Atravieso el patio y franqueo la puerta herrumbrosa de forja. Mi casa es la típica mansión andaluza de familia bien avenida; amplia, luminosa de dos plantas. Descuido la plaga de hiedra que engulle la fachada y que oculta un azulejo de la Virgen del Carmen. Toda una vasta herencia de responsabilidades a la que dejo consumirse en espontánea simbiosis.&lt;br /&gt;Con gesto cansino y derrotado me dirijo a la biblioteca, situada en la segunda planta. Me desplomo sobre la gran butaca de terciopelo rojo que parece sacada de un burdel parisino. El sol debe haber alcanzado su cénit. Un inmenso haz de luz cenicienta se difumina a través de la claraboya y los grandes ventanales, iluminando toda la estancia.&lt;br /&gt;Huelo a polvo mojado, a pobre del Camino. Me desoriento en un mar de incertidumbre. Recorro con la mirada perdida una multitud de recuerdos de mis viajes, que estáticos, se dispersan sobre estanterías, alfombras… Pergaminos de piel de cabra que reposan sobre el viejo escritorio de madera de teca. Egipto, Pakistán, Camboya, Japón, Perú, Dinamarca… La lista es interminable.&lt;br /&gt;Lleno mi vacío arrojándome a otros tiempos. Arena blanca y fina de una duna de Doñana, resbalando por mi espalda como por la pared de un reloj de cristal. Extensos espejos de barro que devuelven imágenes difusas blancas y rosáceas. Montañas de sal que acogen en las cercanías de sus humedales a toda suerte de aves migratorias. El Real San Fernando navegando en un hilito de agua entre dos lenguas de tierra, mientras paciente circunda el Coto. Gatos negros a la búsqueda y captura de restos de mariscos enmarañados entre las redes, nidos de antenas, pechos y patas secándose inertes al sol de la mañana en la Lonja de Bonanza. El viejo vendedor de bocas de tiburones en la Plaza del Cabildo. El mejor café del mundo en el amplio salón que la Casa de Medina Sidonia había habilitado para el público en el Palacio. Los arcos mudéjares de la fachada del Ayuntamiento. La Biblioteca Municipal, con todos aquellos libros que quién sabe, lo mismo a mi vejez acaban abigarrándose a mi mente como el barroco artesonado de madera a la techumbre del edificio.&lt;br /&gt;Poco reconfortan ahora estas atropelladas divagaciones, hoy el pozo tiene fondo, y es que debo hablarte de él y no sé cómo; he intentado esbozar no sé si con éxito, una escueta presentación de mi entorno y mi persona, como quien traza líneas gruesas a carboncillo.&lt;br /&gt;Por momentos los recuerdos que de tu padre tengo se diluyen y confunden, se me agolpan, pero creo vislumbrarle en medio de la amalgama de sus propias vivencias, aquellas que en ocasiones solía contarme.&lt;br /&gt;Veo a Kumar Sesay alzando sus grandes ojos por encima de los hierbajos. La serpiente había regresado una vez más para envenar el alma de su pueblo. En décimas de segundo saltó como un cachorro de pantera sobre ella, asiéndole firmemente la cabeza, inmovilizándosela. Los demás niños se abalanzaron también sobre ella, la introdujeron en un gran saco de tela y la mataron a golpes.&lt;br /&gt;Levantó la vista para otear el lejano horizonte, donde despuntaban los Dientes de la Leona, formaciones geológicas espontáneas que se producían al alinear imaginariamente los picos de los montes Sula y Tingi., allá en la Sierra. El pueblo mende creía que todas las desgracias nacían dentro de aquella boca felina, y que bajaban después sibilinas por las laderas ardientes.&lt;br /&gt;Transcurrió de este modo la infancia de tu padre, Kumar, criándose entre plantaciones de ñama y yuca. El paso a su adolescencia le marcaría irreversiblemente, sumiéndole en una terrible pesadilla de la que si alguna vez logró salir fue por ti.&lt;br /&gt;Una noche estalló la Gran Guerra, una más entre los numerosos conflictos bélicos que la siguieron, asolando el país; corrió cuarenta kilómetros de selva hasta llegar a la aldea en la que habría de refugiarse en casa de un pariente. Las balas gemían y aullaban silbando entre sus largas piernas, tratando de impedir su huída. Exhausto, cayó al fin ante la puerta del chozo del hombre que iba a acogerle.&lt;br /&gt;Transcurrieron así siete largos años de su vida. Convertido en aprendiz de artesano, modelaba con arcilla máscaras religiosas para ceremonias Nga-Fa, que vendía a un señor dedicado al negocio de la exportación. Más tarde descubriría que aquellas máscaras no abandonaban el país hasta haber sido rellenadas convenientemente de pequeños diamantes.&lt;br /&gt;Decidió emigrar. Un primo segundo suyo era patrón de un pequeño carguero, y se comprometió a sacarlo de allí. Se dirigía a Sevilla con un cargamento de fruta y algunas antigüedades para un buen cliente gaditano. Tu padre tenía que abandonar el barco antes del comienzo del estuario del río Guadalquivir. Su contacto, un tal Moussak Yetley , le había indicado como destino Sanlúcar de Barrameda, comunicándole así mismo que desembarcase al anochecer en frente de la costa de la Jara, a la altura de un barco que quedó varado allí y se hallaba partido a la mitad. Una vez localizado el punto, saltó sin más por la borda y nadó hasta la orilla. Moussak aguardaba en la playa. Un marroquí bajito que le miraba con desconfianza. Sin intercambiar palabra alguna, le llevó a una ruinosa casita del antiguo barrio de pescadores, en la que hubo de convivir con tres hombres más.&lt;br /&gt;Cuando conocí a tu padre pesaban ya cinco años a sus espaldas trabajando a destajo; como ayudante de un argelino propietario de un puesto de baratijas en Bajo de Guía, como recolector de tomates en un invernadero, faenando en un pesquero junto al sobrino de un viejo amigo mío de la calle…&lt;br /&gt;A menudo me hablaba de tu madre, piel de ébano, grandes ojos, iris chocolate sobre fondo de luna llena. Me contó que el origen de tu nombre yacía en tu hermoso cabello de color azabache. Gustaba de componeros canciones. Luego se reía de sí mismo, mostrando su irregular dentadura picassiana, y me decía que menos mal que no habías salido a él, con ese pelo estropajoso y descolorido y esos ojos amarillentos del color de la vainilla.&lt;br /&gt;Sólo supe de vosotras que no habías podido marcharos con él, y que partisteis a Túnez a servir a casa de una gran familia. Dada la buena posición de tu madre como ama de cría en aquel núcleo familiar, recibías tú a cambio una buena educación junto a las dos hijas mayores del matrimonio, mientras tu madre amamantaba al más pequeño que nació débil y enfermizo.&lt;br /&gt;Otro día, con gruesas lágrimas como la sal inundándole los ojos, me anució que tu madre había fallecido, quedando tú sola en la casa. La familia te había permitido permanecer allí sirviendo como criada, al menos hasta que alcanzases la mayoría de edad o encontrases un marido.&lt;br /&gt;Tu padre guardaba vuestra dirección como un tesoro en su cartera, bajo la chilaba; me rogó por la gran amistad que nos unía que si algún día le ocurriese algo, me pusiera de inmediato en contacto contigo.&lt;br /&gt;Mi querida Leilah. No tengo palabras. La última vez que ví a tu padre nos encontramos al atardecer cerca del Kiosco del Cubano, y me dijo que se marchaba a casa temprano, pues al día siguiente tenía que madrugar mucho.&lt;br /&gt;Tres años de amistad siguieron a un vasto silencio. Ocho meses anduve empeñado en su búsqueda sin obtener resultado alguno. A menudo me lo imagino paseando de noche por la playa, como solía hacer cuando bajaba la marea y la arena fangosa le succionaba los pies hasta los tobillos, recordándole mucho a las costas de su tierra natal, a la que tanto añoraba.&lt;br /&gt;Me despido no sin antes expresarte mis más sinceras condolencias, y mi más profundo malestar por no poder decirte más nada de él, de nuevo me ahoga la incertidumbre. Te ofrezco no obstante con toda honestidad cualquier tipo de ayuda que pudieras precisar, comprometiéndome así mismo a completar tu interrumpida educación si fuera ese tu deseo. Te adjunto mi dirección al dorso del sobre. Espero que mi ya oxidado francés no te haya creado muchas dificultades de traducción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con cariño,&lt;br /&gt;Teodoro López de Villalón “&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unas manos teñidas cuidadosamente de henna doblaron despacito la larga misiva ocultándola bajo un colchón, tras recoger del suelo aquellos papeles que cayeron lánguidos al suelo, mecidos por una brisa cálida que se coló entre las persianas.&lt;br /&gt;Se envolvió con el pañuelo de su madre y dejó que los últimos rayos de sol se deslizaran por sus mejillas. La desolación había inundado del todo el diminuto espacio en que hasta ahora había albergado un poco de esperanza.&lt;br /&gt;Con inmensa rabia contenida acudió al llamamiento de una anciana; provenía del piso superior. Subió con paso quedo por la estrecha escalera impregnada de especias y odio. Ni siquiera podía apoyarse en la barandilla. Su brazo derecho estaba tan amoratado que cualquier simple fricción sobre el mismo le dolía. Las frágiles articulaciones de su muñeca crujían.&lt;br /&gt;Sirvió el té a la anciana y le volvió la espalda. Su mirada llena de resentimiento se posó con avidez sobre el pomo de la puerta. Tras esperar unos segundos, volvió al cuarto de servicio. Releyó una vez más la carta. Sacó su vieja maleta de cartón e introdujo sus escasas pertenencias. Aquella misma noche partiría a Marrakech a casa de su tía, sus ahorros no le daban para más. Desde allí escribiría a tan generoso caballero poniéndole al corriente de su situación, y aguardaría una respuesta. Una posibilidad entre un millón que no podía rechazar estando al borde de la nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;TEMPUS FUGIT&lt;br /&gt;por Agustín Lozano&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ciudad se despereza, adormilada, deshaciéndose del sueño diario con la lentitud de los árboles. Dos dígitos iguales sobrepasan a otros y marcan la hora en punto, suena la alarma. Son las siete de la mañana, o quizá sean las ocho, tal vez las nueve para los más desahogados. La radio se pone en marcha con el noticiario matutino, los televisores dejan ver en sus pantallas la anacrónica esfera de un reloj. Arsenio Wallace se dirige al baño con pasos vacilantes. Cada mañana, sus primeros ciento ochenta segundos son los únicos en los que su precioso tiempo se deja influir por la ausencia temporal del sueño, de la que se desprende como lo haría de una telaraña pulposa: a tirones, hasta no dejar rastro. Todo lo demás en él está profusamente cronometrado. Diez minutos de acicalamiento y fugaz desayuno, otros tantos para subir al autobús. Entre treinta o cuarenta de trayecto, depende de la densidad del tráfico. Jornada de ocho horas, más una de almuerzo, son por tanto nueve. La suma de realizar el viaje de vuelta en transporte público y llegar caminando a su vivienda apenas supera los cuarenta y cinco minutos. Entonces Arsenio, en lugar de abandonar la cuenta del tiempo hasta el día siguiente, como haría cualquier empleado en sus cabales, permanece alerta, despierto, y mantiene sus horas de asueto parceladas en espacios de tiempo fijos: cincuenta minutos (ni uno más, ni uno menos) para preparar la cena y dar cuenta de ella, cuarenta (aun alguno más, aquí se permite cierta flexibilidad) para higiene personal, ducha y afeitado. Dos horas más de ocio, a menudo audiovisual, en menor medida lectivo, muy raramente para salir de nuevo a la calle. Cuando el largometraje o la serie o el show sobrepasan el límite, recurre a su grabación, que llenará parte de los ciento veinte minutos del día siguiente, o quedará aplazada para el fin de semana, cuya longitud resulta siempre difícil de completar con disciplina. Arsenio Wallace, debido a su particular obsesión por medir los tiempos, será el primero en notar el cambio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día siguiente no es un día más porque, sin precedentes desde que adquiriera la plaza de numerario, Arsenio llega tarde a la oficina. Pese a respetar escrupulosamente sus tiempos, y comprobarlo cada cinco minutos en el reloj portátil (modelo cronosfera, de gran precisión) no alcanza el autobús previsto. Nervioso ante las posibles represalias, pone especial empeño en pasar aún más desapercibido en el trabajo y, para su sorpresa, la jornada laboral le resulta extrañamente corta. Las imputaciones de segmentos temporales asignadas a cada tarea no llegan a acumular las ocho horas reglamentarias, sino apenas siete. Así lo refleja el computador monitorizado de Arsenio Wallace, y lo mismo sucede a su alrededor, en todos y cada uno de los habitáculos de la planta. A la salida, un enjambre de obreros se agolpa en el perímetro de seguridad. Arsenio se dirige, pasando con apuros entre el gentío, hacia una amiga, antigua compañera de planta, a la que no ha visto desde su traslado, dos años atrás. Tras excusarse ambos en la incompatibilidad horaria para explicar su falta de contacto, ella le pone al corriente de la situación: nadie puede salir del edificio porque el ordenador central asegura que sólo han trabajado siete horas, frente a la evidencia de sus relojes y de la oscuridad crepuscular que llega desde el exterior. En el que, sin sospecharlo en modo alguno, se convertirá en su último día de trabajo, los empleados del Ministerio no tienen otra opción que realizar una hora extra antes de regresar a sus hogares (si bien, gracias al intervalo perdido en el área restringida, algunos de ellos no sobrepasaron los cincuenta y cinco minutos).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante el trayecto de vuelta, Arsenio se dedica a comprobar constantemente si su cronosfera de última generación, adaptable a ambas muñecas, se encuentra sincronizada con cuantos relojes alcanzan sus ojos. Así es. Hecho constatado que, lejos de contribuir a recuperar su extraviada tranquilidad, no hace más que disponerle a realizar una última prueba. Sospecha que no podrá conciliar el sueño a menos que logre certificar que todo es producto de un error del ordenador central, y que el resto de extrañas incidencias del día son casualidades sin mayor importancia. En medio de una crispación y ansiedad crecientes, Arsenio realiza las tareas establecidas (cocinar y comer maquinalmente, ducha rápida) con la escamosa sensación de que el tiempo se escapa como arena entre los dedos, para ir a parar a una playa vacía, vacía incluso de olas con las que aproximar su transcurso. Llegado el momento de descansar frente a la televisión y en lugar de ponerla en marcha, Arsenio cuenta mentalmente los segundos que conforman un minuto. Es una práctica que realiza con frecuencia, para matar el tiempo, y con suma exactitud. Salvo entonces. Cuando mira el cronómetro de su potente reloj de última generación, colocado sobre la mesa, ya han pasado sesenta y seis segundos. Coge aire y repite la operación, esta vez cerrando los ojos para asegurar máxima concentración. Ahora marca sesenta y ocho segundos, casi sesenta y nueve, pero en cualquier caso no menos de los sesenta y seis de la cuenta anterior.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arsenio Wallace teme por su vida. No sabe qué hacer fuera de la rutina y augura un próximo día de trabajo por completo caótico si el tiempo, como parece, le da la razón. Enciende el televisor para procurarse una distracción que adivina imposible. El noticiario nocturno, ampliado fuera del horario habitual, sólo difunde catástrofes: accidentes de aviación en diversas partes del mundo, el sistema financiero de un país meridional colapsado, aumenta la tasa nacional de muertes por enfermedades crónicas, abortos imprevistos y recién nacidos con malformaciones en los hospitales de la ciudad. Así durante incontables minutos de desgracias hasta que el boletín se interrumpe con una noticia de última hora: la unidad móvil del informativo envía imágenes en directo de una revuelta en los barrios marginales de la periferia. La rebelión ha comenzado de forma espontánea, relata el cronista, cientos de jóvenes radicales destrozan con furia criminal soportes publicitarios y arrojan piedras contra iglesias y edificios administrativos. El reportero olvida un detalle que no escapa a los asombrados ojos de Arsenio: los insurgentes, que no son sólo jóvenes sino de distinta edad y condición, arremeten específicamente contra vallas y fachadas que contienen algún tipo de reloj en ellas, y dirigen con irregular puntería sus lanzamientos hacia las iluminadas esferas, ya sean éstas circulares con dos viejas flechas, en rectángulo fluorescente digital o en representación diferida de otro reloj ausente; hasta eliminarlas una a una.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Arsenio agarra de un empellón su cronosfera (un acto reflejo) y baja a la calle, donde varios grupos, en menor número que en los suburbios, imitan ya a los asaltantes televisados. Junto a ellos, Arsenio Wallace la emprende con el marcador municipal de hora y temperatura, patrocinado por una importante marca de electrodomésticos, la que produce en serie su reloj último modelo, hasta que no encuentra nada arrojadizo a su alcance. Entonces repara en su mano izquierda. Ha estado apretando el puño con rabia, clavándose la cronosfera de moda, adaptable a ambas muñecas, la sangre deslizándose por el brazo. Con gritos y aspavientos llama la atención del resto, y les conmina a destruir sus propios relojes de pulsera. Un vecino suyo, al que siempre consideró tan pacífico como él, se acerca y machaca también un teléfono portátil. Si Arsenio pudiera abstraerse un momento y abandonar de golpe el pulso acelerado y concentrarse lo suficiente para ejercitar su peculiar manía de contar el tiempo, constataría que su minuto mental apenas alcanza ahora los sesenta y cuatro segundos, más o menos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LAS HEREJES Y LA SED&lt;br /&gt;por José Luis Muñoz&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;“Acabad con todos ellos, porque Dios conoce a los suyos.”&lt;br /&gt;Arnaud Amaury, legado papal en la cruzada contra los cátaros,&lt;br /&gt;parafraseando una oración sálmica.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Carcasona, enero de 1210&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;El dominico agarraba con fuerza el brazo del cruzado francés, al que doblaba en edad. Nevaba perezosamente sobre la ciudad occitana, ya el blanco teñía los patios que les llevaban sin prisa hacia las entrañas de la fortaleza. Conversaban al caminar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Todos los objetivos están conseguidos, monseñor. El país cátaro pertenece por Simón de Montfort a la corona francesa, todos los herejes muertos o encarcelados, Beziérs aniquilada, Raimundo de Tolosa humillado, Carcasona sin cabeza… la cruzada ha sido un éxito – dijo Pierre Louis de Orleáns, dejándose llevar por el entusiasmo de sus pocos años.&lt;br /&gt;- Efectivamente, lo que hemos conseguido es mucho más de lo previsto o incluso de lo previsible, pero queda aún mucho por hacer. Sobre todo, me queda aún mucho por hacer – El padre Domingo de Cetina, inquisidor dominico aragonés, hizo una pausa. Cruzó sus gordas manos llenas de anillos por debajo de la túnica blanca y negra para protegerse del frío y continuó, levantando las cejas al hablar – Un hereje vivo, aun encarcelado, es un peligro para la religión y la Santa Madre Iglesia. Y por tanto para el rey de Francia.&lt;br /&gt;- Sin duda, sin duda. Pero, ¿dónde me lleváis?&lt;br /&gt;- Quiero que veáis un ejemplo. Vuestro informe al rey Felipe debe dejar más que claro cuál es la política papal y el verdadero objetivo de la cruzada, o sea, salvar esta tierra del Languedoc del Maligno que le acecha. Ya hemos llegado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la puerta de madera aherrojada se encontraba un hombrón de más de dos metros de altura, ancho de espaldas, nativo del país.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Qué tenemos aquí, Roger? – dijo el inquisidor.&lt;br /&gt;- Dos mujeres herejes, señor. Azalaïs de Beziérs, perfecta, y Germana de Castres, fiel cátara, esposa y madre de herejes.&lt;br /&gt;- Asomaos, mi buen Pierre- dijo el dominico mientras soltaba el brazo del joven francés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A través del ventanuco y los barrotes, el cruzado pudo ver las dos mujeres. Una de ellas, alta y delgada, entrada en años, estaba de pie mirando caer la nieve por el agujero del techo. La otra, una mujer joven y robusta, estaba echada en la húmeda y maloliente paja, con las manos en la cara y con los ojos apuntando al suelo. Ambas estaban casi desnudas, sólo un braguero cerrado con una cadena les ceñía la cintura. El frío y la poca luz mostraban sus cuerpos en azules y morados. El francés se separó de la ventana y le dijo al dominico:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Qué ha pensado para ellas? A la joven se me ocurre…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El guardián cortó la insinuación de Pierre con voz en la que se vislumbraba tanto el odio al invasor francés como el respeto a la inquisición que libraría su país de tanto hereje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Señor, como indicó su paternidad, el aquí presente Fray Domingo, que debía hacerse, estas herejes llevan cinco días sin comer y dos sin beber.&lt;br /&gt;- ¿Y los bragueros? – preguntó el cruzado.&lt;br /&gt;- Los llevan para que no puedan beber de sus fluidos corporales, ni de los suyos ni de los de la compañera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El olor que salía por el ventanuco era irrespirable. Dentro de la celda no se oyó nada de la conversación. Una nube blanca de hambre les embotaba los sentidos. Pero mucho peor era la sed. La Sed, con mayúsculas, que era como se la imaginaba la perfecta Azalaïs, algo decepcionada con el suplicio que le tocaba en su martirio; llevaba años ayunando y soñando con la hoguera. La otra reclusa sólo pensaba en su marido, muerto en la defensa de la ciudad, y en su hijo, que sólo el Dios de los cátaros sabría localizar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Pocas esperanzas nos quedan, hermana perfecta – dijo Germana.&lt;br /&gt;- Nunca hubo ninguna en este mundo dominado por la impureza y la bestia vaticana.&lt;br /&gt;- Yo hablaba de la guerra. Mi marido, mi suegro… El propio vizconde Roger Trencavel, encerrado en estos mismos calabozos… mi hijo Raimon, que nunca llegará a adulto para defender esta tierra de esos malditos cruzados franceses…&lt;br /&gt;- No pongas tus ilusiones en la guerra ni en los hombres. El guardián dijo, antes de retirarnos la comida y el agua hace no sé cuantos días, que el Trencavel ha muerto de hambre y de pena por el vizcondado perdido. Qué lástima que fuera un maldito hereje, dijo. Era todo un caballero y paladín del Languedoc, dijo. Este Roger debe ser tan patriota como tú, querida Germana. En cuanto a tu hijo… sabe Dios.&lt;br /&gt;- Ojalá todavía fuera tiempo de amamantarlo. Quiero decir que tendría leche… podríamos beber…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se callaron, asustadas. A medias por la brutalidad que había osado pronunciar Germana, a medias por que las dos lo desearon demasiado como para que no fuera pecado. Con sus labios cuarteados y tumefactos, la perfecta Azalaïs comenzó a rezar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cinco días después, Pierre Louis de Orleáns fue despertado de forma tan súbita que apenas tuvo tiempo para hacer salir de la habitación las dos prostitutas. Fray Domingo de Cetina solicitaba su presencia inmediata en las mazmorras. En pocos instantes se vistió y ciñó su espada, para seguir después al esbirro que lo condujo hasta la prisión. Cuando se acercaba, vio como Fray Domingo y Roger estaban asomados al ventanuco. Cuando hizo amago de preguntar que ocurría, el dominico le puso su manaza en la boca y el guardián le hizo sitio para que viera y oyera. Las dos herejes se hablaban a gritos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿Quién ha sido tu mentor espiritual, Germana, que tan mal te ha formado? Deberías saber perfectamente que este mundo no tiene sentido, que es del demonio, que Dios es puro y este mundo no lo es, que esta maldita existencia es de la bestia, no de Nuestro Señor, y que, por tanto, no vale la pena lamentarse por nada. Ni por nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pesar de la sed, Azalaïs se mantenía erguida. A Pierre de Orleáns le dio la impresión de que no se había movido desde el principio de su encierro. Germana, en cambio, se mostraba muy deteriorada, más delgada, sucia, con el pelo alborotado y la mirada perdida. Pero su voz no había perdido fuerza alguna.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No eres madre, ese es tu problema.&lt;br /&gt;- ¿Madre, dices, madre de algo impuro, algo de este mundo, madre y creadora de una carne que sólo nos hace recordar lo asqueroso que es nuestro cuerpo y olvidar la grandeza de nuestra alma? Es mejor no ser madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los acontecimientos se precipitaron ante los que observaban. Vieron cómo Germana se abalanzó sobre la perfecta Azalaïs, cómo la derribaba en la paja sucia, cómo sujetó sus brazos con las manos, cómo aplicó sus dientes sobre el cuello para morder y satisfacer la sed de tantos días, la Sed. Germana pudo apreciar cómo Azalaïs agradecía, con una oración plena de orgullo, el sufrir un suplicio digno de su alma perfecta. En cambio, ella pensó: “Por mi hijo, debo vivir por mi hijo”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pierre de Orleáns constató como los ojos de Fray Domingo de Cetina brillaban triunfantes y crueles mientras gritaba:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Ves, querido Pierre! No tienen derecho a la vida, ni a ésta ni a la eterna, alguien capaz de hacer esto a su compañera de celda merece mil veces la muerte y todos los suplicios. Dios ha de inventar un nuevo infierno para esta gente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Roger el guardián pensó que quizá ya lo hubiera inventado. &lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18354371-114458478101069747?l=factoriaodk.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://factoriaodk.blogspot.com/feeds/114458478101069747/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18354371&amp;postID=114458478101069747' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/114458478101069747'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/114458478101069747'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://factoriaodk.blogspot.com/2006/04/relatos-de-primavera-odradek.html' title='Relatos de Primavera ODRADEK'/><author><name>Factoría ODK</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12754453696937861324</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18354371.post-114208174347929255</id><published>2006-03-11T13:48:00.000+01:00</published><updated>2006-03-14T18:27:10.640+01:00</updated><title type='text'>INFANCIA</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;NANA&lt;br /&gt;por Julio Abelenda&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ventana helada de invierno, ¡te sientes hechizado! En la alta madrugada, mientras todos duermen, te descubres despierto y aterido, con la nariz pegada en el cristal, viendo cómo el cerco de vaho de tu aliento sobre la superficie transparente se hace grande y chiquito, grande y chiquito… ¿Cómo llegaste hasta aquí? ¿Qué te sacó de la cama, llamándote en silencio, nombrándote sin palabras, guiándote por el oscuro pasillo –triste niño de Hamelin- hasta abandonarte en el salón de tu casa, frente a la ventana cerrada? ¿Fue entonces que despertaste, con el frío que se cuela por cada rendija transformándote los huesos en frágil hielo, que podría resquebrajarse al más mínimo movimiento? &lt;em&gt;(¡No te muevas!) &lt;/em&gt;¿O no has despertado &lt;em&gt;de verdad&lt;/em&gt;, acaso nunca lo hagas, y te busquen inútilmente en la cama, sacudiendo y agitando un cuerpo inanimado que ya no es el tuyo, sin saber qué tú sigues aquí, agazapado y aterido frente a la ventana?...&lt;br /&gt;Pero ahora algo llama tu atención, y al cabo ves aquello que la ventana quiere que veas, y a través del vaho que sin darte cuenta, en un juego infantil, has ido extendiendo por el cristal, lanza sus destellos un enjambre de luces como faros en la niebla -¿eres tú un barco, un navío a la deriva, que ellas tratan de guiar entre los arrecifes de la noche?-, aguantas la respiración para verlas, y de entre los jirones de niebla que se descosen emergen radiantes, y no son luces ni faros sino ventanas, ventanas iluminadas en el rostro pétreo y amenazador de los edificios, y si escuchas con atención una voz inaudible -una voz como de sombras murmurando- emana de ellas, de todas ellas murmurantes sombras que hablan y susurran y cantan, y lo hacen sólo para ti, y las oyes con el oído oculto dentro de tu cabeza -las palabras no pronunciadas son como un bálsamo-, y ahora ya sabes qué te trajo hasta aquí, qué oscuro sentimiento te arrancó del descanso hundiéndote su gélida garra en el pecho, levantándote de la cama como a un títere sin voluntad, obligándote a apostarte en esta atalaya en busca del mantra tranquilizador, la fórmula mágica de tu serenidad en la madrugada, la nana que te adormecerá plácidamente hasta que te encuentren con el nuevo día, como tantas otras veces, acurrucado junto a la ventana…&lt;br /&gt;&lt;em&gt;“No estás solo”…&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;CANICAS&lt;br /&gt;por Fco. Javier Ayuso&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Contaba solo con doce años de edad cuando tuvo que realizar su primer viaje fuera de casa, fuera de todo lo conocido hasta ese momento, cuando como un relámpago salió disparado hacia la mesita de cerezo de su casa para descolgar el teléfono, y escuchó la débil voz de su abuela que se oía al otro lado de la línea con ecos de ultratumba, aquella voz tan desconocida para el y a la vez tan esperada, de modo que no pudo evitar transportar su mente a otro lugar donde no tuviera que observar los rostros de sus padres que cada día se miraban el uno al otro con ojos extraños, como si el devenir de los años de casados hubiera conseguido que todo aquello que antes les unía les alejara lentamente, y solo quedara de su relación unas pocas cartas que aún conservaban de la época de novios y una sonrisa que ambos se dirigían cortésmente todos los días a la hora del almuerzo, cuando su padre llegaba del trabajo.&lt;br /&gt;La noche de su llegada al pueblo durmió placidamente en la cama, en cuyas sábanas de frío tacto se sintió a salvo de todo, arropado por mantas que le sumergieron en sueños de mundos extraños y aventuras de piratas que asaltaban barcos y encontraban tesoros en islas perdidas en mitad del océano.&lt;br /&gt;A la mañana siguiente le esperaba en la cocina un copioso desayuno compuesto de leche recién ordeñada con la nata flotando a jirones en mitad de la taza y rebanadas de pan untadas en aceite.&lt;br /&gt;Después de desayunar su abuela le dijo que tenía un regalo para el, un bote lleno de canicas. Cogido de la huesuda mano fue a su cuarto, donde le esperaba el ansiado botín.&lt;br /&gt;Las bolitas de cristal brillaban como luciérnagas en la oscuridad de la noche, las había de todos los colores y tamaños. Observó sus ojos ciegos y vidriosos de mirada azul, y allí, entre las sombras de la pequeña habitación no supo ocultar su vergüenza por no haber conocido antes a aquella anciana de pelo gris.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;SOFÍA&lt;br /&gt;por Fco. Javier Benítez&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se llamaba Sofía, y vivía un piso más abajo. La primera vez que la vi estaba esperando el ascensor. En mis manos, el preciado número uno de la serie de comics &lt;em&gt;Los Vengadores&lt;/em&gt;. Entre las suyas, el asa de un carrito de la compra. Era de mi edad, de cuerpo ligero, piel nacarina, pelo largo y castaño. En su mirada había algo que no comprendí en aquel momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta entonces, el amor me había parecido algo que le ocurría a los mayores, y que, por regla general, los volvía muy extraños. Si acaso, me preocupaba por que el matrimonio entre La Visión y la Bruja Escarlata fuese feliz, ya que en sus manos estaba el futuro de la humanidad. No obstante, aquella chica en tres dimensiones fue capaz de atrapar mi imaginación. Una mañana, entre combate y combate de libro-juego, me asomé a la ventana de mi cuarto y la encontré en la terraza del lavadero de su casa, sin que aparentemente se percatase de mi presencia. Tendía la ropa de sus hermanos al tiempo que tarareaba una canción de Mecano o quizás de los Hombres G. Tras recrearme en su visión durante unos minutos, regresé avergonzado a mis espadas y mis demonios. Tenía la sensación de que había estado haciendo algo a la vez prohibido y placentero. No sabía concretar exactamente qué, pero me gustaba. Aquella misma tarde, mientras dibujaba una historieta, decidí crear un personaje idéntico a aquella vecinita, que se llamase Sofía, que fuese la pareja de Super-Enmascarado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente, ella estaba sentada frente a la ventana de su cuarto, leyendo un libro que debía de ser realmente interesante, pues permanecía allí como congelada, alegrando mis ojos y mis entrañas, y yo volvía a mi libro-juego para intentar que Lobo Solitario consiguiese la espada Sommerswerd, pero me picaba de nuevo la curiosidad, me asomaba otra vez, certificaba que seguía en su sitio, y algo dentro de mí volvía a estar en paz. Al menos hasta la tarde siguiente, que no se hallaba ni en la terraza del lavadero ni en su habitación, obligándome a mirar cada quince minutos de reloj, y ya no era capaz de concentrarme en la lucha contra los helghasts, pues esperaba que llegase la noche, y después la mañana, y después la tarde siguiente, para que, por favor, continuase la lectura de su novelita, frente a la ventana, como debía ser.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No olvidaré el momento entre fatídico y mágico en el que decidí dejar de observar a Sofía. Estaba anocheciendo, sería verano, y esta vez ella me esperaba en su habitación, mirando hacia arriba, desafiante. En cuestión de segundos perdí toda la seguridad en mi mismo, y comencé a temblar como si tuviese fiebre, intentando mantenerme firme para demostrar algo que tampoco sabía definir. Sin inmutarse, me hizo un gesto y se quitó lentamente la camiseta, descubriéndome lo que había debajo, un torso liviano y un sujetador azul con dibujitos de colores. Como respuesta, me alejé de la ventana. Después, del cuarto donde estaba la ventana. Finalmente busqué refugio en el sofá del salón, junto a mi padre. Deseaba volver al sitio donde me esperaba aquella muchacha, plantarle cara y ver que ocurría, aguantar hasta el final. Pero no lo hice.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche tomé la decisión de dejar de espiar a la chica del tercero. En el siguiente capítulo del cómic, Super-Enmascarado ya no tendría novia. Lobo Solitario seguiría derrotando a las fuerzas oscuras que acechaban Magnamund y, tarde o temprano, llegaría al máximo nivel dentro de la Orden del Kai. El mundo permanecería como hasta aquel momento, con las chicas con sus camisetas puestas, sin hacerme ni el más mínimo caso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ni que decir tiene que mi propósito sirvió de poco. Esa Sofía fue la primera de una larga lista de Sofías, el comienzo de una nueva vida donde Super-Enmascarado ya no resultaba tan interesante. Después de aquella experiencia, mi orden infantil y asexuado se transformó en un caos inquietante, complejo y ambiguo. Empecé a ver a las compañeras de clase como algo más que rivales de patio, y a sufrir por ellas. De hecho pasó mucho tiempo hasta que otra chica me hizo un gesto parecido al de la vecina del tercero y se quitó su camiseta. Pero esa es otra historia bien distinta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LÁPICES DE COLORES&lt;br /&gt;por Leopoldo Elvira&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Miro tus dientes manchados de azul, unos fragmentos minerales húmedos adheridos al blanco esmalte de leche, encías y labios teñidos de un azul desvaído, regueros de azul diluyéndose en saliva. Otras veces fueron otros tintes en la misma sonrisa fría, impropia en una niña de tres años, sonrisa dedicada al padre que se inclina asombrado hacia el marfil y los ojos vacíos de su hija.&lt;br /&gt;Cartón desmenuzado de una caja de colores Alpino, otra más, tan deprisa desaparecen o se gastan los lapiceros. El cervatillo que despreocupado salta entre las montañas, ajeno a la presencia de ocultos predadores, en un mundo estático y perfecto, hecho pedazos.&lt;br /&gt;Otras veces las astillas por la alfombra, enredadas en el algodón entrelazado, entre los dibujos que ingenuos y felices decoran la infancia, astillas esmaltadas como restos de una batalla o una masacre de lápices de colores.&lt;br /&gt;La miro y parece regalarme el sabor amargo de la mina y la madera, el sabor metálico como escoceduras en la lengua del sacapuntas, el olor fibroso de las virutas ribeteadas de color, pequeños abanicos desplegados sobre la mesa.&lt;br /&gt;Quizás deba preocuparme, tan obstinada en sacar los tornillos del afila-lápiz con la punta sin punta de un cuchillo, desmontar las cuchillas niqueladas, en esconderlas bajo su almohada esperando a no se que ratoncito negro y a sus trueques, y, mientras procuro no distanciarme, en la mano sostengo y paso las páginas, crujientes hojas de un cuaderno de tapas floreadas, y dejo que ante mí desfilen, sé que debería asustarme, inquietarme al menos, los dibujos de colores que se repiten, en todas el mismo dibujo con leves variaciones, como esas pesadillas, sueños reiterados donde siempre la misma figura desolada, sin manos al final de los brazos con ojos vacíos en la cara, sola, en un paisaje de montaña, espera la visita del lobo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LA GORDA DE LOS MELOCOTONES&lt;br /&gt;por María López &lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;Amaneció fresca aquella mañana de julio; estaba tomando un café en el umbral de la casa cuando el leve crujir de la gravilla del camino anunció la llegada de alguien. Y no pude evitar que mis pensamientos se dirigiesen nostálgicos hacia los niños. En otro tiempo hubieran sido los niños…&lt;br /&gt;Los mejores recuerdos de mi infancia se agazapan bajo el sol del estío y las viejas acequias, en cada rincón de la finca “Los Palos”; y me asaltan de cuando en cuando sin previo aviso. Una gran explanada de cemento comunica las dos casas, el pozo, el jardín, y la piscina; siempre andábamos por ahí descalzos como pequeños salvajes, con la piel cuarteada, la planta de los pies como suelas de esparto y los ojos enrojecidos por el cloro. A mi pobre abuela se la llevaban los demonios, ya había criado a siete hijos y ahora a su edad, se veía a cargo de siete nietos. Al menos logró persuadirnos para que nos calzásemos cuando saliéramos a jugar al camino, enredásemos en la nave con los aperos agrícolas medio oxidados o nos adentrásemos en lo que para nosotros era la jungla de los melocotoneros.&lt;br /&gt;Una calurosa noche, de esas en que las langostas llueven del cielo, estábamos dentro de la casa jugando a las cartas cuando a eso así de las dos de la mañana los perros comenzaron a ladrar rabiosamente, alertando enseguida a mi abuelo, que en menos que canta un gallo se puso las botas y echó mano de la escopeta de perdigones, mientras mi abuela le increpaba desde el dormitorio, pero a dónde vas Leocadio, llévate al menos a Julio Mari, dios sabe qué clase de gente viene a estas horas, pero Leo, y los gritos de mi abuela se perdían engullidos por la noche, era noche cerrada, y nosotros nos metimos los siete en la cama con ella, todas las puertas y ventanas cerradas a cal y canto, igualito que cuando las violentas tormentas de verano bajan de Sierra Carija arrasando todo a su paso, dejando la marca del rayo al ladito del pozo, ya eran dos los que habían caído en el campo, hasta que al fin llegó mi abuelo con Robín, el mejor perro guardián del mundo, sanos y salvos los dos, y nos contó cabreado todo lo que había ocurrido, que si les había pillado en plena faena, que si eran la familia esa de La Puebla que luego vendía la mercancía robada en el mercadillo de los martes, que si creía haber dado un buen susto a la Rosa, matriarca de aquel clan de “desgraciaos”, gorda como ella sola…&lt;br /&gt;Poco a poco los ánimos se fueron calmando y nos fuimos todos a la cama, aunque inevitablemente aquel incidente marcó un extraño punto de no retorno para los niños, pues sin saberlo, aquella noche tomó forma nuestro Hombre del Saco. Y los mayores bien que supieron aprovecharse de ello. Desde aquel día, cada vez que nos poníamos borricos sin querer irnos a dormir, y los perros ladraban inquietos por algún gato o cualquier otro bicho, la abuela salía de la casa con su particular toque de queda: ¡Que viene la Gorda, la Gorda de los Melocotones!...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;MATANZA&lt;br /&gt;por Agustín Lozano&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Una vez al año, cada invierno, me despierta el arcaico bramido del sacrificio, entre asustado e ilusionado intento seguir durmiendo hasta oír un nuevo grito ahora humano, mi madre o tal vez mi abuela llamando al niño, afuera en el corralón la noche es todavía cerrada y fría pero cálida de gente, del trasiego tranquilo de los pueblos, el cuchillo desgarra el cuello y da paso a los estertores y no puedo mirar, la sangre recogida en un baño fundiéndose con el barro, Tierra de Barros, el olor de la piel quemada del guarro se confunde con las sardinas al fuego en la cocina, ya amanece y las migas están listas en un gran perol, es el mejor momento del día porque acaba los sufrimientos y anuncia una jornada repleta de juegos, visitas, comilonas, me gusta sentirme útil, ayudo donde me dejan, la muerte es tan sólo una brizna, un mal recuerdo mecido por el entusiasmo de la celebración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un pequeño apartamento, una habitación, un ordenador de sobremesa, un teclado. Una ciudad convertida en suburbio de otra mucho mayor. Una nevera llena de carne envuelta en plástico. Una imagen lejana me devuelve al cemento gastado del corralón, ahora silencioso, soportando los pasos cansados de dos ancianos, sin rastro de la sangre, del bullicio de los vecinos, de la vida alrededor y a través de un niño. La infancia es tan sólo un asidero, un buen recuerdo que apenas evita el naufragio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;MIS MAGDALENAS&lt;br /&gt;por José Luis Muñoz&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;“Mis enemigos atribuyeron la locura a la bebida,&lt;br /&gt;en vez de atribuir la bebida a la locura.”&lt;br /&gt;Poe&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi infancia fue una vidriera rota de la Virgen de los Remedios en lo más alto de una iglesia, el viento que entraba por el cristal para poner delante de mis ojos de seis años el verdadero significado de la muerte, fue también un colchón de plumas, mullido y caliente, que me hacía soñar con ataúdes y con letras, con cementerios y con minerales, y era el beso de mi abuela, esa seguridad momentánea antes de la larga noche de invierno, cuando en el pueblo todo es silencio y en el campo todo es miedo, era aquel arroyo, mi Rubicón, dos metros de agua que tras la lluvia bajaban feroces y cuyo paso me produjo tanto el placer de cruzarlo como una semana de fiebre, también una extraña tormenta que alteró el ritmo esperado del tiempo y cubrió con una noche prematura aquella tarde de septiembre, fue el partido de fútbol interrumpido por la noticia del aplastamiento de Tío Antonio por el tractor que le daba de comer, como también era una bicicleta roja que nunca pinchaba, un nido de víboras debajo de una piedra en las tardes de mayo, la atracción ahora compañera de los pozos sin agua, la habitación y el silencio de los insomnios, el ruido virtual de los camellos en la noche de Reyes, el paso cansado de mi abuelo pasillo arriba pasillo abajo, el pan caliente en la noche de la panadería, los primeros enemigos, los últimos amigos, un conjunto de nombres de perro para constituir el perro ideal, Nuca, Yaco, Bilbo, Ron, fue mi infancia un hecho que en el tiempo ya aparece sin sentido, y es también ahora lo que me ha convencido de que la memoria es sólo un instrumento de Dios para hacernos creer que estamos en el infierno.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;OLORES, SABORES Y OTRAS IMPERTINENCIAS...&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;por Sara Sánchez&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;La seguridad de saber que tu mundo es un círculo interminable de promesas aún no cumplidas, de universos aún por descubrir, de realidades aún simples, de colores aún del arco iris, de compañeros de juegos que nunca fallan, de ingenuidades absolutas, irrefutables, irreductibles, de gigantes que parecen dioses y que no paran de hablar en una lengua que, teñida por la decepción, el desencanto, el paso del tiempo, suena a aquella de los perdedores, de los que jamás volverán a la burbuja llena de mariposas en la que todo es verdad a la vez que una fortaleza inexpugnable... el olor de quien te querrá siempre, de quien nunca te hará daño, de quien no dejará que te vayas del paraíso de sus besos, abrazos y olores; olores a vainilla y a dulce, dulce como los sueños que despiertan la necesidad de volver a ser de ese otro pequeño mundo que desapareció sin saber por qué.&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;CINE GENERAL&lt;br /&gt;por César Vicente&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Mis zapatos nuevos resuenan suavemente en mi memoria como por calles empedradas, se mueven dentro de una foto desgastada por las puntas hecha con cámara Voightlander, a la luz imperfecta y fascinante de los siete años. Al doblar la esquina asoman las letras altas artdecó del Cine General, espesándose tras la niebla. Llego tarde. Me veo avanzar deprisa, con las monedas bien apretadas en el puño dentro del bolsillo. Tras la taquilla ribeteada con bombillas humedecidas emerge una mano mágica que me extiende una entrada de diez pesetas.&lt;br /&gt;- Venga, que ya empezó.&lt;br /&gt;Entonces traspaso el vestíbulo, oloroso a pipas y butaca vieja, allí donde cuelga una lámpara de araña polvorienta y el tupé de Kirk Douglas languidece en un cartel que se funde con el crema de las paredes, y vislumbro entre los cortinones de terciopelo granate al Hombre de la manta* que rasca una cerilla en su espuela de plata y enciende un purito con ojos de saberlo todo de antemano, distinguiendo a lo lejos el polvo que levanta la chusma de mejicanos sin afeitar que lo persigue, ajenos a lo que les espera, los pendejos, y, no sabiendo aún si adentrarme en la sala o subir al gallinero, decido esto último, atropellado, encendidas las mejillas, sintiendo el galope de los caballos bajo los escalones y oyendo tiros que suenan como truenos de juguete dentro de una lata y dejan manchas de sangre muy roja en la ropa, buscando luego un sitio en las duras gradas de cemento, entre rostros embelesados donde tiemblan sombras azules, y oyendo de fondo el sonido del metraje en el proyector, hasta que alguien me tranquiliza,&lt;br /&gt;- Todavía no ha muerto nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* Clint Eastwood. En mi pueblo se le conocía como el Hombre de la manta. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18354371-114208174347929255?l=factoriaodk.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://factoriaodk.blogspot.com/feeds/114208174347929255/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18354371&amp;postID=114208174347929255' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/114208174347929255'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/114208174347929255'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://factoriaodk.blogspot.com/2006/03/infancia.html' title='INFANCIA'/><author><name>Factoría ODK</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12754453696937861324</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18354371.post-114071666303102443</id><published>2006-02-23T18:32:00.000+01:00</published><updated>2006-02-24T17:22:52.443+01:00</updated><title type='text'>EL HONOR</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;UNA (MORTAL) CUESTIÓN DE CÁNONES&lt;br /&gt;por Julio Abelenda&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;La escena es un cuadro naturalista con algunos toques anacrónicos. Sobre la mañana recién estrenada, con el sol en línea ascendente, se recorta una mansión del siglo XVIII, enclavada en un paisaje de un verde ya olvidado. Sin embargo, un tiralíneas ha trazado en el cielo una estela blanca; el vuelo Washington-Vancouver sale con retraso, y su rastro no tardará en ser seguido por otras tantas salvas lanzadas hacia mil puntos del mapa, acribillando el azul hoy límpido y radiante.&lt;br /&gt;Pero es lo que sucede abajo, en la tierra, lo que nos debe ocupar. Frente a la mansión intacta, de piedra lustrosa no mancillada por el tiempo, dos hombres muy distintos se dan la espalda. Uno la tiene arqueada y rígida, y gruesos goterones de sudor se le despeñan por ese tobogán resbaladizo, manchándole la camisa blanca y fina que ha sacado, como el resto de su atuendo, del ropero de los siglos. El otro, más enjuto, aprovecha su menor estatura para apoyar contra su rival todo su peso, que se reduce al de un esqueleto rácano que apenas consigue sostenerle el jersey sobre los hombros e impedir que los vaqueros se le deslicen hasta los pies. Un tercer hombre está situado junto a ellos, de frente a la escena, musitando lo que parecen ser las últimas instrucciones del duelo que se avecina mientras pasea la mirada de uno a otro contendiente. Lo curioso del caso es que, según mire a izquierda o a derecha, semejará un noble caballero de Versalles de porte adusto y solemne o un reverendo alcoholizado de Wyoming tartamudeando sus bendiciones a cinco pavos la plegaria. Cosas de la refracción de la luz, quizá, en este raro escenario que huele a lo que huele el tiempo mismo.&lt;br /&gt;Un parpadeo, y los duelistas han echado a andar. Quien encara el umbrío camino de la izquierda arranca con brusquedad, como si fuera un juguete belicoso al que sólo unos dedos invisibles impedían marchar hacia la batalla. Quien se adentra en el camino de tierra de la derecha lo hace en cambio con una calma rayana en la indiferencia, las manos en los bolsillos y los pies pateando piedrecillas. Los aviones silban sobre su cabeza acompañando su marcha cansina, mientras, a su espalda, su rival va siendo tragado por la espesura poblada de ojos y rumores; salteadores y bandidos esperan como hienas para rapiñar los restos del duelo.&lt;br /&gt;Otro parpadeo, y ya se ha cubierto el macabro trayecto; a los veinticinco pasos exactos, uno de los contendientes se gira en un movimiento lleno de gracia y mortífero donaire, que lo deja encarado a... la espalda de un hombre que sigue caminando con aire desaliñado, haciendo frecuentes incursiones al borde del sendero para arrancar una florecilla silvestre, la cara girada hacia los rayos de un sol que comienza a ser benéfico. Sólo cinco o seis pasos después algo parece enturbiarle la placidez y se detiene de golpe, como si recordara alguna obligación molesta que tiene que cumplir. Estirando sus miembros en un movimiento lánguido, que a su rival le recuerda demasiado a un bostezo, se da la vuelta al fin.&lt;br /&gt;Los duelistas quedan así enfrentados, y sólo entonces nos preguntamos por sus armas, a primera vista invisibles. La respuesta llega cuando el contrincante de la izquierda –llamémosle, aun a esta avanzada altura de la historia, Jacques- se lleva la mano al bolsillo interior de su chaleco y extrae de él un cuaderno de tapas de piel, con un delicado labrado de oro en sus bordes y un cierre metálico que abre con torpe nerviosismo, ante la mirada aburrida de su oponente. Después, saca de otro bolsillo una pluma de ganso y un tintero y, en un complicado equilibrismo, consigue mojar la punta de la pluma en tinta, sostener el libro abierto sin derramar el tintero y, finalmente, congestionado y sudoroso por el esfuerzo, rompe a escribir.&lt;br /&gt;Al otro lado de la escena, el otro hombre –Henry, quizá, o mejor aún, Hank- se rasca la cabeza, se chupa el pulgar derecho y lo expone al aire con gesto reflexivo. Cabecea asintiendo, en apariencia satisfecho con el resultado, y saca al fin del bolsillo trasero de sus jeans una libreta grasienta que no cuesta imaginar en manos de la camarera de cualquier bar de autopista. Pasa las primeras páginas con parsimonia, recreándose con gestos diversos en lo que sea que hay escrito en ellas, y, al llegar a una página en blanco, se tantea los bolsillos hasta extraer de uno de ellos un bolígrafo BIC gastado a medias y con el capuchón concienzudamente mordisqueado. Y, él también, comienza a garrapatear en su cuaderno.&lt;br /&gt;Lo que sigue es el duelo más inverosímil que hayan visto los siglos: dos hombres frente a frente, escribiendo y observándose, como si estuvieran haciendo un retrato el uno del otro; sólo que esta vez las pinceladas son palabras, palabras mortales disparadas como balas. Jacques escribe denodadamente, llenando líneas y líneas de letra florida, mientras mira a su oponente con fiereza como si quisiera reducirlo a la misma tinta con que trata de apresarlo en el papel. Hank por su parte zanganea con su bolígrafo sin decidirse a entrar a matar, haciendo garabatos ociosos en los márgenes de la página. Al cabo se le ilumina la mirada y levanta la cabeza en un gesto característico, como si la idea que estaba esperando le hubiera golpeado en la frente; y empuñando el bolígrafo de manera distinta, y tras una simple ojeada a su rival (esforzado, frenético, jadeante) escribe desmañadamente tres o cuatro palabras. Al instante, Jacques cae fulminado.&lt;br /&gt;Si hubiéramos vuelto a parpadear no lo habríamos visto. Su cuerpo se abate suavemente, como a cámara lenta, sobre un lecho de hojas secas que lo reciben alborozadas. Algo en la espesura pierde entonces definición, quizá el verde ya no es tan verde, y entre los matorrales se extiende una plegaria respetuosa que antecede, en el código de honor de los bandidos, a la rapiña por venir. El cadáver, como suelen hacer los cadáveres, no se mueve más. Ni para decir “amén”.&lt;br /&gt;El hombre que queda en pie mira todo esto con algo que sólo muy generosamente se podría definir como tristeza. Después vuelve la mirada hacia su libreta, que sostiene con aprensión como la pistola aún humeante con que se ha cometido un asesinato. Por unos instantes sus ojos reflejan incredulidad, mientras repasan una y otra vez las escasas palabras recién escritas. Después, tras un mudo encogimiento de hombros, se guarda la libreta sin molestarse en cerrarla, de vuelta en el bolsillo trasero de los raídos jeans. Y, con el mismo aire cansino e indiferente de la ida, comienza a desandar el sendero de tierra.&lt;br /&gt;Cuando llega de nuevo frente a la mansión no se detiene, sino que sigue camino hacia el lindero del bosque donde, siglos más allá, le espera el cuerpo inanimado –y aún inviolado- de su contrincante. Al penetrar en la verde espesura su figura enjuta y desarrapada es como una anomalía, una errata en la escritura del mundo, una violación en el orden natural de las cosas. El hecho no parece importarle lo más mínimo. Se llega al fin a la altura del cadáver, que mueve con un pie en un gesto desprovisto de animadversión, con el único y clínico interés de comprobar si realmente está muerto. Si no lo está lo aparenta muy bien, decide satisfecho. Y, agachándose, recoge el elegante cuaderno donde su rival trataba de encontrar, sólo instantes antes, las palabras exactas que pudieran aniquilarlo.&lt;br /&gt;Agazapados sobre sus hombros, lo leemos con él. En un francés suavemente arcaico, y con una letra cursiva de trazo amplio y profusa decoración, asistimos a una completa descripción del lugar, la mansión con su lustre imperial, el bosque profundo y rumoroso, el sendero de tierra surcado por las huellas de los carromatos que se dirigen a la ciudad cercana. El autor también ha tratado de capturar el brillo esplendoroso de la mañana recién iniciada, con sus promesas de un día resplandeciente sobre la plaza del mercado abarrotada de gente ruidosa y festejante. Más acá, el texto incluye unas breves consideraciones pseudocientíficas sobre la reflexión de la luz entre el ramaje de los bosques norteños, y aun unos apuntes sucintos acerca de la flora y la fauna de dichas frondas. El comentario político tampoco escapa a la sagacidad de estas notas, con unas líneas muy críticas contra la bárbara costumbre del duelo y a favor de su necesaria abolición en nombre de los sagrados preceptos revolucionarios.&lt;br /&gt;Sólo al final, unas palabras escasas parecen tener por objeto la descripción del extraño y desagradable individuo que, con irritante tranquilidad, se limita a observarlo cincuenta pasos más allá. Los epítetos no son amables, y el aludido tuerce el gesto al leerlos; luego piensa que quien yace sobre las hojas no es él, y de repente se siente menos ofendido. Una frase inconclusa que culmina en un rayón muestra el momento en que la muerte le sobrevino a su autor, dejando a medias el inventario, entre jactancioso y despectivo, de la indumentaria de su rival…&lt;br /&gt;Causa del óbito: prolijidad. Evidentemente, no se trata del pistolero más rápido a este lado de los siglos. Poco queda por añadir, pero la curiosidad nos lleva a buscar con la mirada las palabras que lo han sentenciado al descanso eterno. Para ello, oportunamente, la libreta donde se expiden certificados de defunción sobresale lo suficiente del bolsillo en el que la guardó su dueño, abierta por la página adecuada que mira, además, no hacia el trasero escuálido que apenas le sirve de precario soporte, sino hacia la mañana radiante desde donde se escriben estas líneas. Casi como si su autor quisiera que la leyéramos.&lt;br /&gt;Allí, entre manchas de grasa de insalubres desayunos de &lt;em&gt;fast food&lt;/em&gt;, y con una letra pequeña e irregular, están escritas las siguientes y solitarias palabras:&lt;br /&gt;&lt;em&gt;“Le dije: muere. Y él murió”.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Nada más. Para qué. Las palabras han cumplido su cometido, poderosas y rotundas. La situación queda implícita, puro contexto que cada lector reconstruirá a voluntad en su mente. La libertad de imaginar lo no escrito, precepto sagrado de la literatura del siglo XX, se mantiene incorrupta. Si Carver o Cheever levantaran la cabeza, se sentirían orgullosos.&lt;br /&gt;Quien así se ha expresado (mortalmente) echa a andar hacia la ciudad, de vuelta a su siglo. Si se da prisa quizá llegue a ver la segunda mitad del partido de los &lt;em&gt;Redskins &lt;/em&gt;en la tele. A su espalda, un cadáver es despiadadamente despojado de todo cuanto posee, salvo de su honor.&lt;br /&gt;Fundido en negro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LA ÚLTIMA BATALLA&lt;br /&gt;por Fco. Javier Ayuso&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;“Estos indios no están bautizados, por lo tanto no tienen alma. Entonces al matarlos, estamos honrando a Dios”&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;G.A. Custer&lt;/strong&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Existe un lugar que sólo yo conozco. Un lugar en el que los árboles se alzan a lo lejos, con sus brazos inclinándose hacia un sol anaranjado que se oculta entre las colinas; donde un hilo de agua serpentea a lo largo de la ladera.&lt;br /&gt;La seca tierra acumulada en la cima del macizo se desprende, recogiendo a su paso las minúsculas piedrecitas que van a parar al fondo de valle en forma de garganta.&lt;br /&gt;El bosque rojizo se despliega a ambos lados del camino por donde discurre el río, cuyas aguas reflejan los tonos del astro que brilla con luz cansada y agonizante. La corriente fluye tranquila, girando a veces sobre sí misma en remolinos de espuma que se disuelven precipitadamente, como si tuvieran miedo a ser descubiertos.&lt;br /&gt;La brisa corre con fuerza, presurosa, susurrándome al oído el nombre de mis antepasados, el de la diosa Maka. El espíritu del águila me transporta de nuevo a la realidad.&lt;br /&gt;Gritan mi nombre, mientras una bala sibilante pasa por detrás de mí, todo es confusión. Un hombre de mirada gris y perdida que agoniza a mi lado me pide ayuda, segundos después su cuerpo yace inerte.&lt;br /&gt;Los cascos de un caballo al galope me anuncian que alguien se acerca por mi espalda, me giro y disparo, mi rifle Winchester 44 escupe los proyectiles y un soldado cae a plomo sobre el costado del animal.&lt;br /&gt;Están cercados, el círculo cada vez se hace más estrecho y pronto se romperá, sus hombres no podrán resistir mucho más.&lt;br /&gt;Cierro los ojos evocando ese paisaje que tanto he perseguido, imágenes difusas de niños y mujeres descalzos se entrecruzan por todas partes y por ninguna a la vez.&lt;br /&gt;Mi sueño ha acabado y sé que este día será recordado sin honor como el día en que los indios cheyennes ganamos nuestra única batalla a Custer Cabellos largos.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Little Big Horn, 25 de Junio de 1876.&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;EXTRAÑO INCIDENTE EN MOLINETA PLACE&lt;br /&gt;por Leopoldo Elvira&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Extracto recopilado de un diario de provincias.&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Como recordaran nuestros avisados lectores, en la mañana de niebla del 25 de enero apareció el cuerpo sin vida del ciudadano M.F., natural de B., de 41 años de edad, tendido en la arena húmeda junto a los columpios y el tobogán de Molineta Place, presentando un fuerte traumatismo craneal que el forense determinó como probable causa de su muerte. Junto al cadáver, un libro ensangrentado.&lt;br /&gt;Este periódico, tras un exhaustivo trabajo de investigación, ha podido recomponer los hechos que resultaron en la tragedia de Molineta Place. Las pesquisas se vieron dificultadas por la naturaleza de los testigos, frecuentadores de una tertulia local, que, a las preguntas del periodista, contestaron con diversos tropos y licencias poéticas o se empeñaban en describir sus inconclusas y ya incomprendidas obras literarias.&lt;br /&gt;Al parecer, el desdichado incidente se fraguó durante una de tales tertulias y a raíz de un encendido debate que enfrentó al finado y al presunto homicida, R.N. de 35 años de edad y natural de I. Según los testigos presenciales, la discusión, iniciada dentro de los límites convencionales de la crítica literaria, derivó hacia un tenso debate fatalmente alimentado por repetidas rondas de cerveza y una tan inmoderada como absurda pasión por las letras.&lt;br /&gt;Reproducimos algunas frases de la encendida polémica, a la turbia luz del testimonio de los testigos. Juzguen ustedes mismos la gravedad de las acusaciones:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- M.F.: "...Virginia Woolf fracasó completamente al representar sin la suficiente pericia literaria el flujo de conciencia y el devenir de la memoria, sin embargo el maestro Marcel Proust..."&lt;br /&gt;R.N.: "...la abigarrada prosa de Proust nunca pudo desprenderse del pensamiento burgués del XIX, lamentable artificio aristocrático..."&lt;br /&gt;M.F.: "...para burguesa la señorita Woolf, en el fondo una damita de educación victoriana y perrito faldero, que no supo..."&lt;br /&gt;[Algo mas tarde]&lt;br /&gt;M.F.: "Los libros de Woolf provocaban ataques de narcolepsia al grupo de Bloomsbury, y se sabe que Joyce utilizaba &lt;em&gt;Las Olas&lt;/em&gt; como remedio contra su pertinaz insomnio..."&lt;br /&gt;R.N.: " Pues a ver quien aguantaba al lamentable bujarrón enfermizo de Marcelo..."&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese momento el ardiente lector de Proust, en un arrebato de digna cólera, desparramó sin mucha puntería el contenido de un platito de pipas de calabaza sobre el rostro felino de R.N.&lt;br /&gt;"No quedaba si no batirse", - aseguró tristemente un informador que ha preferido mantenerse en el anonimato.&lt;br /&gt;La madrugada del 25 de enero se dieron cita los duelistas envueltos por la niebla de Molineta Place, en presencia de dos contertulios que actuaron de padrinos y que portaban las armas en sendas bolsas de la extinguida librería &lt;em&gt;La Bohemia&lt;/em&gt;. Tenían el frío y una firme resolución marcados en sus rostros. Nunca la humildad ni la cobardía han sido virtud que adorne a intelectuales y literatos, señalaría un testigo.&lt;br /&gt;Situados a diez pasos y a una señal convenida, los duelistas comenzaron a lanzarse libros encuadernados en duro cartoné.&lt;br /&gt;M.F. falló su primer y apresurado lanzamiento, una gruesa edición de "&lt;em&gt;Por el camino de Swan&lt;/em&gt;" que pasó aleteando junto a la oreja de su oponente.&lt;br /&gt;R.N. optó por volúmenes de menor calibre pero igualmente letales: "&lt;em&gt;Las olas&lt;/em&gt;" golpearon en un hombro a su oponente sin provocarle lesiones graves pero si un intenso dolor en el brazo que portaba el arma. El libro perdió las tapas en el lance.&lt;br /&gt;El segundo y dolorido lanzamiento de M.F., "&lt;em&gt;A la sombra de las muchachas en flor&lt;/em&gt;," cayó sin fuerza a los pies de su crecido rival, que, al grito de "¡¡&lt;em&gt;se pronuncia viryinia bulf&lt;/em&gt; !!, propinó en lanzamiento parabólico un golpe definitivo a M.F. con el canto de "&lt;em&gt;La señora Dalloway&lt;/em&gt;" entre los ojos.&lt;br /&gt;El cuerpo sin vida del desdichado tertuliano fue respetuosamente velado por su amigo Q.M., que manifestó solemne a este periódico:&lt;br /&gt;"Fue una cuestión de honor".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;PERRA HONRA&lt;br /&gt;por Ángel Inoriza&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Salgo de casa como todos los días. Con aire despreocupado abro la puerta de acceso a la calle para que los primeros fríos de la mañana rompan sobre mi piel acostumbrada al calor del hogar. Me gusta el contraste. El aire viciado de la calefacción interior contra el aroma fresco de la ciudad que despierta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un amasijo de ropa usada, mantas sobre cartones y una cola peluda asoman a pocos metros de mi portal. Tomo aire y en lugar de frescor, un olor acre a sudor, orines y putrefacción. El olor impregna como una esfera todo lo que rodea el bulto forrado de cartón. La saliva se atasca en la garganta sin poderla tragar, densa, dulzona. La sensación se desplaza lenta hacia el estómago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me acerco al epicentro de la nausea y levanto con la punta de los dedos la tela. Una figura humana con greñas pegajosas me mira desde dentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- No me queme, por favor, replican sus buenos días.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Del interior del amasijo de ropa se oye un gruñido sordo. Es un perro. Todos los pobres llevan un perro. Es su forma de sentirse un poco humanos. Cada perro reconoce a su pobre entre cientos, no le molesta su olor. Se alimenta de él. Estimula su instinto animal. Aprovecha las sobras que le saben muy bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un segundo me basta para imaginar la historia. El desamor, la bebida, el infortunio, la enfermedad, la soledad, la injusticia, la incomprensión, el aislamiento, el inconformismo, la desazón…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasan los años y la vida reparte sus cartas. He dejado mi hogar con calefacción, sus sábanas olor a manzana y la despensa repleta de víveres. Camino harapienta por la ciudad y despido un olor a perro muerto. No me afecta, me acostumbré a él. Pero la gente encoge la nariz a mi paso, mascullan para sus adentros y los niños tiran mierda seca de perro a mi paso y me llaman “la Pordiosera”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo arrastro mis andrajos sin dignidad y las heces de perro solo manchan sus delicadas manos de niños bien. No encuentran blanco sobre mi decrépita inmundicia. Veo la vida detrás de mi capa de mugre. Ellos esconden la honra bajo sus abrigos de pura lana virgen, inmaculada. Su desprecio no me afecta, ni el mal olor. Me acostumbré a él. También pasé un día la noche en una cama caliente y la conciencia dormida. También hubo un traje de comunión para mí, blanco, reluciente, con un lazo en el pelo a juego con mis zapatos de charol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El can la seguía a todas partes, a pocos metros de distancia, sin importarle el olor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LA DIMENSIÓN DEL HONOR&lt;br /&gt;por Ángel Inoriza&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Anacleto Rodriguez presumía en tascas y tabernas de cómo tres palomos fornidos cabrían posados en su entrepierna acalorada. No había ser más fatuo en toda la campiña. Sin embargo, ningún hombre, y los había de pelo en pecho, osaba comparar sus atributos con semejante fenómeno de la naturaleza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al parecer, su fama había saltado a raíz de sus encuentros amorosos con &lt;em&gt;La Clueca&lt;/em&gt;, una furcia del barrio del Plantinar que tenía la lengua tan floja como el elástico de sus bragas. La Clueca, sobrenombre que le venía heredado de su madre, también más ramera que las gallinas de Guinea, había probado su asunto hasta quedar harta para reventar. Era tan poco el decoro que gastaba y la ausencia de tacto, que en sus sucesivos encuentros con el negocio de la carne, no dudaba en abochornar a sus clientes con los atractivos de Anacleto Rodriguez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Anacleto le pusieron por su abuelo, un garrulo de los de tomo y lomo, con más que buenas defensas pero sin llegar a las dimensiones de su nieto. Pero cuanto menos vale un hombre más problemas da. Y su nietecito dábalos y muchos a cuenta de batirse con el primero que le bailara los aires. A la más mínima ocasión amenazaba con sacar el armamento sobre la mesa y compararlo con el de cualquier adversario. Como si la diferencia de tamaño inclinara el peso de los exiguos argumentos en su favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No había nadie en el pueblo que le enmendara la plana, no sin pasar por la vergüenza de ser tildado de cobarde al rehusar sus envites, o lo que sería peor, reducido su tamaño más aún de lo real, al verse comparado con semejante portento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero hasta a los seres más simples de la creación les llega la llamada del amor. Se llamaba María de las Cuevas, era una muchacha decente, virtud que poco se puede mantener, aseada y algo tímida, hecho que al sin par Anacleto le encendió la llama del querer. Le ponía ojos de degüello a la paisana y le andaba a la saga como la abeja a la flor en primavera. María de las Cuevas poco sabía de los hombres y de sus tamaños, pero tuvo rápido adiestramiento por las comadres del pueblo. &lt;em&gt;Ya puedes llevar aguja e hilo a la cama, ese antes de hacerte mujer te destroza&lt;/em&gt;, la animaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La cosa fue cuajando, como la leche hace yogur y llegó el día de la boda. Una tremenda expectación se desparramó por la comarca. Nadie quería perderse el acontecimiento pero más atentos a la noche de bodas que a la ceremonia. El banquete estuvo plagado de sórdidas advertencias al novio, macabros pronósticos para la novia y lujuriosas insinuaciones para ambos. Corrió el vino y la tarde dio paso a la intimidad de los amantes en su lecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Anacleto, poco acostumbrado a la bebida, hombre de campo y de cabras, lucí su grandioso porte exultante. Parecía un gran visir contemplando su harén. La otra, escondida en el fondo de la cueva bajo las sábanas. Pero lo que tenía que llegar venía con retraso. Imaginó con pasión Anacleto su rebaño de cabras, eso nunca había fallado. Ahora sí que empezó a preocuparse de verdad. Desnudó a la virgen para contemplar su felpudo vital y sus cántaros de miel, pero nada. Comenzó Anacleto a pasear de un lado a otro de la habitación como tigre enjaulado. Abajo se oían gritos de ánimo y piedad para la novia. La plaza adonde asomaba su balcón se había ido llenado de curiosos. No estaba preparado para una frustración así. Bajo la balconada se presentía la tragedia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De pronto, una única solución al problema fue escupida por su pequeño cerebro. Se dirigió a la cocina, extendió su don sobre la tabla del jamón y de un tajo asestó un mortal desmembramiento sobre la raíz del problema. Casi se desmaya de dolor. Entremetió unas servilletas bajo el pantalón para tapar la hemorragia y cogió con dos manos su virtud como quien sujeta una boa constrictor, separando bien las manos para no ser mordido y se dirigió al balcón. Con voz temblorosa, aguantando las lágrimas, gritó a los presentes: “Antes que matar a mi esposa, esperaré que me crezca otra”. Y la tiró al pavimento manchando el suelo con un reguero de sangre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un ooohhh sordo se oyó desde la cama donde permanecía incrédula María de las Cuevas, que seguiría pura hasta que le creciera la honra de nuevo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LEÓN&lt;br /&gt;por María López&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran las cuatro en punto de la tarde cuando cruzamos el puente sobre el embalse. Las ventanillas bajadas, los cuarenta y dos grados a la sombra bailando con recochineo entre las notas que el maestro Ravi Shankar extraía de su sitar. Mudos y somnolientos rayos de sol se alzaban venenosos como cobras ante el canto de las chicharras.&lt;br /&gt;Aparcamos en una de las pistas y preparamos los aparejos. Campomayor en Agosto es el Sherengueti; las pocas criaturas que lo pueblan, conejos, culebras y peces, tampoco se dejan ver demasiado, excepto si se trata de carpas. Entre los reflejos dorados y verdosos atisbamos un banco de crías de Black-Bass. No se les podía atrapar con el regüello ni con la red, eran demasiado pequeños, así que cogimos un cubo y nos hicimos con unos diez ejemplares. Queríamos criarlos en la pecera de casa, a modo de experimento, para devolverlos a su medio natural una vez hubiesen aumentado de tamaño.&lt;br /&gt;De vuelta a casa (dejaré para otro día la historia de cuando una piedra nos rajó el cárter y nos quedamos tirados en medio de aquel desierto), íbamos pensando qué tipo de alimentación les daríamos, si larvas de mosca o papelillos de colores como a los otros peces. No tardamos en descubrir que para ellos era una cuestión irrelevante, así que decidimos dejarlos a su suerte, pues en poco más de tres meses habían acabado con los que teníamos ya allí. Nunca vimos cadáver alguno en todo ese tiempo. El agua se había corrompido hasta tal punto que apenas distinguíamos a sus moradores. Entre bromas dije que mejor esperar a la noche, a ver si brillaban en la oscuridad.&lt;br /&gt;Sólo quedó un ejemplar, superviviente nato y por las trágicas circunstancias de su muerte, legendario, al que llamamos “León”. Digno representante de su especie, había logrado subsistir en unas condiciones más que lamentables. Desde aquel día nos mereció todos nuestros respetos.&lt;br /&gt;Cuando nos mudamos a la nueva casa trasladamos a León a otra pecera más grande, en la que le hicimos convivir con una piraña. Queríamos así acrecentar el mito. Haciendo gala de gran honor y gallardía, con frecuencia mordisqueaba sin ningún miramiento a su temible oponente, recortándole las aletas. Pero su pequeña compañera callaba y comía, haciendo caso omiso a tales ataques, y poco a poco iba creciendo.&lt;br /&gt;Una mañana al ir a darles de comer el horror se apoderó de mí. El cuerpo de León giraba inerte sobre sí mismo, carcomidito todo el lomo hasta la espina dorsal, atrapado en un absurdo bucle de la corriente.&lt;br /&gt;Pobre León. Qué muerte más deshonrosa la suya. Él, general de toda especie&lt;br /&gt;susceptible de vivir en acuarios, merecedor de funerales de estado. Miré con repugnancia a la piraña. Cobarde. Le abordaste a traición. Nunca más mi mano te proporcionará el sustento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;NINGUNA DERROTA: 2006&lt;br /&gt;por Agustín Lozano&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;em&gt;&lt;br /&gt;“Cuando el llanto se lo permitió, dijo:&lt;br /&gt;-Soy de los vuestros.”&lt;br /&gt;Alberto Méndez. Los girasoles ciegos.&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El escritor comprometido avanzó con paso firme entre las trincheras. Sorteando los cuerpos inertes de un filósofo y su escolta, se perfiló sobre la oscuridad, rota a ráfagas, que separaba a sus tropas del enemigo. Se detuvo un instante, apenas lo suficiente para llenar los pulmones del intenso olor a pólvora que convertía aquella hondonada en una marmita de sangre crepitante. Dio un primer paso que le situaba ya del todo expuesto a las balas. Una mano le sujetó el tobillo izquierdo. Era su camarada el poeta orientalista, que le miraba con ojos incrédulos, conminándole a permanecer agazapado. Se zafó de su presa y miró al frente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El novelista superventas dirigía con presteza el batallón a su mando, formado enteramente por mercenarios. Eran tipos rudos, resentidos, que incluso habían escrito para él. A su derecha, el narrador hedonista se regocijaba en la escena mientras tomaba notas apresuradamente. Hasta que un silencio cargado de ruina le obligó a levantar la cabeza y ver cómo su superior, de improviso, levantaba la mano en señal de alto el fuego. Un gesto que debía de imitar el correspondiente del otro lado, pues la quietud, en efecto, se había apoderado del campo de batalla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El escritor comprometido se encontraba muy cerca de las líneas rebeldes. Sólo quiero parlamentar, gritó una y otra vez hasta que su voz fue el único sonido audible sobre la cosecha de cadáveres. El novelista superventas juró en tres lenguas antes de escupir el cigarro y salir a su encuentro. Estoy cansado, dijo el primero, detengamos esta masacre. En honor a la verdad, dijo el segundo, iba a proponerte lo mismo. Recogieron las fichas, derrumbadas sobre las casillas hexagonales, y doblaron el tablero metódicamente. Afuera caía la tarde y el viento condensaba un deseo de café. Era jueves.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;EL EPITAFIO DEL GENERAL KASHIMEMATO&lt;br /&gt;por José Luis Muñoz&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;La tenacidad de un tonto es inquebrantable.&lt;br /&gt;Elias Canetti, “Las Voces de Marrakesh”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;            El general &lt;em&gt;Kashimemato&lt;/em&gt; contemplaba la batalla desde la colina. Miraba al oeste al caer la tarde, por lo cual había de protegerse los ojos con las manos en sus tupidas cejas. Doce horas de lucha, diez mil cadáveres en la llanura, resultado incierto. Había pasado sin moverse, sin desviar siquiera la mirada, desde las cuatro y media. Dos horas. Con los pies separados y la mano derecha en su espada reglamentaria, inmóvil en su armadura, con el mismísimo rostro de los cangrejos heike.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;            Cuando el sol rozó las montañas, se produjo un cambio. Del sur se levantaba una polvareda inmensa que barruntaba un ejército. El general bajó la mano y miró a su ayuda de campo, que permanecía a su lado aún más estático que él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-          Capitán &lt;em&gt;Toigey&lt;/em&gt;, lo han conseguido. Son estandartes azules.&lt;br /&gt;-          Aún no señor, no estamos vencidos, nos queda la reserva.&lt;br /&gt;-          ¡Ja!, mira la reserva, están corriendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero en dirección contraria, marchaban al norte, sus estandartes rojos perdidos en el barro, huían en busca de los pantanos y la salvación. El ejército que provenía del sur se acercaba a las primeras líneas. El general &lt;em&gt;Kashimemato&lt;/em&gt; no pudo más. Se dio media vuelta de la manera más marcial y se introdujo en su tienda. Tomó un último vaso de sake y extrajo de entre sus ropas el wakizashi ritual, mientras se arrodillaba en la alfombra. Quizá tuvieran la culpa la rabia y el deshonor, pero no introdujo la hoja en su estómago con la parsimonia que rige el ritual del &lt;em&gt;harakiri&lt;/em&gt;. Pero la introdujo. Observó el goteo de su sangre empapar la alfombra mientras los ojos se iban vidriando. El capitán &lt;em&gt;Toigey&lt;/em&gt; entró precipitadamente en la tienda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-          ¡Señor, Señor, no son ellos, son los nuestros!... Son banderas de color púrpura, era sólo una añagaza… ¿Señor? ¡Señor!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El general &lt;em&gt;Kashimemato&lt;/em&gt; observó con una sonrisa bobalicona los ojos asustados, casi europeos, del capitán. Y dictó para la posteridad su famoso epitafio:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¡Manda huevos!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;CAPITULACIÓN&lt;br /&gt;por César Vicente&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El comandante dejó el periódico en su regazo y esperó a que el peluquero le ajustara la sábana blanca al cuello. Luego dijo:&lt;br /&gt;- Mi mujer… lo dejamos.&lt;br /&gt;El peluquero se detuvo, con las tijeras en alto. Se miraron, congelados dentro del espejo.&lt;br /&gt;-Tiene un lío.&lt;br /&gt;- Un lío –repitió el peluquero cobrando movilidad.&lt;br /&gt;- No es una aventura. Es algo más serio. Desde hace un año, más o menos.&lt;br /&gt;- ¿Está seguro?&lt;br /&gt;- Completamente.&lt;br /&gt;- ¿Por qué? Quiero decir, ¿cómo lo sabe?&lt;br /&gt;- Estas cosas acaban por saberse.&lt;br /&gt;El peluquero enderezó la cabeza del comandante con dos dedos. Lo miró por encima de la coronilla.&lt;br /&gt;- Sí, acaban por saberse –repitió haciendo chistar las tijeras.&lt;br /&gt;- Se citan por la mañana, y creo que lo hacen en cualquier sitio, preferentemente en el parque, detrás de la caseta de los patos –dijo el comandante mirando al suelo. Luego levantó la cabeza y sus ojos se encontraron de nuevo- ¿Y sabes otra cosa?&lt;br /&gt;El peluquero dijo que no.&lt;br /&gt;- Que se la ve feliz -hizo una pausa. Pronunció la siguiente frase en tono resignado, con la vista perdida en un punto lejanísimo:- Quiere dejarme pero no se atreve.&lt;br /&gt;El peluquero se detuvo y quiso decir algo. Entró alguien. Desapareció por una puerta del fondo y apareció de nuevo abotonándose una bata blanca. El comandante se miró las manos.&lt;br /&gt;- ¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos, Benito?&lt;br /&gt;- Irá para diez años.&lt;br /&gt;- Diez años –murmuró el comandante.&lt;br /&gt;Quedaron callados. El peluquero terminó su trabajo con la pulcritud habitual. El comandante se levantó, puso un billete en la tarima de mármol jaspeado y se dirigió a la puerta.&lt;br /&gt;- Le deseo lo mejor. A los dos -dijo, y salió a la calle-. Adiós, Benito, hasta siempre.&lt;br /&gt;- Hasta siempre, comandante.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18354371-114071666303102443?l=factoriaodk.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://factoriaodk.blogspot.com/feeds/114071666303102443/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18354371&amp;postID=114071666303102443' title='16 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/114071666303102443'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/114071666303102443'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://factoriaodk.blogspot.com/2006/02/el-honor.html' title='EL HONOR'/><author><name>Factoría ODK</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12754453696937861324</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>16</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18354371.post-113968245573467468</id><published>2006-02-11T19:17:00.000+01:00</published><updated>2006-04-01T13:31:23.676+02:00</updated><title type='text'>UNA CIUDAD IMAGINARIA</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;EL EXTERIOR&lt;br /&gt;por Fco. Javier Benítez&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche había trabajo. Gordo Joe siempre tenía encarguitos para los que se pasaban el día estudiando. Cerró el pesado tomo titulado &lt;em&gt;Pruebas Selectivas para Auxiliar de Ciudadano&lt;/em&gt;, se levantó de la silla y se estiró tras siete horas de recogimiento y concentración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras se vestía miró a través del balcón. Era un hombre con suerte, pues tener una habitación abalconada en el Exterior se podía considerar un privilegio. Las vistas no eran realmente hermosas, pero para él resultaban una fuente de inspiración: justo en frente de su edificio se alzaban las murallas de cemento de la Ciudad A, coronadas por las garitas de vigilancia, desde donde los soldados se cuidaban de que nadie del Exterior se colase en el recinto urbano. Al mirarlas no podía evitar recordar otra época no muy lejana, cuando tenía un Pasaporte y cruzaba todas las mañanas sus puertas. Durante un año había disfrutado de una Beca de Ciudadanía, con todas las prerrogativas que ello supone: derecho a un trabajo digno, a un sueldo razonable, a una vivienda y a un seguro sanitario. Su trabajo de archivero en la Ciudad A era el mejor empleo que había tenido, muy distante de cualquiera que pudiesen ofrecerle en el Exterior. Lo echaba de menos. Sin embargo, lo que más anhelaba en el fondo eran las tardes de hedonismo en la Ciudad A. Los paseos por sus amplias avenidas ajardinadas. Las bandas de música tocando en el viejo auditorio de piedra. El restaurante de comida no sintetizada frente al lago. Y sobre todo los Cafés. Las tertulias de intelectuales en las que se hablaba de libros de la época anterior al Desastre, o donde los participantes compartían sus cuentos, sus poemas y sus ensayos críticos. Daría lo que fuese por volver a tener tiempo para escribir unas líneas, y, sobre todo, por conocer a alguien que quisiese leerlas. En el Exterior nadie leía; se consideraba que la lectura era un lujo para ciudadanos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;Terminó de vestirse, totalmente de negro como requería la ocasión. Abrió su pequeña nevera y sacó un paquete de comida de categoría 3 para cenar. Tras comerse aquellas barritas con sabor a barbacoa y regarlas de agua descontaminada, se dirigió a su armario de seguridad. Introdujo la clave de acceso y sacó las herramientas de trabajo: un rifle automático con sus respectivos cargadores, una chaqueta de kevlar y un machete. Mientras cerraba las puertas del mueble recordó su sueño más recurrente: un día se levantaba y tenía un flamante Pasaporte nuevo sobre la mesilla de noche, y ya no había más pruebas de selección y, sobre todo, aquel armario de seguridad no necesitaba ser abierto nunca más…&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;SUBURBIA&lt;br /&gt;por Leopoldo Elvira&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Let's take a ride, and run with the dogs tonight&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Pet shop boys. Suburbia&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ciudad viaja en postales, se exhibe pintoresca como un mosaico en las revistas. Solo sus habitantes son invisibles.&lt;br /&gt;Desparramados por la abrupta ladera, se hacinan en sus casas, robando espacio a la selva que rodea el cinturón de la ciudad vieja. Algunas ramas se abren paso en los umbrales o se cuelan por los boquetes irregulares de las ventanas. De cartón, de chapa, trozos de madera, algunos ladrillos o adobe, restos de un muro de cemento, latas, ruedas de camión, tubos de manguera, amontonadas unas sobre otras, en confiado y frágil equilibrio. La ropa tendida cuelga pesada y tensa de humedad.&lt;br /&gt;Un niño invisible se estira como un gato buscando el sol sobre la carrocería descolorida de un coche; en calma, la piel tostada muestra sus tatuajes; los pulmones burbujean encharcados en vapores de pegamento. Su mirada refleja un sueño extraviado. Otros niños parecen jugar, se empujan, componen extraños gestos con sus manos.&lt;br /&gt;Sobre los arroyos de barro y desperdicios que recorren el centro de las calles navegan botellas vacías, los restos de un televisor, una gastada pulsera de cuero. Los habitantes gustan de tumbarse invisibles sobre los charcos cenagosos, hundiendo la nariz y la boca en el agua estancada, durmiendo sin sueños, incansablemente.&lt;br /&gt;La ciudad es visible, no sus habitantes.&lt;br /&gt;Desde la ladera se eleva un ruido, un susurro de metales que rozan; puede oírse más abajo, en la antigua ciudad noble, como salvajes plegarias en mitad de la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;PANDORA&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;por Agustín Lozano&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;“Well, let folly be our cloak, a veil before the eyes of the Enemy!”&lt;br /&gt;J.R.R. Tolkien&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El viajero que llega a Pandora abre sus muros rápidamente para internarse en lo más hondo de la ciudad. Lo hace con frenesí, atravesando arquerías y portones sin detenerse a contemplar las tallas de los capiteles, la distribución leonina de los arbotantes, la extraña ausencia de vida humana. En sus oídos resuena aún la tempestad que le persigue, detenida en el primer anillo amurallado de la ciudad.&lt;br /&gt;El viajero está maltrecho por el acero, herido por la fatiga, sediento de fe, cuando se yergue ante él un nuevo cinturón de piedra: es el segundo anillo. Está defendido por una criatura con cabeza de toro y cuerpo de hombre que, lejos de amenazar al viajero, franquea el paso al tiempo que le ofrece un manto con el que mitigar sus temblores, para luego acompañar al intruso por un dédalo de túneles. A medida que avanza, el viajero se ve envuelto en una calidez mayor de la que pueda proporcionar una simple capa, una calidez que se extiende por toda su piel y aun bajo ella, haciéndole olvidar la tormenta que ruge afuera, incansable.&lt;br /&gt;El viajero sale a la superficie y se encuentra junto a un gran templo dorado por los rayos perennes del Sol. Penetra solo en su interior y se inclina frente a la estatua de una diosa de belleza sólida, inmortal. Los labios del viajero se entreabren sin apenas fuerza para emitir sonido, murmuran una letanía aprendida en la infancia. A continuación se vuelve para descansar en los escalones de acceso al templo, y ante sí se extiende un calidoscopio de manjares, dispuestos en la escalinata por una mano invisible. Hay también un cuenco lleno de un brebaje que utiliza para aliviar sus heridas y que le sumerge en una somnolencia dulzona, con sabor a miel.&lt;br /&gt;El viajero aún pasará dos noches más en Pandora, el descanso se torna inquietud, y la tempestad le llama. No dudará en deshacer su recorrido y dejar que la ciudad se cierre a su paso. Cuando el viajero abandona Pandora, sabe que no regresará jamás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;DECÁLOGO DE LA CIUDAD IMAGINARIA&lt;br /&gt;(Aforismos Anarco-Primitivistas)&lt;br /&gt;por José Luis Muñoz&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;Las ciudades de Marte y Venus están separadas por un río. Nunca en el proyecto hubo puentes. No sorprenderá entonces a nadie el gran número de ahogados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;La ciudad que imagino nacerá del hombre que al fin reconozca que su soledad proviene del miedo a la pluralidad que significan sus células.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;Odio vivir en la ciudad porque me está de continuo recordando mi incapacidad para vivir alejado de ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;El urbanismo es una futilidad, con él, el ser humano hace un estéril intento de demostrarse que es capaz de construir algo a imagen y a semejanza de la naturaleza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;Las basuras se acumulan, los cementerios se llenan, vana lucha, vana gloria, todos moriremos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VI&lt;br /&gt;Veo a los árboles del bosque como los paraguas que me aíslan de la realidad, vosotros, los ciudadanos, los cortáis para construir irrealidades.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VII&lt;br /&gt;La perfección de las líneas curvas de una hoja de avellano, no asimilables a ninguna figura geométrica; por otro lado, la absurda simetría de ángulos exactos de un paralelepípedo llamado edificio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VIII&lt;br /&gt;El odio levantando muros y empalizadas, el amor plantando semillas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IX&lt;br /&gt;¡Oh Urbanitas! ¡Oh sacerdotes, profetas, maestros! ¡Oh detentadores de la moral! ¡Oh creadores de dogmas! Escuchadme, comprendedme en la lucidez que proporciona la desesperación: tened por seguro que todo ser humano cometerá al menos una vez en su vida una horrorosa mezquindad, un patibulario pecado que sea mucho peor que el que le ha condenado desde la absurda moral que le habéis proporcionado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;X&lt;br /&gt;El ser vivo se pasa la vida pensando que puede morir en el instante siguiente; el ser urbano vive como si nunca fuera a morir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;RÉPLICA DECALOGADA DE LA CIUDAD IMAGINARIA&lt;br /&gt;(Aforismos Anarco-Positivistas)&lt;br /&gt;por Ángel Inoriza&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;I&lt;br /&gt;Las ciudades de Marte y Venus están separadas por el río. Era tan poca la distancia que el presupuesto para puentes se empleó en educación. Con ella se enseño a nadar a toda la población. No hubo que lamentar víctimas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;II&lt;br /&gt;No tengo miedo a nada. Fui educado convenientemente para diluir ese impulso en mil tareas fructuosas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;III&lt;br /&gt;No odio la ciudad, tomo lo bueno que me da y desatiendo lo malo. Luego salgo corriendo al campo y regreso de noche para comer &lt;em&gt;Chiken Tiken&lt;/em&gt; en el Tailandés de la esquina. Me gusta el picante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IV&lt;br /&gt;El humano gasta toda la existencia con sus estériles intentos. Al final, el conjunto de todos ellos, ha llenado su vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;Lo vano es pensar que con la muerte se acaba todo. Me gusta más el ignoto pero continuo fluir hacia la nada. Es lo mismo pero suena mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VI&lt;br /&gt;Aquel que cortase un árbol, plantará otro por cada rama. Es una orden: ha de cumplirse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VII&lt;br /&gt;Cada uno de los granos de cemento de un edificio está lleno de belleza y geometría, cuando se descompone en sus partes infinitesimales. Todos somos criaturas reducibles y bellas cuando nos desnudan por completo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VIII&lt;br /&gt;El amor y el odio son idénticos si los miramos desde atrás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;IX&lt;br /&gt;En mi ciudad la moral es un ente que nadie podrá juzgar de horrorosa ni mezquina, en el conjunto infinito de la existencia, los actos morales o no son gotas en el océano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;X&lt;br /&gt;Los sabios habitan las ciudades como los sapos las charcas y los lodazales. Ni la muerte ni la vida son para tanto. A qué rasgar vestiduras y demás aspavientos.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18354371-113968245573467468?l=factoriaodk.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://factoriaodk.blogspot.com/feeds/113968245573467468/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18354371&amp;postID=113968245573467468' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/113968245573467468'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/113968245573467468'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://factoriaodk.blogspot.com/2006/02/una-ciudad-imaginaria.html' title='UNA CIUDAD IMAGINARIA'/><author><name>Factoría ODK</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12754453696937861324</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18354371.post-113701042053728674</id><published>2006-01-11T21:02:00.000+01:00</published><updated>2006-02-03T17:24:13.366+01:00</updated><title type='text'>UNA CITA</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;CITA CON TÉ&lt;br /&gt;por Leopoldo Elvira&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Una fuerza militar se establece mediante el engaño, se moviliza mediante la esperanza de recompensa, y se adapta mediante la combinación y la división.&lt;br /&gt;Sun-Tzu. “El arte de la guerra”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;“Call me Té”&lt;/em&gt; – me dijo, y su carnosa sonrisa carmesí se desparramó por la mal dotada biblioteca del Instituto Nocturno.&lt;br /&gt;Yo seguía estrictamente las instrucciones de la circular informativa de mi asociación: simbiosis cultural, pasar desapercibidos, confundiros con el paisaje. No podía entrar directamente en faena, sino seguir los aburridos vericuetos de la seducción.&lt;br /&gt;La conocí en lo que ella llamaba, sin dejar de desparramar labios y dientes, la “Public University” de una ciudad de provincias, asistiendo a las clases del Módulo 1 del ciclo &lt;em&gt;“Influencias postmodernas de la narración gótica en la literatura centroeuropea de entreguerras: más allá de Thomas Bernhard”&lt;/em&gt;. Pocos minutos después sabría que Teodomira era amante, son sus palabras, de la cultura oriental. Algo más tarde, sabría mucho más de lo que me interesa saber sobre cualquiera.&lt;br /&gt;Le prometí que le daría a probar auténtico té rojo de las orillas del Yant-Sé, recolectado en claras noches de luna invernal, si me invitaba a conocer su casa y lo que llamaba “mi salón Tao”. Y coló.&lt;br /&gt;Si en otras ocasiones cualquier rincón oscuro hubiese sido ocasión y pretexto, ahora requería, asimilación e invisibilidad. Transigir con la mortal estupidez de los seres humanos, decía la circular.&lt;br /&gt;El salón Tao: acumulación de faroles rojos de papel acanalado, algunos afortunadamente fundidos, catanas en las paredes junto a un biombo de bambú con ositos panda lacados, ideogramas indescifrables en papel de arroz, dibujos a tinta china de brumosos paisajes y un enorme póster sin enmarcar con los signos del Ying y el Yang. Una música de flautas que intentaba remedar el viento en un cañaveral, flotaba apenas perceptible –era mi noche de suerte- en el ambiente aromatizado con sándalo del salón.&lt;br /&gt;Me preguntó mi opinión sobre el cine coreano, los textos de Li-Pu, la filosofía de de Laotse y el Fen-sui de la decoración de interiores. A todo dije que sí sin dejar de mirar sus labios hinchados de sangre púrpura.&lt;br /&gt;Extraje de un saquito de tela el supuesto té rojo del Yant-Sé, que no era más que té vulgar de bolsa, y lo acerqué a la linda nariz de Te. Aspira su aroma, dije, te transportará a las lejanas costas del mar de China, intenso como el aliento de fuego de los dragones emplumados (aquí no estuve fino). Deslízate por la corriente del Tao, por la contingencia y la necesidad...&lt;br /&gt;El té me dio nauseas, y estuve a punto de vomitar sobre sus sonrosadas amapolas. Quiero desmontar un mito: no somos célibes, no sólo nos crecen las protuberancias caninas, y no hay mayor deleite que simultanear ambos placeres. Dar y tomar, el Ying y el Yang.&lt;br /&gt;El té se enfriaba en un rincón de la mesa, como un cadáver abandonado en la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;ZAPATIESTA&lt;br /&gt;por Ángel Inoriza&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;El narrador es un ser despiadado. Ha maniatado a los personajes y los ha embozado con su mordaza azul.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Precisamente iban a reunirse en la habitación 440 del hotel Carneville, donde los sanitarios chisporrotean por turnos para limpiar los residuos de lo más excelso de la ciudad. Pero no. Ahora ni siquiera pueden decir una frase. Lamentan su suerte. Rompe el alma verlos así. Bueno, a todos menos a él. Desde su púlpito dirige la maniobra, maneja los hilos a su antojo. Cualquiera sabe lo que piensa. En cualquier momento puede imponer los servicios de quien se le antoje. Es una orden. Y ya está. Ha de cumplirse. Aquel que haya sido designado, saldrá de su escondite (sabe Dios dónde se esconde) y se presentará sin previo aviso. ¿A qué tanta opresión? Tanta tortura. Queremos hablar, somos humanos. En realidad somos mucho más que humanos. O lo parecemos. A los humanos les gustaría parecerse a nosotros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ellos son un poco de esto y otro poco de aquello. Un poco de aquí y un poco de allá. En realidad, no se sabe muy bien quienes son o de que están hechos. Ellos tan solo imaginan. Nosotros no. Cuando envidiamos no hay quien nos gane. Si combativos, orgullosos, maquinadores, libertinos, angustiados, reprimidos, lameculos, botarates o miserables, lo somos en estado puro. Sin mezclas. Y siempre lo mismo, una y otra vez, para que quede bien claro. Salvo que el tirano nos cambie de puesto y beneficie a los otros. Pero eso no nos importa, entre nosotros nos llevamos bien. Tenemos nuestras reuniones. Y tenemos el sindicato. Allí sí que nos explayamos y que se aguante él. No tiene corazón. No le importa si un día nos duele la cabeza o si se nos presenta la regla sin previo aviso. Ni le duelen nuestras heridas. Oh, si. Os hará ver que es sensible a todo. El muy taimado. Que no os engañe. No es posible tener todos los sentimientos a la vez. Miedo, amor, odio, valor, rencor, ira. No. Es un farsante. ¿Quién puede creer algo así? Ya no somos niños. No creemos en duendes ni en hadas de papel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco después, el narrador acudió puntual a la cita. Repitió su metódico ritual. Se acomodó en la esquina del escritorio donde dominaba bien la perspectiva y encendió su pipa. Volutas de humo para la puesta en escena a la sombra del flexo para no deslumbrarse. Con la taza se calentaba las manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Empleó tan solo unos minutos en preparar el café. Ahora tenía toda la noche para dirigir su diabólica estratagema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ni sospechaba lo que se le venía encima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;EL LAGO DE LOS INOCENTES&lt;br /&gt;por María López&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;  Caía el sol tras los alcornocales cuando al fin terminó su casa. Era costumbre entre las ondinas independizarse al llegar a su decimoquinto aniversario, despertar de las primeras pasiones. Cada una moldeaba su hogar utilizando aquella piedra que mejor confluyera con su propia naturaleza. Ibis eligió la amatista.&lt;br /&gt;  Un crisol de refulgentes tonalidades conformaban los edificios de la ciudad, situada a unos cien metros de profundidad bajo las frías aguas del lago. Su centro lo constituían el Herbolario, el Templo y el Palacio de Justicia, que habían sido revestidos de malaquita, ojo de tigre y nácar respectivamente; de ahí partían las calles en espiral hasta llegar a las murallas, de modo que poco a poco la ciudad se iba asemejando a una joven galaxia en plena expansión, destacando llamativamente su plano entre la oscuridad de las aguas abisales .&lt;br /&gt;  Desnuda y untada de crema de lapislázuli tal y como requería la ceremonia, la doncella salió de su hogar, dirigiéndose con suaves y elegantes  brazadas hasta el templo. Los cánticos se elevaban despacio, prisioneros en burbujas de aire, que se deslizaban  truculentos entre los frescos juncos trenzándolos. Más tarde, la coronaron con lirios de río y la hicieron marchar en busca de su primer amante.&lt;br /&gt;  Ibis bordeó la orilla sur. Asomó su linda cabecita en el lugar elegido. Sus ojos violáceos brillaron con fuerza. Ahí. Bajo la vieja encina muerta. Un hermoso muchacho sumido en turbios pensamientos, apoyado contra el tronco achaparrado y preso de las tres ramas negras y retorcidas que como lágrimas dolientes bajaban casi hasta el suelo.&lt;br /&gt;  Hechizado, se acercó para besarla; ella con una enigmática sonrisa que no era de este mundo lo arrastró consigo hasta las profundidades. La superficie del lago se cerró por     siempre jamás para el joven, simulando una capa de fino vidrio inquebrantable.&lt;br /&gt;  - No puedo salir. Me ahogo. El cristal.&lt;br /&gt;  - Si me amas el cristal sólo existe en tu mente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LA CIUDAD&lt;br /&gt;por Agustín Lozano&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;A F. le fascinaba su ciudad natal. Le parecía que la ciudad forma a sus habitantes, tal y como los habitantes conforman la ciudad. La conocía al dedillo, especialmente el casco antiguo. Allí, pensaba F., se encuentra el núcleo espiritual de la ciudad, el corazón de estrella de mar del que nace y crece la periferia. Tenía la convicción de que el mejor mapa es la memoria, podía recorrer todos y cada uno de los recovecos de su vieja ciudad sin necesidad de acudir a plano alguno, siguiendo la derrota marcada por años de curiosa exploración.&lt;br /&gt;Esta simbiosis comenzó como un extraño divertimento infantil. Después, le proporcionó motivos para indagar en sus orígenes y en los de su ciudad. Gracias a tal fascinación, podía haber sido un excelente arquitecto, historiador, guía o incluso taxista, como le apuntaba su progenitor en los inevitables momentos de sarcasmo paterno.&lt;br /&gt;Su ciudad, como muchas otras, era una ciudad conversa. En la inocencia soñadora de la niñez, F. jugaba a descubrir la ciudad árabe bajo la cristiana. Consiguió memorizar los antiguos nombres en lenguas ahora despreciadas. Entonces, solo o en compañía de sus escasos amigos, seguía las rutas turísticas a su manera, llamando aquellos lugares como si pudieran responder a su denominación original, como si invocara el pasado a través del hechizo de la palabra. F. se dirigía a piedras, estatuas y jardines porque creía, aunque incapaz de explicarse ante sus mayores, que él provenía de la ciudad, como todo lo vivo procede de lo inerte. Poseía lugares predilectos: todos cumplían una función específica, los convertía en destino según sus intenciones o el estado de ánimo en que se encontrara. Otra de sus actividades preferidas era pasear sin rumbo, dejando que los pies tomaran posesión de la cabeza, mientras las ideas le sobrevolaban perdidas en jirones de recuerdos, sueños, deseos.&lt;br /&gt;Por alguna razón, o precisamente por falta de ella, sus vagabundeos solían terminar cerca de la Calle de la Vida, un estrecho callejón que moría en una plaza famosa, pequeña pero siempre envuelta en el aliento de escritores ausentes y turistas presentes, donde la noche se aposentaba con frescura y acariciaba a los amantes que, alrededor de una vieja fuente, cenaban besos y achuchones. Con la mayoría de edad de F., los turistas se multiplicaron también a partir del crepúsculo, y relevaron en coquetas mesas de restaurante a los comensales de antaño. El cometido de la plaza eran las citas. F., más cerca entonces de llegar a historiador que a taxista pese a los vaticinios de su padre, decidió que sus primeras citas tendrían lugar allí, amén de un intencionado paseo por la Calle de la Vida, para hacer gala de sus conocimientos y dejar que la ciudad bendijera a su acompañante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* * * * *&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sitio quedó establecido según lo previsto, pero la chica no acudía. F. se sentía decepcionado e impaciente. Con una rosa en las manos, deshojaba las posibles explicaciones. Tenía tanto interés en verla que no podía creer en un plante, quizá el retraso fuera debido al lugar. La chica llevaba poco tiempo en la ciudad y tendría dificultades para encontrarlo, ya se encargaría de ilustrarla convenientemente. Pero los minutos arreciaban y él seguía allí, ateridos los huesos y marchitas las excusas. Justo enfrente de su mirada se encontraba la Calle de la Muerte, el único espacio de la ciudad por el que no había pasado todavía. Todos sus conocidos, aun los más supersticiosos en una ciudad llena de ellos, se tomaban a broma aquel singular nombre, pero él no estaba dispuesto a tentar la suerte. Raras veces se detenía a observar aquella travesía, gustoso de no sentir deseo alguno de internarse en ella. Inquieto el corazón, un breve saludo lleno de vitalidad le hizo volverse: la chica resplandecía delante suya, la boca deshaciéndose en disculpas, los ojos reflejando el rojo de la rosa que ya tenía entre sus manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* * * * *&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;F. no temía que sus viajes le alejaran de la ciudad, pues siempre volvía añorándola, convencido de su superioridad ante las que acababa de visitar. Pero jamás supuso que viajar por aquella chica pudiera afectarle tanto, no llegó a ser consciente del distanciamiento hasta que fue demasiado tarde. Se empleó en su relación con la pasión de la juventud, con el torrente de sentimientos que anega todo excepto a quien se ama. La ciudad ya no le atraía como antes, pero seguía allí: firme, perenne, inamovible, embozada tras la felicidad ajena, celosa y dispuesta a todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;* * * * *&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llegó al lugar de los hechos el mundo se le vino encima. Conocía muy bien esa zona de la muralla, había participado activamente en su conservación, cuestionada por la posibilidad de derrumbamiento repentino que podría poner en peligro a los ciudadanos. El suceso le pareció tan disparatado, tan irónico y humano en su crueldad, que necesitó varias horas de atribulado vagar para recuperarse y dar crédito a lo que su mente se negaba a reconocer. Después de mucho caminar sin dirección, alzó la vista y observó que se encontraba, como siempre, en la Calle de la Vida, a pocos pasos de la plaza donde selló su amor por aquella chica y, con él, su fatal destino.&lt;br /&gt;Se acercó al banco en el que sus labios se unieron por vez primera, recorrió el tacto del azulejo frío y no obtuvo dulces recuerdos, sino dolor, odio y despecho. La ciudad le llamaba con su grito eterno, hecho de roca y memoria. F. la rechazó con un ademán, como si un gesto en el aire pudiera volatilizar siglos de existencia. Tomó aliento, contuvo dos lágrimas de furtivo pesar, y avanzó con paso decidido hacia la Calle de la Muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;EL MURO&lt;br /&gt;por Quintín Montero&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lucas despertó más temprano de lo habitual. La jornada no se presentaba diferente a pesar del asunto que debía zanjar en los aledaños del convento de los Carmelitas Descalzos, antes de ir al Louvre. Se aseó con rapidez y envolviéndose en el uniforme de la guardia del Cardenal salió a la calle perdiéndose entre la bruma que aún envolvía París.&lt;br /&gt;Recorrió las callejuelas con premura, santiguándose al paso frente a St. Sulpice en un gesto mecánico que adquirió en las campañas de Flandes, donde cualquier ayuda era poca antes de saltar el parapeto. Recordó entonces lo que un día le auguró su viejo compañero de armas: &lt;em&gt;cuídate Lucas, porque lo que no han conseguido los herejes lo conseguirá un marido traicionado&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Entonces su espada servía a distinta corona y tocaban tiempos de compartir frío, barro y miseria con hombres que peleaban como leones y morían como perros destripados. No era nostalgia lo que sentía, era una brusca curiosidad por saber qué fue de los supervivientes del Tercio de Mercader. Aquellos con los que resistió hasta tres cargas antes de la capitulación, sabiendo que se habían quedado solos en el campo de Rocroi.&lt;br /&gt;Ahora protegía al Cardenal Mazarino. En lugar de aceptar el derecho de paso hacia Fuenterrabía que ofrecían los franceses, Lucas optó por huir hacia París y ofrecer su espada al mejor postor. De España sólo podía esperar una justicia poco dada al olvido y poderosos señores excesivamente quisquillosos con su honor.&lt;br /&gt;Llegó sobre la hora fijada y dirigiéndose hacia un terreno baldío, junto al muro oriental del Monasterio, buscó a su oponente sin encontrarlo. De pronto, sus músculos se aflojaron, bajo la cabeza con gesto resignado y el instinto del veterano le anunció: &lt;em&gt;estás listo compañero&lt;/em&gt;. Retrocedió sobre la pared y afirmándose sobre los gavilanes de la espada desenvainada, vio tres fogonazos que le anunciaban la licencia definitiva. Al final, ni los herejes, ni la honra de un marido traicionado. Sicarios a sueldo, que si tienen su misma fortuna encontrarán un muro sobre el que apoyarse y esperar a la muerte de pie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;PUTA VIDA&lt;br /&gt;por José Luis Muñoz&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;“La posibilidad del cambio se desvanece en la vigilia…”&lt;br /&gt;José Luis Muñoz, Poemas Inéditos Inevitables&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“La vida es una puta, pa todo hay que pagar.”&lt;br /&gt;Mano Negra, “Seor Matanza”&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elena observó en su interior los años transcurridos mientras esperaba en la esquina propuesta tantos años atrás. Él se llamaba Ignacio, fue su primer amor. Vivieron un verano repleto de besos furtivos y de enfados por bolsas de pipas. La última noche, en vez de acostarse juntos como habían planeado en un principio, barruntando que la separación pudiera ser definitiva, se hicieron mutuamente una promesa: dentro de exactamente cincuenta años, el 28 de agosto de 2006, a las doce de la noche, nos veremos en la esquina de la calle de La Isla con la plaza del Rey. Se besaron y se despidieron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran las doce de la noche y Elena se puso la rebeca, no estaban sus sesenta y cinco años para brisas nocturnas. Se fijó en la gente que pasaba, en la que daba voces en los veladores, en la pareja que se apretaba junto al coche. &lt;em&gt;¿Cómo será Ignacio ahora? ¿Tendrá familia?&lt;/em&gt; Recordó su propio fracaso matrimonial, presagiado desde el mismo momento en que cuando dijo &lt;em&gt;sí quiero&lt;/em&gt; sólo veía la sonrisa de Ignacio, y que acabó de cuajar con las primeras arrugas de su cuerpo. Juan la dejó para introducirse en la engordada secta de los puteros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las doce y cinco minutos, un señor vestido con traje y corbata se le acercó con un ramo de flores. &lt;em&gt;Qué joven se conserva&lt;/em&gt;, pensó Elena. &lt;em&gt;¿Ignacio?,&lt;/em&gt; preguntó. &lt;em&gt;No&lt;/em&gt;, le contestó el hombre trajeado, &lt;em&gt;vengo en su representación. Soy su abogado. Don Ignacio murió hace veinticinco años, enfermo de cáncer. En su testamento dejó estipulado esta rarísima compra de flores y esta aún más rara cita. Mi padre, amigo y sin embargo abogado de Don Ignacio, oyó las palabras de su agonía: “te he fallado, Elena, no voy a asistir a nuestra cita. “, repetía mientras pudo seguir hablando. También le dejó esta carta. Adiós señora&lt;/em&gt;, dijo mientras le entregaba tanto la carta como las flores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Elena intentó leer la carta; no pudo, las lágrimas no le dejaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LA CARTA&lt;br /&gt;por Montse Trujillo&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Era 20 de diciembre cuando recibí la carta tan esperada. Como un regalo de navidad anticipado, el sobre perfectamente lacrado temblaba entre mis manos que no acertaban a abrirlo.&lt;br /&gt;La hoja de papel, fijada a mis dedos, se convirtió en una mancha ininteligible. Entorné los ojos intentando comprender el contenido .Una por una, tras descifrar la clave de lo que me parecía un código secreto, fueron apareciendo ante mí todas las palabras. Aunque mi mente solo retuvo una frase:&lt;br /&gt;Ha sido usted seleccionado para presenciar la ejecución de la sentencia….&lt;br /&gt;La sangre golpeaba mis sienes mientras asimilaba la noticia .Eso era lo que quería, lo que deseaba, lo que había pedido cada uno de los días desde hacía cuatro años.&lt;br /&gt;Las fiestas trascurrieron para mí en un estado de semiinconsciencia mientras los demás se alegraban de que al fin la justicia me diera la razón.&lt;br /&gt;El día dos de enero llegué puntual a la cita. La corbata se ceñía a mi cuello como la soga del ahorcado. Nadie se retrasó. Parecía que yo no era el único que estaba impaciente. El juez, los policías e incluso el presidente del jurado buscaron ansiosos la primera fila.&lt;br /&gt;A las doce en punto el verdugo apretó el último botón mientras el sacerdote daba la bendición al condenado. Todos se felicitaron, una vez más la ley había superado a la barbarie.&lt;br /&gt;Vomité el desayuno, aún así, no había sitio en mí para la nada de lo que yo esperaba. La venganza no fue suficiente. Ni mi hermano ni mi vida me fueron devueltos después de que el asesino fuese enterrado.&lt;br /&gt;Creí haber ganado la batalla pero solo conseguí otra esquela que recortar del periódico.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;CITA&lt;br /&gt;por César Vicente&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Me dijo que la encontró en el sitio convenido el día anterior. Estaba de perfil, sentada en un banco de madera a los pies de los grandes tilos de la avenida. Llevaba un abrigo de color negro con filigranas de plata en las mangas, abotonado hasta el cuello. La palidez de sus mejillas sobre el cielo rojo de la tarde, me dijo con los ojos vueltos al cielo. Tenía el pelo suelto, luminoso, flotando en el aire como si estuviera bajo el agua (esas fueron sus palabras). Le sorprendió que la gente pasara a su lado sin reparar lo más mínimo en una presencia tan turbadora. Me dijo que miraba algo entre sus manos con un gesto neutro, de olvido o de indiferencia plena por las cosas de este mundo. Me dijo eso.&lt;br /&gt;Me dijo que se habían conocido la noche anterior en un bar atestado y que ella apareció súbita, envuelta en un fulgor vaporoso y glacial que sólo él parecía distinguir. Sonriendo acercó la boca entreabierta a su oído.&lt;br /&gt;- Mañana, a las siete, en la Avenida de los Tilos.&lt;br /&gt;Su voz sonó cristalina y fresca como un manantial escondido, por encima del rumor turbio del gentío.&lt;br /&gt;Me dijo que salieron del bar y recorrieron las calles bajo una llovizna suave, sin decir nada. Ella caminaba y sonreía un par de pasos adelante, desplazándose con una lentitud sobrenatural. Luego se despidió y fue diluyéndose bajó las luces amarillas de las farolas, suave y balsámica como el rescoldo de un narcótico.&lt;br /&gt;Me dijo todo esto poco antes de morir, su mano aferrada a mi pecho, con la voz anegada entre esputos sanguinolentos a causa de las atroces heridas que le produjo el autobús que invadió la Avenida de los Tilos a las siete de aquella tarde de invierno.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18354371-113701042053728674?l=factoriaodk.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://factoriaodk.blogspot.com/feeds/113701042053728674/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18354371&amp;postID=113701042053728674' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/113701042053728674'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/113701042053728674'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://factoriaodk.blogspot.com/2006/01/una-cita.html' title='UNA CITA'/><author><name>Factoría ODK</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12754453696937861324</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18354371.post-113518436687821389</id><published>2005-12-21T17:55:00.000+01:00</published><updated>2005-12-21T18:03:44.740+01:00</updated><title type='text'>UNA CITA DE MAUPASSANT</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#663333;"&gt;Sin embargo, la humanidad podría existir sin oído, sin gusto y sin olfato, es decir, sin ninguna noción del ruido, del sabor y del olor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así pues, si tuviéramos algunos órganos menos, desconoceríamos cosas admirables y singulares, pero si tuviéramos algunos más, descubriríamos a nuestro alrededor una infinidad de otras cosas que nunca supondremos por falta de medio para constatarlas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por lo tanto, nos equivocamos cuando juzgamos lo Conocido, y estamos rodeados de Desconocido inexplorado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Guy de Maupassant, “Carta de un Loco”&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;EL DESPERTAR&lt;br /&gt;por Fco. Javier Ayuso&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Siento una descarga eléctrica que hace vibrar todo mi cuerpo. Un primer aliento de vida fluye de nuevo por mis venas.&lt;br /&gt;En ese momento recuerdo mi muerte. El segundo exacto en que colgaba inerte, pendiendo de la soga como un muñeco de trapo, con los pies apuntando hacia la tierra.&lt;br /&gt;Mi corazón late vacilante, se despereza, en cada nueva palpitación sus sacudidas se hacen más y más precisas.&lt;br /&gt;Un sabor salado humedece mi garganta. Su tacto áspero recorre la lengua, que se agita, igual que una serpiente que se desliza entre la maleza.&lt;br /&gt;El ruido de las ventanas al chocar entre sí retumba en mis oídos. Oigo pasos que avanzan lentamente hacia mí. Alguien se detiene justo a mi lado.&lt;br /&gt;Escucho su respiración entrecortada y jadeante. Se acerca y su cálida mano toca mi cuello y mis muñecas.&lt;br /&gt;Abro los ojos. Lo único que puedo distinguir es una silueta confusa que se desdibuja en la habitación. El resto es negrura.&lt;br /&gt;Los miembros de mi cuerpo comienzan a responderme. Me levanto, no sin gran esfuerzo, primero apoyando una pierna y después la siguiente.&lt;br /&gt;Olfateo a mi alrededor y exhalo mi propio olor. Un hedor a pescado podrido penetra en mis fosas nasales.&lt;br /&gt;Miro los objetos que me rodean. Comienzo a distinguir con claridad sus contornos. Observo detenidamente al hombre que permanece de pie, impávido, Sosteniendo una vela en su mano.&lt;br /&gt;Su cara muestra una mueca de espanto que no logro comprender. La vela cae al suelo y él sale corriendo de allí.&lt;br /&gt;Aparto la mirada hacia un lado. Veo mi rostro en el espejo, que me devuelve la imagen de un ser que desconozco, un semblante pálido y amarillento.&lt;br /&gt;A través de la puerta entreabierta puedo ver la luz de unas antorchas que se aproximan. Sin embargo no experimento ningún temor.&lt;br /&gt;Las paredes de este cuarto traen a mi memoria unas técnicas que creía olvidadas, así como un nombre. El mío: “&lt;em&gt;Dr. Frankenstein&lt;/em&gt;”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;CEREBRO, SU NOMBRE&lt;br /&gt;por Leopoldo Elvira&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;UNO&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora sé, es mía la certeza.&lt;br /&gt;Están ahí fuera, por todos lados, mirándome.&lt;br /&gt;En la calle, murmurando.&lt;br /&gt;Me vigilan, me envidian, son peligrosos.&lt;br /&gt;Pero ya estoy prevenido, no me engañan.&lt;br /&gt;Llevo un arma.&lt;br /&gt;Mi nueva visión, la luz, todo gracias a la máquina.&lt;br /&gt;Un pequeño artilugio de metal implantado en mi médula.&lt;br /&gt;Mi nuevo órgano.&lt;br /&gt;Lo veo todo tan claro, es tan evidente.&lt;br /&gt;Desde sus escondites, tras las cortinas y los tabiques, mirando, escuchando, riéndose de mi.&lt;br /&gt;Los oigo, puedo sentirlos.&lt;br /&gt;Olerlos.&lt;br /&gt;Sé que pasaron por aquí, que entraron en mi casa, puedo seguir el rastro de su olor.&lt;br /&gt;Nadie podrá nunca más engañarme.&lt;br /&gt;Voy armado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;DOS&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Reducido a un muñón en una oscura celda, librado de sus ojos y lengua, ensordecido con punzones, mutilado y castrado, quemada la piel con ácido, las mucosas nasales cauterizadas con hierros candentes, su corazón aun late y el cuerpo sin forma parece estremecerse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;En esta nueva vida de quietud y descubrimiento, admirar el sosegado mar eléctrico de las menínges, sus cascadas de plata. Los árboles de sangre enredándose como serpientes encarnadas, ramificándose hasta el infinito, reducidos finalmente a delicados capilares. En los pulmones, la sonoridad de las grandes cavernas y su persistente niebla azul, el color del oxígeno. Los rojos del hierro fluyendo por bruscos ríos de plasma. Absorto en la contemplación del amanecer, caminando sobre las estriadas praderas de un paisaje muscular, cabalgando los sonoros latidos del corazón...&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;PANTAGRUÉLICO&lt;br /&gt;por Ángel Inoriza&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Todo llega a tiempo al que pueda aguardar.&lt;br /&gt;Francois Rabelais&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Recuerdo que mis relaciones sexuales habían perdido todo su interés. No era una cuestión de variedad. Para un hombre, eso importa demasiado para no caer en la cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De hecho, cuando dejé de oír los gritos de placer de mis parejas noté cierto alivio. Jugaba a imaginar los sonidos por la expresión de los gestos. Eso logró compensar en cierto modo mi desinterés.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego dejé de disfrutar con el jugo que secretan las hembras para incitar a la embestida. Me resultaba insípido como el agua, sin su delicioso sabor a mar. Empecé a preguntarme por todos esos cambios. Si serían algo pasajero o si algún mal me había afectado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un buen día descubrí que la tersa y sedosa piel de mis fluctuantes parejas se tornó áspera y rugosa como la lija. La amalgama de sensaciones táctiles que subían por cada poro de mi cuerpo ofrecía una extraña percepción escabrosa y desabrida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero cuando perdí el olfato sí que me creí morir. Cómo me gustaba aspirar los aromas de cada uno de los pliegues femeninos. Entre los dedos de los pies, detrás de las orejas, el sudor acumulado en los recovecos glúteos, el enervante olor a manzana madura de los sobacos poblados de pelo rizado… Una lágrima salada que ya no me sabía a nada cayó sobre mi vida como una losa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tan solo me quedaba la vista para asistir impávido a todo el cataclismo de los sentidos. Parecía que la enfermedad se había cebado dándome ese último martirio: no perder un solo detalle de todo el horror.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Encontré consuelo en los grupos de auto-ayuda. Otros como yo padecían el mal. Allí llorábamos por turno nuestra mala suerte. Codo con codo, hombro con hombro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Meses más tarde empezó a crecernos el bulbo. Una excrecencia intradérmica a nivel de la séptima vértebra dorsal. Y finalmente, nos quedamos ciegos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para entonces, los fondos internacionales y la reclusión forzosa se encargaban de todo. Intentaron en balde evitar que el mal se propagara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta que el doctor Kristalhgen practicó su primera bulbectomía con éxito. Antes lo habían intentado muchos, pero nadie había sobrevivido a la intervención. Convulsiones atroces se seguían de una horrible muerte en el vacío existencial de la ausencia de percepción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Kristalhgen utilizaba la crioterapia. Inyectaba frío con nitrógeno líquido dentro del bulbo. Así las células se paralizaban en la fase de huso y el bulbo, así como si dijéramos congelado, podía ser extirpado con alguna garantía de éxito. Sólo el veinte por ciento de mortalidad operatoria. La población quedó ciertamente diezmada, pero la especie sobrevivió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se aceptó una pérdida de audición del quince por ciento que fue solventada con los audífonos ultrasensibles. Lentes intraoculares para discriminar por debajo del centímetro. Un chip intradérmico solucionaba el problema del tacto. Aunque aquí, el resultado final no logró ser demasiado sutil.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero el éxito por el cual el doctor Kristalhgen fue galardonado con el Nobel, fue una gammacámara capaz de potenciar las papilas gustativas y olfativas hasta un doscientos por cien de su valor de discriminación inicial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora, estoy felizmente casado. He abandonado la promiscuidad. Mi mujer disfruta de un verdadero hombre cabal. Y cada noche es para mí un festín con mil aromas y sabores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella sólo tiene que recargar la gammacámara una vez por semana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Se puede pedir más?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;EL OCASO DE LOS TLYENDHAR&lt;br /&gt;por María López&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Con las primeras lluvias de otoño los bosques bullían de vida; cochinillas y caracoles campeaban a sus anchas entre senderos de hayas y chopos, refrescándose en charcos y arroyos. Los niños, despreocupados, seguían el rastro que dejaban los pies ventrosos en la arena, convencidos de que les conducirían hacia algún lugar mágico.&lt;br /&gt;Narjia se dejó caer extenuada sobre la blanda y húmeda tierra. Lentas y diminutas gotas de agua iban cayendo despacito de los cielos, regando serenas aquellas hojas que como ella, también mudaban de tonalidades verdes y anaranjadas a marrones y grises.&lt;br /&gt;Un grito desgarró la tarde, anunciando el comienzo del proceso. La mente vacía y agotada; el vientre ardiendo de dolor. El órgano protándrico se transformaba de nuevo cambiando de sexo, tal y como venía haciendo cada doce lunas desde que había alcanzado su madurez sexual.&lt;br /&gt;Cientos de personas vagaban por los bosques con sus mantos púrpuras, portando como amuletos caracolas que reposaban sobre sus pechos, con las manos aún manchadas de rojo de haber extraído el preciado color con que habían teñido sus ropajes, preparándose para el inicio…&lt;br /&gt;Sumida en febriles delirios Narjia se sintió orgullosa de su pueblo, pese a haberle sido revelado que en apenas un lustro sólo ruinas quedarían para atestiguar de su existencia. Jamás pueblo alguno podría aventajarles en armonía, sabiduría y progreso. Las dos mentes y los dos sexos en un ser único henchido de plenitud.”&lt;br /&gt;El doctor Polard dejó sobre la mesa el legajo, todavía amarillento; no le costó demasiado descifrar los signos de aquel antiquísimo y extraño dialecto celta. Profundamente entristecido y turbado, se preguntó acerca de los motivos que llevaron a aquellos pueblos bárbaros a condenar al repudio y al exterminio a tan maravillosas criaturas. Por las antigüas crónicas de la época pudo saber que, acosados, los últimos supervivientes de aquella magnífica raza se fueron al otro mundo arrastrados por la desesperación y la locura, presentando muchos de ellos incluso fuertes rasgos de lo que ahora denominan trastornos bipolares.&lt;br /&gt;Se dirigió aún consternado hacia las cámaras funerarias. Allí, con las últimas luces del día examinó una vez más los restos hallados hasta el momento. No cabía la menor duda de que en efecto, el tal órgano debió de existir, al menos así se lo indicaban sus vastos conocimientos antropológicos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;SINSENTIDO&lt;br /&gt;por Agustín Lozano&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer cruzó la calle sin mirar, tan segura estaba de su destino. Al otro lado aguardaba un edificio de grandes dimensiones, un bloque de oficinas que a simple vista no ofrecía al visitante ningún letrero identificativo. Antes de atravesar la puerta giratoria, la mujer contuvo la respiración y cerró los ojos un instante. En su mente se formó la imagen del anuncio que la había llevado hasta allí. Lo recordaba perfectamente porque el mensaje publicitario aparecía durante veinte segundos en la pantalla de su televisor de plasma, un único texto fijo, sin alteraciones, carente de sonido, en el que podía leerse:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PODEMOS INHIBIRNOS POR USTED&lt;br /&gt;Sólo la prestigiosa firma &lt;em&gt;SinSentidos&lt;/em&gt; le ofrece&lt;br /&gt;el más completo &lt;em&gt;NoPod&lt;/em&gt; para dejar los sentidos a un lado&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una vez en el vestíbulo, fue recibida y conducida, sin mediar palabra, hasta una sala de espera. Antes de marcharse, el empleado señaló un sofá negro e hizo entrega de unas hojas explicativas del proceso. La vista de la mujer bailó desde el contenido del folleto hasta el sofá, y de éste a la habitación acristalada que tenía frente a ella. De nuevo cerró los ojos y rápidamente volvió a surgir el anuncio, como si respondiera a su llamada. Al mismo tiempo que oía un chirrido suave, sintió una breve corriente de aire que la obligó a subir los párpados: la puerta de la sala contigua acababa de abrirse automáticamente, supuso que gracias a uno de esos sensores de movimiento tan frecuentes en los centros comerciales, aunque ella no se había movido del sitio.&lt;br /&gt;Dentro se encontró frente a un hombre de unos cincuenta años, vestido con traje gris y sin corbata. No llegó a incorporarse con la entrada de la mujer, tampoco levantó la mirada cuando se dirigió a ella. Su voz era uniforme, sorda, se diría que grabada si no fuera porque movía los labios.&lt;br /&gt;–Siéntese y dígame si está dispuesta a no sentir. Si lo está, ponga su rúbrica bajo este asiento –dijo mientras deslizaba el contrato sobre la mesa.&lt;br /&gt;La mujer asintió, incapaz de hablar, y firmó junto a la línea de puntos. La estilográfica no hizo ruido alguno sobre el papel. El hombre abrió un cajón y extrajo un dispositivo cilíndrico y alargado, del que pendía un cable muy fino.&lt;br /&gt;–Es compatible con cualquier teléfono móvil con conexión neuronal. Como puede ver, tiene seis teclas principales. Puede programarse durante el tiempo que desee. Si pulsa la tecla roja la inhibición será total, no olvide que en ese caso necesitará ayuda externa para recuperar el sentido, a menos que lo active durante un tiempo limitado, naturalmente. Según consta en el contrato, la empresa no se responsabiliza de su uso ni de las consecuencias derivadas del mismo. ¿Me oye? ¿Está usted ahí? Otra vez no... Dios Santo, por qué me tocan siempre a mí los malditos suicidas. Ni siquiera me ha dado tiempo a cobrarle el importe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LLUVIA&lt;br /&gt;por Quintín Montero&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Llovió durante toda la noche. Una tormenta feroz. Cuando el día empezó a clarear, caballos y hombres estaban calados hasta los huesos. A pesar de la capa encerada y el vivac que improvisó su asistente, Lucas espabiló el duermevela aterido y doliéndole todos los huesos. Había seguido el Emperador por los caminos de Europa. Recordó Marengo, Ulm, Austerlitz, Jena, Wagram y la terrible campaña de Rusia. Demasiado barro y demasiado frío para un cuerpo que llevaba quince años pernoctando más noches al raso que bajo techo y entre sábanas tibias.&lt;br /&gt;Aquella luz del amanecer sería la última que viera. Sintió que el día había llegado. Presentida mil veces, pero siempre con los demás, hoy la muerte se sentaba con él a la grupa. La había visto mezclada entre los cuadros de infantería, al pié de las baterías o agarrada al cinto de los jinetes mientras estos cargaban en medio de una loca orgía de gritos y apagados lamentos.&lt;br /&gt;Comprobó que la montura estaba lista y arrastrándola por la brida ocupó su sitio en la formación. Los Dragones de Ney cargarían sobre el centro de las líneas británicas en la cresta de la colina. Era una muerte cierta, no sólo para él, también para la mayoría de los hombres que participaran en aquella carga. Sería imposible atravesar las bayonetas británicas sin previo fuego artillero o sin el apoyo de las fuerzas de infantería. Daba igual, pensó Lucas, el día había llegado y la vieja desdentada sujetaba su cintura con firmeza y no habría de soltarlo hasta que le arrancara el alma.&lt;br /&gt;Lucas ajustó el barboquejo, desenvainó el sable y esperó la orden de avanzar. Al grito de &lt;em&gt;¡Vive l’Empereur!,&lt;/em&gt; pusieron los caballos al trote y con la mirada puesta en las filas británicas, al poco de avanzar una decena de metros, lanzaron la carga. Lucas sólo vio una nube de humo que se elevaba por encima la colina, luego se dejo descabalgar por el abrazo cálido y sensual que habría de librarlo del frío, del barro, de los gritos y de la eterna espera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;EL EXPERIMENTO&lt;br /&gt;por José Luis Muñoz&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;“El dolor es mi elemento; el odio es el tuyo.&lt;br /&gt;Podéis hacerme pedazos, no me importa.”&lt;br /&gt;PROMETEO&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese día hizo la prueba definitiva. La que despejó la incógnita de la inmensa ecuación en que se había convertido su vida desde que le fue conferido el don. Empezó por cortar un dedo, la víctima no gritó, ni siquiera se movió. Cogió el otro brazo, en éste se decidió por algo un poco más refinado. Levantó la uña limpiamente con un destornillador, el cual avanzó un par de centímetros antes de chocar con la primera falange. La víctima no hizo gesto alguno de dolor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando iba a anotar los resultados en su libreta de laboratorio pensó: ¿para qué? Volvió al experimento. La siguiente fase era una de las más complicadas, cortar la femoral produciría una gran hemorragia y podría impedir posteriores observaciones. Cogió la sierra y como el experto que era no paró hasta separar la pierna derecha, a pesar de los terribles crujidos y el salpicar caliente sobre su rostro. Acercó el soplete al muñón y cauterizó con cuidado la inmensa herida. No hubo ni un solo gesto de pánico en el sujeto del experimento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No perdió mucho tiempo en el miembro viril, lo arrancó con sus propias manos y lo arrojó directamente al triturador de restos sólidos. Se dedicó con más cuidado a elegir el escalpelo para sacar los ojos, pero, por pura lógica, dejó esta fase para el final. Antes cortó con un alicate de chapa las comisuras de los labios y trepanó el cráneo con un punzón de madera. Ahora sí, sacó con cuidado los dos ojos y los depositó sobre la libreta. Aunque nunca lo supo con seguridad, pues no veía. El experimento había sido un éxito: Dios le había concedido efectivamente el don de no sentir dolor alguno. Aunque no le fuera a servir de mucho, ahora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;FREAK&lt;br /&gt;Por José Luis Muñoz&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;“El mundo es mi patria, la Ciencia mi religión.”&lt;br /&gt;Christian Huygens&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Veamos. La mecánica cuántica para lo muy pequeño; la relativista para lo muy grande. Cada una de las dos teorías deja de funcionar en cuanto invade el campo de aplicación de la otra. Son mutuamente excluyentes, como estar vivo impide estar muerto y viceversa. Veamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La nueva superteoría debería integrarlas e incluir una variable que, según sus distintos valores, nos dé un campo de aplicación o el otro. Como un dial para sintonizar una emisora. Se me ocurren varias posibilidades. La más obvia es el tamaño; al fin y al cabo es el observable que hace válida una teoría u otra. Pero el tamaño es sólo cuestión de tiempo, si se piensa bien. Lo pequeño necesita menos tiempo para ser recorrido y al contrario. ¿Podría servir entonces el tiempo? No sé, es terreno pantanoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Párate. Veamos. Veamos. Un momento... ¡Eureka!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese instante un foco iluminó la cara del que abandonó sus pensamientos para fijarse en los cientos de personas que lo rodeaban. Un señor con bigote empezó a gritar por un megáfono:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¡Pasen y vean! ¡Pasen y vean! ¡Están en el mejor circo del mundo! ¡Unos tienen leones! ¡Otros tigres! ¡Aquellos la mujer barbuda! ¡Pero sólo nosotros, sólo el Slurping Flying Circus tiene un &lt;em&gt;Científico Teórico&lt;/em&gt;!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El científico teórico se concentró en su idea. Pero ya había volado.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18354371-113518436687821389?l=factoriaodk.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://factoriaodk.blogspot.com/feeds/113518436687821389/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18354371&amp;postID=113518436687821389' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/113518436687821389'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/113518436687821389'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://factoriaodk.blogspot.com/2005/12/una-cita-de-maupassant.html' title='UNA CITA DE MAUPASSANT'/><author><name>Factoría ODK</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12754453696937861324</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18354371.post-113370869561883421</id><published>2005-12-04T15:56:00.000+01:00</published><updated>2005-12-04T16:13:11.476+01:00</updated><title type='text'>EL MAR</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;CUESTIÓN DE PRINCIPIOS&lt;br /&gt;por Ángel Inoriza&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mi padre,&lt;br /&gt;Jefe de Máquinas&lt;br /&gt;por los cinco océanos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gente de tierra firme piensa que los marinos nunca se marean. No es cierto. Cuando la mar se revuelve, desde el capitán hasta el último grumete, se tragan el orgullo y luego lo escupen por la borda a sotavento. Tragan y escupen. Tragan y escupen.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche el océano se retorcía con toda la rabia de siete infiernos. Los cabeceos de la proa del &lt;em&gt;Druzhba&lt;/em&gt; al cabalgar sobre las olas sepultaban el buque hasta simas recónditas. Cuando por fin la quilla tocaba el agua salada, el estómago, que había subido a saludar al gaznate, salía despedido por la boca como una flecha, intentando huir del vuelta a empezar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo hacía el segundo turno de guardia, en mi primera travesía como alumno de máquinas. Y por mi vida que tragaba y escupía como el resto de la tripulación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me había entrevistado con la &lt;em&gt;Walkinton&lt;/em&gt; esa misma tarde. Con el detalle con el que una dama se maquilla para ir a la ópera, todas sus juntas habían sido engrasadas, la presión de los pistones ajustada y los manómetros bien calibrados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces, la temperatura de la &lt;em&gt;Walkinton&lt;/em&gt; cayó empicado. Sabía qué hacer cuando el motor se calentaba. Bastaba con bajar la potencia y refrigerar el sistema con la bomba de agua. Pero, ¿cómo podía bajar la temperatura diez grados con la máquina revolucionada tres cuartos? No estábamos en un condenado rompehielos dentro del Ártico con Amundsen y su maldito polo magnético. Sólo navegábamos a doscientas millas de la retorcida costa noruega.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De repente, una idea bailó en mi cabeza como una pirueta. Grité por el tubo tan fuerte como pude: ¡Oficial de puente, oficial de puente¡ No obtuve respuesta. Comprobé la temperatura de nuevo. La aguja se había clavado en el cero como un imán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subí por la escala hasta cubierta. Trepé cual gato hasta el puente y en un abrir y cerrar de ojos pude ver un charco de vómito que emponzoñaba el ambiente de la cabina de mando. Ni rastro del oficial de guardia. Y tras el mascarón de proa, un iceberg más grande que el &lt;em&gt;Queen Elisabeth&lt;/em&gt; asomaba por encima del banco de niebla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Giré el timón hasta el tope. El buque viró escorado a estribor y la inmensa mole de hielo pasó tan cerca del puente que pude estrecharle la mano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al poco, fuera ya de peligro, llegó el oficial de guardia con la fregona y su cara de asombro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Lo siento - dijo mirando el plastrón de espaguetis que había junto al timón. - Me sentó mal la cena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;YAKHUNGÁ&lt;br /&gt;por María López&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Yakhungá…Yakhungá…&lt;br /&gt;El sonido de aquella palabra se arremolinaba en espirales, balanceándose en las corrientes de aire. Un poco más abajo, las marinas mecían una modesta canoa decorada con motivos religiosos. Un anciano de semblante pálido escudriñaba el horizonte, en busca de flecos deshilachados que pudieran enturbiar el atardecer.&lt;br /&gt;Aún escuchaba los cánticos que le llegaban desde la orilla. Todo el pueblo engalanado en pie le despedía en su último viaje. Cansado, se recostó lentamente sobre sus pieles. Una vez más se inclinó para contemplar aquel rostro tan familiar, que había formado parte de su vida desde que era un chiquillo y ayudaba a los mayores a faenar, bordeando las costas.&lt;br /&gt;De niño percibía el mar como si fuese alguna especie de ser vivo, intuía que había nacido hacía ya muchos, muchos años, en algún punto remoto más allá de la línea en que se une con el cielo. Y luego moría en cada ola que rompía en la playa, en parsimoniosa agonía.&lt;br /&gt;El paso del tiempo le fue descubriendo su verdadera naturaleza. La mar es una vieja arrugada de quince años. Su hermosura te promete una serenidad que su vetusto saber no puede cumplir. Te embauca en dulces arrullos con el único fin de arrojarte a Neyra, la que se lleva tu último aliento expirado. Cuántos atardeceres calmos habían contemplado ya sus ojos, trocándose al anochecer en violentas tempestades. Cuántas veces su fresco rostro se convulsionaba hasta que un par de pliegues de su piel te engullían hacia las oscuras profundidades de su alma…Vieja embustera.&lt;br /&gt;A él, honorable chamán, no le traicionaría.&lt;br /&gt;Su debilitado cuerpo comenzó a temblar; la fiebre no tardaría mucho en consumirle. Llevaba consigo un caldo mortífero para la ocasión. Sí, se entregaría al mar en la hora de su muerte, como habían hecho sus antepasados. Pero él decidiría cómo y cuándo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#ffcc00;"&gt;&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;ARENA&lt;br /&gt;por Quintín Montero&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La playa es un lugar inhóspito. Este era el pensamiento que Lucas tenía inevitablemente todos los veranos. Uno tras otro, de manera recurrente.&lt;br /&gt;Permanecía sentado en la silla de plástico amarillo mirando el ir y venir de las olas, recordando que hubo un tiempo en el que soñó con viajar. No a lugares perdidos o agrestes sino por capitales del mundo alojándose en hoteles llenos de literatura. El Ritz de París, el Sacher, el Danieli. Sólo nombrarlos le provocaba nostalgias recónditas que se acumulaban en el estómago y acababan traduciéndose en malhumor e indolencia.&lt;br /&gt;La mañana no acababa de precipitarse y los minutos pasaban despacio, no había razones para la prisa. El tiempo de vivir ya concluyó y ahora tocaba el tiempo de contemplar. De mirar el mar y dejar que los pies se te llenen de arena y el viento voltee las páginas del libro que sostienes entre las manos. Miraba a un lado y a otro y no encontraba dónde anclar la vista; no había nada que rompiera el paisaje color sepia, estático, inalterable, mudo.&lt;br /&gt;La marea comenzaba a subir. Inundaba fortalezas y huecos excavados en la arena sin dejar rastro alguno de lo que fueron. Todo desaparecía sin hacer ruido y la lisura volvía a imponerse con uniformidad a lo largo de la orilla. No quedaba nada, sólo un plano inclinado brillante y húmedo. Cada grano de arena volvía a su sitio natural, al anonimato de la playa, al despertar del sueño de fortaleza cruzada en Oriente.&lt;br /&gt;Le vino a la mente la noticia con la que abrían los noticiarios de todas las cadenas de televisión. Un tsunami había arrasado el sureste asiático. No dejó nada. Se lo llevó todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LA TORMENTA&lt;br /&gt;por José Luis Muñoz&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Mantenía el miembro apartado de su lado para que la sangre no manchara sus pantalones. Crane, S. “El Rojo Emblema del Valor”&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las luces del paquebote se alejan, tristes. La tormenta se ha desatado en el mismo instante en que salté de aquel barco y de mi vida como lo hace el agua embarcada al desaparecer por los imbornales. Me mantengo a flote sin hacer ningún movimiento, sin ánimo de supervivencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué? Por haber dado tantas y tantas vueltas sin sentido para al final volver a descubrir que caminas solo. Que tus desesperados intentos de comunicación se diluyen en patéticas muecas ante los silbidos y las risas de los demás. Que la verdad que vives y respiras es incomunicable e ininteligible y que quizá por eso es verdad. O porque quizá la muerte y la vida sólo se diferencien en que la vida es la soledad consciente y la muerte la inconsciencia de la soledad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se acerca otra ola. Abarco mi vida desde este instante de tranquilidad. Contemplo las aguas tumultuosas que luchan a mi alrededor. Pero estoy sereno. Un único rayo de sol calienta mi cabeza, mientras el resto del universo está sumido en la oscuridad. Sé lo que otros no pueden saber. Sé que no estoy muerto porque no veo a nadie resucitar. Vivo este momento como un simulacro de felicidad. Pero el tiempo no se detiene. El río de Heráclito sigue fluyendo inexorable. Estoy en calma entre dos olas. La anterior ya pasó y me dejó así. La siguiente se acerca, con una carcajada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Asusta contemplar esa Dama como una madre amorosa que me espera con una sonrisa y una daga.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;VACACIONES&lt;br /&gt;por Montse Trujillo&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Era un sábado del verano de 1939 cuando ví por primera vez el mar. Su recuerdo quedó impreso en mi retina como el negativo de una fotografía. Todavía hoy siento el olor a salitre abrirse paso por mi garganta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varios días antes mi padre, encaramado a la vieja escalera que conducía al desván, bajó el enorme baúl de la abuela. Fue entonces cuando supe que algo pasaba. Mi progenitor, de naturaleza poco locuaz, miró a su madre que con eficacia germana nos sacudió de la habitación. Se avecinaba una conversación reservada para los adultos. Mi curiosidad hizo que adhiriera mi oreja a la puerta que daba al salón. Pero como una caracola hicieron eco en mí los sonidos de un yiddish olvidado. Mis oídos trataron de recordar aquel idioma del pasado. Hice un esfuerzo por evocar los retazos del Talmud contados antes de dormir. Fue inútil, llevaba demasiado tiempo hablando alemán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis padres dijeron que nos marchábamos. Emprendimos el viaje inmediatamente. Mi emoción no tenía límites, era la segunda vez que abandonaba la Koningstrasse. Aunque la primera, una excursión escolar al lago Obensee, quedó truncada por una avería del autobús a medio camino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Toda la familia fuimos amontonados en la parte trasera de un camión de transporte de carne. Estuve tres días insertado entre el equipaje y el descomunal abrigo de mi abuela. Respiraba por la boca para no absorber el aroma nauseabundo de los residuos de carne putrefacta que había en la lona que nos cubría mezclados con naftalina. Cuando uno de los trozos de desecho, de cerdo me pareció, cobró vida y se incrustó en mi frente, me di cuenta que mis primeras vacaciones no serían al lago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El traqueteo de aquel vehículo empezó a convertirse en una nana hipnotizante. Nadie pronunciaba ni una solo palabra. Tan solo un bache inesperado nos arrancaba algun sonido que la abuela se encargaba de acallar.&lt;br /&gt;Al cuarto día llegamos a un puerto. Una sonrisa se dibujó en la cara de mi madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi padre dijo: -No volveremos a casa. Alemania no es segura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no le escuchaba. Mis oídos estaban aturdidos por el romper de las olas en la cubierta. El sol reflejado en aquella inmensidad azul y el vaivén del barco me hicieron entrar en una especie de ensueño en el que sirenas, piratas y balleneros se mezclaban con grandes monstruos marinos surgiendo de las profundidades. El mar comenzó a agitarse nada más salir del puerto. No tuve miedo. Solo deseaba que el trayecto fuese largo. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18354371-113370869561883421?l=factoriaodk.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://factoriaodk.blogspot.com/feeds/113370869561883421/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18354371&amp;postID=113370869561883421' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/113370869561883421'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/113370869561883421'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://factoriaodk.blogspot.com/2005/12/el-mar.html' title='EL MAR'/><author><name>Factoría ODK</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12754453696937861324</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18354371.post-113225327226913077</id><published>2005-11-17T19:32:00.000+01:00</published><updated>2005-11-17T20:04:24.703+01:00</updated><title type='text'>UN NÓMADA</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;LAS HUELLAS DEL NÓMADA&lt;br /&gt;por Fco. Javier Ayuso&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;La cueva estaba débilmente iluminada. Las dos figuras proyectaron sus grotescas sombras en las paredes de la húmeda bóveda caliza, transformándose poco después en una mancha borrosa.&lt;br /&gt;Una ráfaga de viento término de apagar el fuego que ardía en el centro de la estancia. En ese preciso instante percibió que algo se movía en el exterior y decidió salir.&lt;br /&gt;Cuando hubo atravesado la pequeña boca por la que antes habían entrado, una sensación de vértigo le hizo detenerse de manera súbita. Unas cadenas invisibles parecían arrastrarle hacia el fondo de la tierra.&lt;br /&gt;Alzando la vista contempló al ser que se erguía delante de él. Los descomunales colmillos de aquella criatura le observaron fijamente. Las gotas de sudor que recorrían su espalda le quemaron como alfileres incandescentes. Trataba de sostener la lanza con firmeza pero solo consiguió que resbalara entre sus dedos.&lt;br /&gt;Sus ojos se arrugaron poco a poco haciéndose cada vez más pequeños y notó que las pocas fuerzas que aún conservaba le abandonaban; cada segundo que pasaba le sumía en un profundo cansancio. Un bufido le despertó del letargo en que se encontraba.&lt;br /&gt;Movido por un impulso que hasta entonces le resultaba desconocido sintió que debía matar a aquella visión. Extendió el brazo hasta su máxima amplitud y el objeto que antes temblaba en sus manos salió despedido, insertándose entre los ojos de la oscura masa que cayó al suelo frente a él.&lt;br /&gt;Un charco de sangre empapaba la capa de polvo que cubría la tierra. Advirtió entonces, apiladas al fondo de la llanura por la que habían subido días atrás, las osamentas de los animales que, como el que se encontraba tendido, habían ido a morir a allí.&lt;br /&gt;Esa noche encenderían de nuevo la hoguera, y con los dedos teñidos de rojo, tatuarían en la roca la imagen del mamut que yacía fuera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;DESVENTURAS DE UN YNNI&lt;br /&gt;por Fco. Javier Benítez&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el planeta selvático de Edorna podría haber sido feliz. En sus ciudades arbóreas conviví con el pueblo Nold, empapándome de su ciencia y sus artes. Me dediqué al estudio de las especies autóctonas, aprendiendo también lo que otros investigadores habían escrito sobre ellas. Fue allí donde sinteticé el Suero de la Empatía para potenciar las habilidades comunicativas de las razas sentientes. Mi propósito era que aquel invento ayudase a erradicar el odio y la desconfianza. No obstante, la criatura con la que comparto mi cuerpo y mi mente me obligó a utilizarlo para engatusar a las hembras Nold y satisfacer sus instintos. Cuando el Consejo de Sabios de Edorna descubrió lo que estábamos haciendo fuimos expulsados de aquel paraíso para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más tarde en el superpoblado planeta Irenus conocí a los Wembu, las entidades más honestas y trabajadoras de la galaxia. Comprendí que el sistema imperante era injusto con ellos, por lo que desarrollé una teoría política basada en el respeto y la igualdad entre todas las especies. La di a conocer a los medios de comunicación y millones de almas se adscribieron a sus principios. De nuevo, la criatura con la que comparto mi cuerpo y mi mente vio allí una oportunidad para dar rienda suelta a sus peores impulsos, forzándome a cambiar mi discurso integrador por otro revolucionario. Azuzamos los gobernados contra los gobernantes y como consecuencia hubo una guerra que empapó de sangre el suelo de Irenus. Una vez que las tropas rebeldes fueron diezmadas nos vimos obligados a huir de aquel mundo en busca de otro donde no se supiera de nuestros actos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente, una luna alejada de las rutas comerciales, llamada Uriah, encontré una forma de poner término a mis desdichas. En el espaciopuerto de este mundo vivía un ingeniero experto en colocar implantes y leer auras que me examinó a conciencia. Identificó rápidamente mi caso y me ayudó a comprender el origen de mis problemas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora sé que soy uno de los últimos miembros del pueblo Ynni, bendecido con la mayor inteligencia de la galaxia y condenado a vivir de forma parasitaria. La criatura abominable con la que comparto mi cuerpo y mi mente, llamada “hombre”, es sólo un anfitrión cuyo organismo está muy enfermo a causa de mi presencia. Por eso el ingeniero me ha ofrecido dos alternativas: permanecer en su interior y seguir acelerando su proceso de deterioro o salvarle la vida. He elegido la opción que he creído más conveniente, aunque espero no haberme confundido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En estos momentos estoy siendo extirpado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LA ÚLTIMA DERROTA DE GOYATHLAY&lt;br /&gt;por Leopoldo Elvira&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Somos muy pocos los que quedamos&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;Goyathlay&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aún siento el calor del rifle en mis manos. El aire del desierto ardiendo en el paladar. El aroma áspero de los erizados cactus de Sonora.&lt;br /&gt;Arrastro ochenta y cuatro años y el espíritu de los muertos ronda mi casa. Mi alma envejecida conserva la furia de un linaje nómada, un largo camino de polvo y buitres. Silenciosas caravanas bajo el sol. Los caballos perfilados en un horizonte rojo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acosado por mil ejércitos, junto a las profundas sombras de los desfiladeros de Skeleton Canyon, la mentira conquistó lo que no lograron las armas y el miedo: la última derrota. En esta muerte en vida, sometidos a sus áridas prisiones, no nos queda más futuro que un lento exterminio.&lt;br /&gt;Los fantasmas de Mangas Coloradas y Cochise vagan entre nosotros. Los he visto cabalgar sobre caballos de arena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una raída capa de piel de búfalo; plumas teñidas con los colores azul, blanco y rojo de la victoria; pinturas de guerra desleídas en el arrugado rostro y un puñal de latón en la cintura. Entre insultos y aclamaciones, humillado por restos de verdura, desfilará el viejo apache en honor del presidente, entre carrozas engalanadas y bandas de música.&lt;br /&gt;Quizás le permitan vender copias de su feroz retrato en un desierto de cartón, con un nombre manuscrito sobre el fondo sepia: Jerónimo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;LA NOSTALGIA DEL NÓMADA&lt;br /&gt;por Ángel Inoriza&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El río Zagora, durante la mayor parte del año, no es más que un hilo de agua que se adentra en el desierto, regalándole un vergel de palmeras antes de morir en la arena. En su desembocadura hay un carcomido poste en el que puede leerse: “Tombuctú, 25 días en camello.&lt;br /&gt;Para la mayor parte del mundo civilizado, la palabra Tombuctú evoca habitantes de tez oscura envueltos en turbantes de colores, cargamentos de seda y joyas provenientes de toda África, paisajes exóticos y un calor sofocante.&lt;br /&gt;Para Jonathan Cape, además de todo eso, significaba el final de una vida errante. El lugar donde había decidido acabar con sus días. Los nómadas mantenemos una extraña compulsión que nos lleva a buscar y encontrar el consuelo en un destierro.&lt;br /&gt;Jonathan provenía de una rica familia judía de relojeros asentada en la cuenca del Rhin. Desde su nacimiento todo le había sido planificado. Harto ya de encorsetada puntualidad y aprovechando su enorme fortuna, se pegó a su American Expres y a su mochila de cuero con las que viajó por todo el mundo sin plan establecido. El viaje no sólo ensancha la mente, la reconforta, pensó.&lt;br /&gt;A partir de ese momento, su familia comenzó a llamarle “el excéntrico tío Jonathan”. Fue entonces cuando se convirtió en mi mejor amigo. También yo viajaba sólo, sin orden ni presupuesto en vagones de segunda. El horror del domicilio me hacía cambiar de lugar sin remedio, arrastrado sin compasión por una fuerza innata.&lt;br /&gt;Jonathan me había suplicado que le acompañara hasta ese lugar de África. De repente, se llevó las manos a la garganta, escondió los ojos detrás de las órbitas y se desplomó como un saco de arena. Fue el ataque cardiaco más fulminante del que jamás he tenido noticia.&lt;br /&gt;Los problemas que tuve para atar el cuerpo a la joroba quedarán en el fondo de mi alma. ¿Cómo privarle de su último sueño ahora que estaba a punto de conseguirlo? El esfuerzo y el olor que padecí mereció la pena. El bueno de Jon había escrito una claúsula en su testamento otorgándome poderes en el negocio familiar una vez hubiera sido enterrado en su soñado Tombuctú.&lt;br /&gt;Ahora sigo sus pasos y me dedico a honrar su memoria en los mejores restaurantes y hoteles de todo el mundo. Y que me aspen si pienso en llevar flores a su tumba.&lt;br /&gt;Allí, en la nostálgica Tombuctú, a 25 días en camello de la desembocadura del río Zagora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;EL ÚLTIMO DESTINO&lt;br /&gt;por María López&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sir Eduard Milthon esperaba impaciente en el pequeño vestíbulo. Los tonos magenta y ocre vestían tapices y alfombras, como queriendo acoger cálidamente al ilustre invitado. Ostentaba el prestigio de ser uno de los más eminentes botánicos con que contaba la Royal Society. Y sin embargo, a sus cincuenta y cuatro años, y más de tres décadas al servicio de la ciencia, ahora ésta le relegaba a un segundo plano.&lt;br /&gt;Durante todo este tiempo no conoció fronteras. Las expediciones que se le habían encomendado conformaban ya una larguísima lista, pues el interés de su Majestad por la búsqueda de nuevas especies parecía no tener límites.&lt;br /&gt;Cerró los ojos. Evocó un techo de esmeraldas, hojas de un intenso verde que simulaban poseer alguna fuente de luz propia. El calor húmedo y asfixiante se ceñía a su piel de tal forma que ésta rompía en un sudor lento y silencioso. De pronto, la brisa del mar barrió su mente, y el cielo se tornó gris, los montes se hallaban cubiertos de niebla, y la hierba fresca le susurraba amaneceres.&lt;br /&gt;Cualquiera aceptaría agradecido una mansión de aquellas características para tan merecido retiro. A él le suponía una grave ofensa.&lt;br /&gt;Sólo le quedaban los paseos dominicales por Kew Gardens. Visitar Palm House, donde se cultivan especies que él mismo había traído del Nuevo Mundo: papaya, yuca, cocolmeca, guaraná… Admirar el hermoso jardín que se extiende a los pies de la Gran Pagoda, envuelta en aromas de canela, repleta de peonías chinas que encontró en los más remotos parajes de Asia Occidental.&lt;br /&gt;Recordar, entre muros de piedra.&lt;br /&gt;Perder su hogar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;CUESTIÓN DE ALTURA&lt;br /&gt;por Agustín Lozano&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nací en Mali, en el continente africano. Cuando vine al mundo, al mundo negro, la chabola donde vi la luz, la luz de las estrellas, se levantaba apenas un metro y medio de la tierra. Hasta que no llegué a medir un poco más sólo conocí pequeñas casas de adobe. Antes vinieron los ladrones y quemaron el poblado, se llevaron a los más jóvenes como yo para servirles de esclavos. Sus casas eran también bajas y de adobe, aunque tenían fusiles y caballos y un jeep. La noche que logré escapar la luna estaba muy alta y me condujo hasta Bamako, Bamako es la capital de Mali, allí hay casas grandes, algunas tan grandes que tapan la luz, la luz del Sol. Nunca pude volver a mi poblado, no lo hubiera encontrado y mis padres murieron durante el asalto de los ladrones. Crecí hasta medir casi dos metros y marché al Norte con los aventureros, dormimos en el desierto a ras de suelo, hasta que alcanzamos Orán, Orán está en Argelia junto al mar, el mar está al nivel del mar pero a su lado hay edificios muy altos con muchas ventanas. Del mar salen barcos, uno me llevó con los aventureros que quedaban a Europa, en París que está en Europa dormía debajo de un puente y al lado pasaban los turistas, más tarde estuve en la planta octava de un piso de dieciséis, donde encontré a los hermanos estudiantes, los hermanos estudiantes saben volar y tienen un gran plan que yo al principio no comprendía: su plan consiste en reducir la altura de dos edificios enormes a cero, es decir al nivel del mar. Cuando apareció en la tele el gran plan convertido en realidad lo entendí todo, era un mensaje para los que como yo nacimos rodeados de horizonte. Cada vez que pienso en las torres que se derrumban recuerdo mi aldea, aunque no sé dónde está.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;JOHN LAWLESS&lt;br /&gt;por José Luis Muñoz&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;em&gt;“No me ha faltado más que ser amado para ser bueno”&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Gastón Leroux, &lt;em&gt;El fantasma de la Ópera&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;    John Lawless bajó al sepulcro con veintisiete años, cuando su hijo, el que les habla, no tenía más que ocho. Es duro perder a un padre a esa edad; aún peor es descubrir cuando creces las verdaderas circunstancias de su muerte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegó al pueblo cuando la cosecha, a finales de agosto. Poseía brazos fuertes que fueron bienvenidos por mi abuelo Ben Kirskekund. Al caer la tarde, cuando los hombres descansaban tras el agotador ejercicio, era costumbre que mi abuela y mi madre les llevaran agua y comida. Y tras la conversación, que era de las que se encuentran cuando no se buscan, mi madre comenzó a llenar con su calor las más desapacibles noches de aquel septiembre en el que fui concebido. Pero mi padre era un nómada. No quiso casarse. Tampoco quiso explicar el origen de su apellido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aprovechó una de las innumerables guerras del rey contra los franceses para escapar del condado de Salesbury y de mi abuelo Ben. Así que nací sin padre y sin padre viví hasta que cumplí ocho años, momento en que Lawless volvió al pueblo cansado de matar y de burlar la muerte. Quiso asentarse en la parroquia y casarse con mi madre. Pero mi abuelo Ben dijo que ya todo el mal estaba hecho, que mi madre era una mujer sin honra y que ninguna boda a destiempo iba a arreglar eso. John Lawless levantó los ojos por primera vez desde que entró en mi casa y miró con pena al abuelo Ben. Luego pasó la mano por mi cabeza y salió al campo a ganarse la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero todo el condado conocía su reputación. Era un maldito nómada, an &lt;em&gt;awful raggle – taggle gipsy&lt;/em&gt;, como decía mi abuela. Corrieron mil historias sobre el origen de su apellido. Aún hoy no sé si eran verdad o simple consecuencia de su diferencia. El caso es que nadie le dio trabajo, ni después limosna. Ni siquiera los monjes de la abadía. En su desesperación abatió un ciervo de los rebaños del rey. Por eso lo ahorcaron. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt; &lt;/div&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;CLARISSE&lt;br /&gt;por Montse Trujillo&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Clarisse se revolvió entre el amasijo de sábanas que cubrían el solitario lecho antes de arrastrar su cuerpo hasta el fogón. Llevaba despierta desde el alba; había sentido un olor desconocido acercarse por el camino que discurre cerca del río. Los árboles, que su marido había plantado cuando llegaron a  aquel desierto verde, susurraron la llegada.&lt;br /&gt;Acercó con avidez las manos a la taza de té, pero  solo consiguió que la sustancia que bullía en el fondo se enfriara. Por un instante, su mirada se posó en el resplandor rojizo que ardía en la chimenea. Removió las ascuas que se agitaron como criaturas del infierno.&lt;br /&gt;Al atardecer, la mota informe al fondo del valle iba cobrando forma hasta convertirse  en un hombre. El forastero asió con fuerza la raída bolsa encaminándose  hacia la única señal de presencia humana.&lt;br /&gt;Ella estaba preparada. Al abrir la puerta un viento recio hizo crujir toda la casa. El errante supo que aquello sería su refugio aquella noche.&lt;br /&gt;Preguntó por la forma de pago. Clarisse miró el heno olvidado en un rincón y su mano le condujo hacia lo más recóndito de su ser. Sus cuerpos se movían al compás del viejo reloj insertado en la pared. Las respiraciones se convirtieron en una sola. Mientras el errante observaba  a  la mujer, al otro lado de la habitación "alguien" más  se  unía a la  sincronía de jadeos.&lt;br /&gt;Terminó y se bajó el vestido. El forastero cerró los ojos y descansó. Clarisse fijó su atención por última vez en el hombre del camastro. Se probó sus botas, agarró su bolsa, y  se enfundó el abrigo. "Hasta su piel me sienta bien", pensaba.. Dando la espalda al retrato del difunto senor Owen atravesó la puerta y comenzó a caminar.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18354371-113225327226913077?l=factoriaodk.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://factoriaodk.blogspot.com/feeds/113225327226913077/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18354371&amp;postID=113225327226913077' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/113225327226913077'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/113225327226913077'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://factoriaodk.blogspot.com/2005/11/un-nmada.html' title='UN NÓMADA'/><author><name>Factoría ODK</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12754453696937861324</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18354371.post-113076952630823833</id><published>2005-10-31T15:23:00.000+01:00</published><updated>2006-02-24T16:59:40.643+01:00</updated><title type='text'>UNA PERVERSIÓN</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;CAPILARIDADES&lt;br /&gt;por Julio Abelenda&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entro, y al otro lado del túnel del tiempo me recibe una estampa de mi infancia. La estancia es pequeña y acogedora, de paredes blancas de baldosa, como las de antaño, de las que cuelgan unos pocos diplomas, algunas fotos y ningún ornamento más. El mobiliario parece secular, aunque pienso en buena lógica que debe de haber sido reemplazado varias veces, y el instrumental cierra filas, destellante y bien dispuesto, sobre la cómoda de varios cuerpos bajo el gran espejo alargado que ocupa una pared casi entera. Él espera en el centro de la sala, adecuadamente ocioso, como si supiera que mis pasos errabundos me iban a traer a esta parte de la ciudad, hasta su modesto negocio. Es de edad avanzada, gesto severo y bata blanca inmaculada; un artesano del oficio, sobrio y austero como la decoración del lugar. Me relamo anticipadamente.&lt;br /&gt;El diálogo ritual es breve, lo he ensayado tantas veces, ¿me podría atender ahora? –la mejor de mis sonrisas-, sé que no he concertado cita, pero me hallaba de paso en este barrio, lo entenderé si me dice que no es posible –una mirada fugaz a los sillones vacíos-, ¿media hora hasta el próximo cliente?, me bastará con eso, muchas gracias.&lt;br /&gt;Paso a sentarme en la silla más cercana de la hilera de tres que descansan junto a las piletas para el agua, en la pared del fondo, y me reclino hasta descansar la cabeza sobre la pieza de loza blanca esmaltada, con una abertura anatómica donde encajar mi cuello. El agua descarga pronta, hirviente y feroz, sin darme tiempo a amoldarme a la nueva postura, y la impresión me arranca un gemido que trato de ocultar al oído del hombre, a la mirada que presumo inflexible sobre mí. Sólo al cabo de un rato la temperatura se amansa; para entonces mi cuero cabelludo ha despertado, reaccionando al castigo y desplegando toda su capacidad sensitiva, como una flor que se abre a los rayos de un sol cruel y abrasador. El champú entonces, gélido y viscoso, es un bálsamo, que los dedos del hombre extienden generosamente, con suavidad inesperada, en un masaje que hace pensar en manos femeninas. Me siento confundido, como un niño que no sabe si a continuación su padre le dispensará una caricia o le propinará un cachete. Saboreo esa sensación.&lt;br /&gt;El lavado acaba bruscamente, como empezó, y me veo con una toalla arrojada entre las manos mientras él se dirige presuroso a la zona de las dos sillas que, de tamaño desigual, se alinean frente al espejo, y me espera allí con gesto impaciente. La nueva brusquedad me arranca una sonrisa, y, frotándome con prontitud el cabello mojado, me encamino a ocupar mi lugar, dispuesto a seguir el juego. Me acomodo, y a la pregunta pertinente -¿cómo desea el corte?- doy las instrucciones oportunas, estableciendo los límites a los que él se habrá de ceñir, delimitando mi cuota de poder antes de transferirlo a sus manos. Esta vez no llevo barba, lo cual elimina de raíz algunas de las posibilidades más interesantes; tendré que limitarme a disfrutar, pues, del corte de pelo.&lt;br /&gt;La cosa empieza tímidamente, con unos preliminares en los que la tijera no encuentra un ritmo cómodo, y se limita a rebanar toscamente algunos mechones dispersos. La primera vez con un cliente nuevo, me hago cargo, siempre es complicada; sólo me queda esperar con paciencia que el instrumento vaya descubriendo las formas de mi cabellera, con la lenta deliberación con que se emprende el conocimiento del cuerpo ajeno en el amor. La caricia del metal no tarda en templarse, en hacerse regular y segura, explorando los rincones ocultos que se le ofrecen con sabiduría de amante experto. Comienza entonces una danza caníbal, en la que peine y tijeras se alternan con creciente diligencia, estimulando suavemente cada tallo antes de cortarlo con la determinación de la mantis. Cuando las hojas se separan de mi cabello las oigo abrirse y cerrarse aún, y las supongo ensimismadas, examinando su trabajo y decidiendo dónde zambullirse esta vez. El chasquido del aire cortado por los filos me deleita especialmente, y quisiera que se demoraran horas en esa contemplación extática, a la espera dulce y agónica de la siguiente arremetida.&lt;br /&gt;Disimulo los primeros jadeos disfrazándolos de murmullos, con los que asiento, contradigo, recalco o matizo las trivialidades que va deslizando en su charla el peluquero. Con el tiempo he desarrollado esta rara habilidad, y ahora soy capaz de mantener un sucedáneo de conversación sólo con estos sonidos inarticulados, que, por un lado, me permiten dar salida a los primeros atisbos de placer, y, por otro, me eximen de participar de una manera más activa en el diálogo. Me gusta imaginar que el simulacro no me incluye sólo a mí, y que, al otro lado del abismo de sensaciones, él es igualmente consciente de aquello en lo que está tomando parte. Quizá sus palabras suenan, en realidad, tan huecas como mis murmullos.&lt;br /&gt;La tijera deja su lugar a la navaja, y el juego adquiere una nueva dimensión. Mientras la fría hoja circunda mi oreja con paso lento y doloroso, concentro toda mi atención en la zona, paladeando el riesgo simulado, imaginando que por descuido (real o fingido) el filo se clava más profundo de la cuenta y libera, junto con los minúsculos fragmentos de pelo, una única gota de sangre. Casi puedo verla resbalando por la mejilla, cuello abajo, sin que ni él ni yo digamos nada al respecto, verdugo tácito y tácita víctima, polos opuestos de una misma relación de poder y sumisión. Sólo nuestras miradas se encontrarían en el espejo, y todo quedaría claro de una vez; por eso evito la suya, que sólo de reojo encuentro turbada, falsamente concentrada en su tarea, envoltorio de oscuras emociones que le sorprenden y complacen a un tiempo…&lt;br /&gt;Siento que estoy a punto. Las tijeras vuelven a entrar en escena, para perfilar los últimos detalles y darme el empujón definitivo. Con el último corte me dejo ir al fin, en una admirable sincronía que no siempre he sido capaz de conseguir. Lo que resta, la loción y la espuma, el cepillado de mi ropa y de mi cara, son sólo operaciones de higiene, laxas caricias tras el momento de la pasión, palabras dulces con las que recuperar la distancia del lenguaje y abandonar el reino inefable de lo sensitivo…&lt;br /&gt;Me incorporo y me dispongo a marcharme. Pregunto el precio del corte, y, como había anticipado, como suele suceder, él responde jovialmente que invita la casa, por ser el primero, y que espera volver a verme por aquí. De nuevo es sólo un peluquero de barrio, honesto y accesible, quizá algo confundido por lo que acaba de ocurrir ante sus ojos. Le doy las gracias y le prometo que volveré, y salgo a la calle, donde ya reina la noche.&lt;br /&gt;Camino, y pienso en la mentira que acabo de decir. Es cierto que en un par de meses, cuando mi pelo haya vuelto a crecer lo suficiente, buscaré de nuevo el solaz de una peluquería, en la que dar rienda suelta a mis inofensivas peculiaridades. Pero no volveré a ésta, ni entonces ni nunca. Dejaré en cambio que mis pies me conduzcan a su antojo por esta ciudad inmensa, en la que siempre hay un barrio más por descubrir, donde seguro aguardarán peluquerías de las que gozar. Y es que, en cuestiones capilares, no puedo evitar ser desaforadamente promiscuo.&lt;br /&gt;Qué le voy a hacer, si busco siempre el deslumbramiento de la vez primera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;EL ASPIRANTE&lt;br /&gt;por Fco. Javier Benítez&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La entrevistadora terminó de teclear algo en el ordenador y me miró con sus gélidos ojos azules.&lt;br /&gt;- Como muy tarde el martes que viene nos pondremos en contacto con usted. Necesitamos que se incorpore a nuestro equipo de inmediato. Y bueno… ¡Bienvenido a Ferguson Consulting!&lt;br /&gt;- Muchas gracias - le dije ofreciéndole la mejor de mis sonrisas, a la vez que nos levantábamos de nuestras sillas y nos tendíamos la mano.&lt;br /&gt;- Ha sido un placer conocerlo y poder charlar con usted.&lt;br /&gt;- El placer ha sido mío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras salía de la oficina me di cuenta de que un tipo con pinta de yuppie y una jovencita con gafas de pasta se fijaban en mi entrepierna. Daba igual que se escandalizasen, nunca más regresaría a aquel lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A unos metros del edificio de la entrevista encontré un flamante Starbucks Coffee. Entré y busqué los servicios. No me sorprendió hallarlos tan inmaculados como si estuvieran por estrenar. Al tiempo que cerraba con una mano la puerta del retrete, con la otra me desabrochaba los botones del pantalón. Mi pene seguía en su estado de máxima excitación. Comencé a masturbarme recreándome en los detalles de aquel proceso de selección. Me centré sobre todo en las expresiones de ansiedad de mis oponentes más jóvenes y en la atractiva frialdad de dominatriz de la última entrevistadora. En total había pasado por tres dinámicas de grupo y dos entrevistas personales, posiblemente las más difíciles y estimulantes de mi carrera. Y como siempre, había salido victorioso. Aquel puesto que no quería ni necesitaba era mío.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras dejar mi firma más personal en la pared reluciente miré el reloj. Todavía tenía tiempo hasta la siguiente cita. Salí del WC y me acerqué al mostrador, donde pedí mi café favorito, un capuccino con sabor a caramelo. Mientras esperaba que me lo sirvieran saqué de la bandolera el dossier de Solano y Gracián Consultores. En el foro de Internet decían que aquella empresa tenía una puntuación de 93 sobre 100 en el ranking de dificultad. Después de mi éxito en el 90 sobre 100 de Ferguson Consulting estaba preparado para afrontarla. Al parecer, los psicólogos de Solano y Gracián Consultores utilizaban un método norteamericano de selección muy duro, diferente de cualquier cosa que hubiera probado con anterioridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;TRANSUSTANCIACIÓN&lt;br /&gt;por Leopoldo Elvira&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer yace sobre una mesa de madera, en el centro de la habitación. Las piernas estiradas y juntas, los brazos en cruz. La luz anaranjada de cuatro velas ilumina la suave pelusa que cubre su piel desnuda. Espesa el aire un olor a incienso. Una de las paredes está cubierta por una vitrina donde se adivinan los tenues reflejos de cálices de plata, escapularios bordados, relicarios y crucifijos de marfil. Dispersas por el suelo, estampas de santos y vírgenes de mirada vacía.&lt;br /&gt;El pelo cae como una túnica desde la cabecera de la mesa, levemente animado por una corriente de aire. Un hombre se mueve en la penumbra. En su mano sostiene un hisopo con el que rocía de agua bendita los rincones del cuarto. Murmura oscuros latines. El agua dibuja manchas grises en las baldosas cubiertas de polvo y salpica el cristal de la vitrina. La cabeza de la mujer está ceñida por una delicada corona de espinas trenzada con ramas de rosal. Un rasguño en la frente ha dejado un rastro de sangre seca.&lt;br /&gt;El hombre vuelve de las sombras y deposita sobre las palmas abiertas, los ojos cerrados, los sonrosados pezones, el hueco cálido del ombligo, el pubis depilado y los tobillos de la mujer unos pedazos de pan empapados en vino. El cuerpo vibra al tibio contacto del líquido. Unas gotas resbalan desde el pecho y entre los dedos, trazando surcos, estigmas encarnados. En el murmullo, que como una letanía pagana se expande por el cuarto, se augura la llegada de un jadeo. Una última gota de vino resbala desde el pubis, por las piernas ahora entreabiertas, y el cuerpo de la mujer se arquea dócilmente.&lt;br /&gt;Despojado ya de sus hábitos negros, el hombre se prepara para oficiar los postreros ritos de la ceremonia. Aproxima la boca a los ojos, las manos, los pezones, el ombligo, el pubis, los tobillos de la mujer, dispuesto a beber su sangre y comer su carne.&lt;br /&gt;Un roce de alas parece acompañar la limpia embestida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;CRÓNICA DE SOCIEDAD&lt;br /&gt;por Ángel Inoriza&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta mañana me he desayunado con el &lt;em&gt;New York Times&lt;/em&gt;.&lt;br /&gt;Sólo el prestigio de este rotativo reafirma la veracidad del titular: “Demanda de divorcio a las 24 horas de consumado el matrimonio”.&lt;br /&gt;Lo crean o no, la demandante se mantuvo virgen hasta el mismo día de la boda. De nada sirven conjeturas sobre la rareza del caso. La profesionalidad del mismísimo John Mathius, firmante de la noticia, está por encima de toda duda.&lt;br /&gt;Al parecer, el novio, un hombre blanco de metro ochenta de estatura, pelo rubio rizado, bien parecido y con una cicatriz de parte a parte de la mejilla izquierda, acudió a la ceremonia de riguroso esmoquin negro. La boda se celebró por el rito católico en la &lt;em&gt;Trinity Church&lt;/em&gt;, Broadway esquina con Wall Street, en el corazón mismo de la manzana más grande del mundo.&lt;br /&gt;Según asegura el abogado de la demandante, Mister Scott, de &lt;em&gt;Wilkinson and Wilkinson&lt;/em&gt;, el demandado dio una fuerte patada a la puerta que separaba el baño del dormitorio conyugal. D.P., a la que llamaré Dorothy desde ahora, le esperaba en su lecho tapada hasta el cuello con la ropa de cama y embozada en un camisón de encaje blanco que había comprado para la ocasión en &lt;em&gt;MacMillan’s&lt;/em&gt;, frente a la entrada principal de Central Park.&lt;br /&gt;R. S., el demandado, al que sólo llamaré R. por respeto a la dignidad humana, sudaba y babeaba detrás de la puerta. Se había desabrochado el esmoquin haciendo saltar los botones sin molestarse en emplear los ojales para la tarea. Y con todo su ataque de hormonas metido en el cerebro se acercó de manera zafia hacia Dorothy.&lt;br /&gt;Sin más miramientos R. despojó de un zarpazo el cobertor que cubría a la delicada Dorothy para luego arrancar a dentelladas la seda. Chupando aquí y allá, lamiendo, engullendo de un trago todo el néctar acumulado durante años con tan virtuoso celo por la delicada Dorothy.&lt;br /&gt;A la mañana siguiente, R. dormía como un niño. Dorothy no había pegado un ojo en toda la noche. Porque el amor tiene esos secretos que sólo él comprende, esperó quieta en la cama hasta que sintió cómo R. se refocilaba sobre las sábanas, emitiendo un gruñido inequívoco de su reciente despertar. Sólo entonces tomó aliento y le dijo de corrido:&lt;br /&gt;- Cariño, yo te quiero mucho, pero desearía que la próxima vez fueras más tierno conmigo; que me trataras con más dulzura y con, al menos, una pizca de respeto.&lt;br /&gt;R. se quedó atónito, perplejo. Como si el asunto no fuera con él. Pero, tras un breve instante de reflexión, aturdido aún por el sueño, contestó:&lt;br /&gt;- Lo siento, &lt;em&gt;Honey&lt;/em&gt;, no volverá a suceder.&lt;br /&gt;A la noche siguiente, R., vestido con un pijama a rayas, giró el pomo de la puerta del baño con suavidad, pidió permiso para entrar en la estancia y se dirigió despacio hacia la cama donde le aguardaba la delicada Dorothy, tan embozada en sedas como la noche anterior. R. expulsaba volutas de humo de su tabaco de pipa y bajo el brazo izquierdo sostenía una novela: “Mujercitas”, de L. May Alcott.&lt;br /&gt;Se aproximó quedo hacia el tálamo, dobló con sumo cuidado la colcha primero y la manta junto a la sábana después hasta formar un triángulo perfecto con el borde de la cama. Luego se introdujo despacio en el lecho, acolchó la almohada y se enfrascó en la lectura apasionada del libro que esa misma tarde había adquirido en &lt;em&gt;Strand Book Store&lt;/em&gt;, Fifth Avenue esquina con 59 th street.&lt;br /&gt;Transcurrida una hora de pipa y lectura, depositó la novela en la mesilla de noche, limpió la ceniza acumulada tras la humareda, apagó la luz y con una entonación vacía e indiferente, le dijo a su esposa:&lt;br /&gt;- &lt;em&gt;Honey, please&lt;/em&gt;: ¿Me pasas el chocho?&lt;br /&gt;A los cinco minutos, &lt;em&gt;Wilkinson and Wilkinson&lt;/em&gt; recibía una llamada de teléfono. El joven Mister Scott hacía méritos a esas horas de la noche. Dada la gravedad del caso, inició al instante las primeras diligencias del proceso que acabaría por fin, como dije al principio, con este largo calvario de matrimonio. &lt;em&gt;THE END&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;DESPERTAR&lt;br /&gt;Por María López&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya había amanecido. Lara entró en la cocina. Iván deambulaba nervioso de un lado para otro, mordisqueando una manzana. La niña pasó a su lado rozándole ligeramente la pierna. Iván la miró. Ella advirtió en su frente algunas pequeñas gotas de sudor. “Habrá pasado mala noche”, pensó. “Ojalá hubiera estado allí para calmarle”. Su primo era un año menor, y a menudo tenía pesadillas.&lt;br /&gt;Desde que tenían uso de razón habían dormido juntos siempre, hasta que la abuela juzgó que sus nietos, ya púberes, estaban desarrollándose quizás precozmente, y decidió separarlos. Habilitó la gran despensa de al lado de la cocina como dormitorio del niño, y a cambio mandó instalar un buen par de estanterías que hiciesen las veces de alacena. La casa era pequeña.&lt;br /&gt;A Lara se le vinieron a la mente ciertos recuerdos; cómo algunas noches uno de los dos se metía en la cama del otro, acurrucándose bajo las mantas. Un día la respiración de Iván de pronto se tornó agitada, incendiando dulcemente sus mejillas, y sus manos la acariciaron con suavidad por toda su piel, blanca y calentita.&lt;br /&gt;Se dirigió a una de las estanterías, cogió un gran cuenco de madera lleno de harina. Lo depositó sobre la mesa y comenzó a preparar la masa. Levantó la vista. Los grandes ojos castaños de su primo se clavaban sobre ella, mientras daba forma al pan, y deseó que aquella tierna masa fuera el pene de él, y que pudiera moldearlo a su gusto. Sintió cómo lubricaba; los pequeños pliegues de sus bragas la rozaban excitándola, sus pezones se erizaron.&lt;br /&gt;Seguro pero despacio, él se aproximó y la asió por detrás, sujetando sus caderas, deslizando sus manos lentamente hacia los muslos, luego hacia los pechos. La apretó contra su cuerpo, y ella sintió el abultado miembro. El reloj de pared dio las ocho en punto de la mañana. Cada campanada zimbreaba con ecos de metal por toda la estancia, como un amago de orgasmo.&lt;br /&gt;Oyeron pasos que venían de fuera. La abuela regresaba del pueblo. Se separaron presurosos. Ella se dirigió hacia el fogón de la cocina, él hacia el cuartucho contiguo; frustrado, tomó su hacha y asestó fuertes golpes sobre los troncos para hacer más leña.&lt;br /&gt;La abuela entró sonriendo. “Ha sido un buen día de mercado”, dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;VENICE&lt;br /&gt;por José Luis Muñoz&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Venice, mi mujer, siempre ha sido muy mandurrona en la cama. No sólo se mostraba minuciosa en la dirección de los preliminares sino que, en ese justo momento en que un hombre debe demostrar su condición, me convertía en un pelele, en un muñeco hinchable e hinchado, hacía un nudo y me usaba. Y al final, esa sonrisita insatisfecha y esa maldita pregunta monosílaba: ¿ya?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pues sí, hija, ya. No está hecho el mundo sublunar para diosas como tú. Probé de todo, pero no había manera. Retardadores en pastillas y en gel, pensamientos escatológicos, como Antonio Gala en el váter, masturbarme cinco veces antes del gran momento... Nada. Cuántas velas a San Príapo en el convento de las Felatrices de San Penépalo, a dos euros cada una...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero Dios cuando aprieta no siempre ahoga, y con la ayuda de esas hermanas y sus rezos, encontré la solución. Bueno, no exactamente “encontré” en el sentido de haber estado buscando. Debería haber dicho “me la encontré”, en un sentido más azaroso. Aunque quizá esto sea una diferencia demasiado sutil. El caso es que desde ese día soy yo el que manda. Ahora, Venice es pasiva, casi estática. Y yo le doy, extático, con mi estaca. Por todos lados, sin preferencias especiales. Bendito accidente de automóvil.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18354371-113076952630823833?l=factoriaodk.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://factoriaodk.blogspot.com/feeds/113076952630823833/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18354371&amp;postID=113076952630823833' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/113076952630823833'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/113076952630823833'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://factoriaodk.blogspot.com/2005/10/una-perversin.html' title='UNA PERVERSIÓN'/><author><name>Factoría ODK</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12754453696937861324</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18354371.post-113059820756501803</id><published>2005-10-29T16:58:00.000+02:00</published><updated>2005-10-29T17:03:27.570+02:00</updated><title type='text'>UN ÁRBOL</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;strong&gt;TEXTO EN UNA LIBRETA&lt;br /&gt;por Julio Abelenda&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo miro, y él me mira a mí. Somos dos rivales simétricos, separados por el cristal de una ventana. No me he preocupado de averiguar su nombre, ni me importa realmente. Para mí son todos iguales, verdes parásitos que crecen en las calles ensuciando el gris de las aceras. Supervivientes del triunfo de la civilización. Erratas en la escritura de Dios.&lt;br /&gt;El edificio en el que vivo está rodeado por tres de sus lados de asfalto, carreteras que se proyectan hacia el infinito y en las que mi mirada podría recrearse durante horas. Pero la única ventana de mi apartamento da a una minúscula porción de calle, y enmarca como si de un cuadro se tratase la figura del árbol. Desde mi mesa de estudio, a la que me ato durante horas para preparar mis oposiciones, ésta es la imagen que me acompaña, la única vía de escape al fárrago de leyes y tecnicismos en que me sumerjo a diario, desde hace ya demasiados meses. Un mudo carcelero, orgulloso y despectivo. Un embaucador nato, con sus promesas falaces de una vida distinta en la que ya nadie cree.&lt;br /&gt;Sólo aguanto mirarlo cuando el polvo y la lluvia van dejando su lento rastro en la ventana, y su efigie altiva queda de repente afeada y envejecida, moteada de manchas de corrupción. A veces dejo pasar semanas sin limpiar el cristal, hasta que lo que acecha al otro lado se asemeja demasiado a lo que en ocasiones, tras una dura tarde de estudio, me he encontrado en el fondo del espejo. Entonces cojo un trapo y froto enérgicamente las hojas de la ventana, y la realidad, a ambos lados, va pareciéndose poco a poco a sí misma…&lt;br /&gt;(Se me repite a menudo un sueño: estoy en un paisaje verde sin mácula, sin edificios ni otro rastro de vida civilizada. A mi alrededor multitudes desnudas bailan en torno a los árboles, retozan en el césped, cantan y ríen, sueñan y juegan… Cuando quiero unirme a ellos, las piernas no me responden; me miro, y llevo puesto un traje de ejecutivo, rematado por un maletín en mi mano… Me despierto entonces, sobresaltado y sudoroso, lleno por completo de un vago sentimiento que, con el paso de las horas insomnes, se decantará hacia un frío odio).&lt;br /&gt;A veces pienso que el árbol trata de seducirme con sus aromas, así que paso la mayor parte del día con la ventana cerrada a pesar del calor y el enrarecimiento del aire. Quizá piense que si logra conmoverme a mí, un urbanita modelo, su especie tendrá aún salvación, en este mundo en el que el hormigón y el metal, aun la fibra óptica, van ganando cada vez más terreno a lo natural. En esas ocasiones su forma me parece la de unas manos entrelazadas en una súplica al cielo, un cielo donde ya no escucha nadie, donde ya no hay nadie que pueda escuchar. Con una sonrisa llena de rencor, vuelvo a mis libros, y mi afán por conseguir una plaza en las oposiciones se redobla, impulsándome a otro día de esfuerzo, a otro mes de sacrificio, a otro año de privaciones…&lt;br /&gt;Cuando sea inspector de parques y jardines, mi primera orden será terminante, una dulce venganza: talarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;CONTAGIO&lt;br /&gt;por Fco. Javier Benítez&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta vez el espejo le devolvió la imagen que tanto tiempo había temido. Decenas de manchas azules cubrían su cuerpo desnudo. Sabía que siempre ocurría así, que una mañana te levantabas y tu piel te anunciaba que en cuestión de horas formarías parte de la Hueste. Pero estaba decidido a no dejarse llevar por el terror, ni por la angustia o el fatalismo. Este momento tenía que llegar tarde o temprano, no conocía a nadie en el pueblo que hubiera sido capaz de evitarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abrió la puerta de la casa lentamente y oteó el exterior. Las calles parecían desiertas, pero sabía que Ellos acechaban escondidos, agazapados. Sigilosamente, con la escopeta de caza preparada para cualquier encuentro, cruzó la plaza en dirección al encinar. No dudaría en disparar a cualquiera que se interpusiera en su camino, aunque en otro tiempo hubiese sido un amigo, un compañero de clase o incluso un hermano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al pasar por la farmacia vio en su interior a una criatura vagamente humana afanada en despedazar algo con las manos. Los jirones de tela negra que cubrían su cuerpo azulado recordaban a una sotana. Aceleró la marcha sin bajar el arma en ningún momento, a pesar del afecto que seguía sintiendo por la persona que vivió bajo aquella cáscara deforme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya fuera del pueblo, tardó más de lo normal en recorrer el sendero que llevaba al encinar, pero una vez allí encontró fácilmente el árbol que buscaba. Creía recordar que bajo aquella sombra había sido feliz; lo atestiguaba un corazón tallado en la corteza en cuyo interior se leía su nombre y el de una mujer. Mientras estiraba la mano para palpar la prueba de su experiencia intentó rememorar viejas sensaciones. No obstante, al llegar al segundo de los nombres sus dedos se habían vuelto azules y torpes y arañaban la madera buscando destruir, olvidados ya por siempre de aquellas caricias lejanas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;UN SAUCE&lt;br /&gt;por Leopoldo Elvira&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me pide que le cuente un recuerdo de mi infancia. Quizás esto sirva. Yo tendría unos 6 años. Vivíamos en las afueras de la ciudad, en una casa con las paredes pintadas de azul. Mi padre se llamaba Thomas Riley. Plantó un árbol en la parcela, junto al muro de atrás. Mi madre..., puedo verla con su bata floreada, el pelo teñido de rubio con las raíces oscuras y gesticulando con los dedos manchados de nicotina..., mi madre, le pidió a Thomas que plantara un sauce. Le parecía un árbol romántico, con sus ramas caídas y tristes rozando la hierba. Mi padre cavó un hoyo en la tierra, plantó el arbolito y lo sujetó a un palo con una cuerda de la ropa. Así mi madre dejaría de parlotear y de quejarse y de quemar las mesas con los cigarros. Veías las marcas como de gusanos negros en la superficie de los muebles, gusanos amarillos en la cisterna del vater.&lt;br /&gt;Mi hermano Michael no era un chico listo. Mamá le reñía y él la miraba como si no entendiese nada. Una vez Thomas le golpeó en la cara con el puño cerrado; lo dejó sordo de un oído durante días. Mi padre, antes de la enfermedad, era un gigantón que nos metía miedo con sus manos de pulpo. Trabajaba en una empresa del gas. No ganó nunca mucha pasta pero pudo comprar la casa y el árbol de mi madre.&lt;br /&gt;El sauce se convirtió en sauce, de color gris aceituna, y creció hasta superar la altura del tejado. Michael y yo jugábamos debajo como dentro de una gruta, rodeados de ramas. Si las cortabas parecían látigos. Mamá se enfadaba. Nos dirigía miradas largas y cansadas amenazando con castigos que no cumplía. Apareció una grieta en el muro trasero y se levantó una baldosa del patio. Mi madre intentó ocultar la fisura con pasta de yeso, pero Thomas, mi padre, la descubrió. Hay que talar el árbol o echará la casa abajo. Eso dijo.&lt;br /&gt;Vinieron dos hombres en una camioneta, enfundados en unos monos sucios de grasa. Traían una sierra mecánica con dientes de acero. Mamá gimoteaba encerrada en el cuarto de baño. Cortaron el tronco en grandes pedazos y los metieron en la camioneta. Ataron las ramas con cuerdas. El tocón era suave y fragante y Michael y yo jugábamos a contar los anillos. Luego se fue secando y las astillas pinchaban en los dedos.&lt;br /&gt;Unos meses más tarde, mi padre empezó a sentirse raro, a adelgazar, a cansarse en el trabajo. Ahora Michael y yo estamos bien, pero mi madre parece echarle de menos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;PASSIENO CRISPO&lt;br /&gt;por José Luis Muñoz&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cayo Plinio Segundo, &lt;em&gt;Historia Natural&lt;/em&gt;, Libro XVI, Capítulo XLIV&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El árbol se distinguía desde muy lejos pues estaba aislado de los demás en aquella colina. Al recoger con avaricia toda la lluvia y todo el sol de aquel calvero, creció hasta ensombrecer un gran espacio a su alrededor. Un bello ejemplar de pino mediterráneo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese día se aquietó el bosque de repente. Los pájaros huyeron desde las ramas; los zorros se escondieron entre los matojos: el hombre había llegado y largamente observó la colina con su alto y verde mástil. El viento apenas movía las hojas en una especie de saludo, de reverencia incluso en alguna ráfaga más intensa. El hombre vestía una túnica blanca y portaba una botella de vino. Se sentó bajo el frescor de las verdes agujas y miró el resto del bosque, comparando el ejemplar que había elegido con los demás árboles. Sonrió y se levantó. La túnica cayó lentamente al suelo. El hombre alzó la botella y derramó abundante vino sobre la madera intacta, para después arrimar su cuerpo tanto tiempo al tronco como para permitir que se le subieran las hormigas. Al cabo, comenzó a besar levemente las callosidades, los nudos y las heridas, buscando cavidades que no encontraba. Passieno Crispo se había enamorado de un árbol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Años después, el hijo de Crispo elevó sus ojos y espió entre las hojas verdes cómo corrían las nubes a concentrarse en el centro del cielo, y cómo decidieron adoptar la forma de tormenta para descargar sobre el hermoso árbol, y cómo la primera lágrima de la lluvia resbaló de hoja en hoja y se abatió sobre la mano que empuñaba el hacha, que cayó, vencida, al suelo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18354371-113059820756501803?l=factoriaodk.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://factoriaodk.blogspot.com/feeds/113059820756501803/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18354371&amp;postID=113059820756501803' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/113059820756501803'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18354371/posts/default/113059820756501803'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://factoriaodk.blogspot.com/2005/10/un-rbol.html' title='UN ÁRBOL'/><author><name>Factoría ODK</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12754453696937861324</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>6</thr:total></entry></feed>
